La filóloga y escritora Anabé Tarrou.

La filóloga y escritora Anabé Tarrou. Cedida

Referentes Día Mundial contra el Cáncer

Anabé Tarrou sobrevivió a un cáncer terminal en la cara a los 26: "Me quitaba la ansiedad tener control sobre mi muerte"

En 'La última planta' reflexiona sobre los cambios físicos, emocionales y sexuales que se viven tras un "diagnóstico de muerte" a una edad temprana.

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Tenía 26 años cuando el oncólogo le dijo que se iba a morir. Ese fue, directamente, el diagnóstico de Anabé Tarrou (Sevilla, 1995), filóloga hispánica, escritora y superviviente de cáncer de cara, uno de los más complejos de tratar. El que padecía ella era inoperable.

"A priori, no tenía muchas esperanzas de sobrevivir", cuenta ahora, cuatro años después, a ENCLAVE ODS. A través de la pantalla del ordenador muestra una amplia sonrisa, tras la que se esconde una historia que recoge en su novela La última planta (Plaza y Janés, 2026).

En ella plasma esa sensación extraña, ese transitar entre la vida y la muerte que supuso su enfermedad. Con su diagnóstico, dice, vino una reflexión inconsciente: "Si me iba a morir, lo único que podía hacer era aprovechar cada día; la única opción era estar en el momento".

Su dictamen llegó durante los últimos coletazos de la pandemia, así que "no fue de un día para otro", sino que "llevó tiempo".

Y lo cuenta: "Se me obstruyó la nariz y pensaban que era Covid, me dieron un tratamiento y ya cuando los médicos vieron que no mejoraba, me mandaron a maxilofacial y me operaron en La Paz, en Madrid… me enteré en la mesa de operaciones que lo que buscaban era cáncer".

Asegura, además, que el diagnóstico no vino acompañado de miedo a la muerte, sino al sufrimiento de los suyos. "Me preocupaba que mis padres o mi hermana lo pasasen mal", indica.

Anabé Tarrou durante su tratamiento.

Anabé Tarrou durante su tratamiento. Cedida

Y es que, afirma: "Tenía miedo a pasar muchos días de tratamiento y al final desgastarme y morir. Por eso le dije a los médicos que prefería calidad de vida, que cantidad de días". A lo que añade, con una carcajada nerviosa: "Decirle eso a alguien, delante de tus padres… para ellos era un trauma".

El humor parece vital para Tarrou, que camufla su historia entre sonrisas. La suya se parece a otras muchas, aunque cada tratamiento, cada diagnóstico, es distinto. "Uno de los grandes errores es pensar que la historia del cáncer es universal", advierte. Cada miedo, cada anhelo, tiene nombre propio.

Para ella, por ejemplo, era vital "saberlo todo", que los médicos la informasen de cualquier cambio, bueno o malo. "Hay gente que no quiere saberlo, y eso es lícito, pero a mí me quitaba la ansiedad tener control sobre mi muerte, ya que no lo tenía sobre mi vida".

Un cuerpo con secuelas

El tumor de Tarrou ha conseguido remitir, se ha fosilizado en su rostro. Está, como escribe en su novela, "petrificado en mi maxilar superior derecho". Esa supervivencia, ese "ya no me voy a morir" es, como cuenta la protagonista de esta historia, "una de las cosas más difíciles de aceptar". Especialmente, matiza, cuando eres tan joven e inconsciente de todas las secuelas que traerá consigo el dejar la enfermedad atrás.

"La sociedad española ha desnaturalizado que la gente joven puede morir o que puedan padecer enfermedades crónicas", lamenta. De ahí que la vuelta a la cotidianidad tras la enfermedad se haga cuesta arriba.

"De repente me encuentro con que tengo que volver a una vida para la que no estoy preparada, que yo dejé estando sana, pero a la que vuelve un cuerpo con secuelas tanto físicas como emocionales", admite. Así, Tarrou volvió al día a día, apenas dos meses después de acabar su tratamiento.

"Fue demasiado pronto", confiesa. Intentar ser la misma que era antes de su diagnóstico fue, admite, un error: "Yo ya no soy la misma ni puedo enfrentarme a las cosas igual, porque tengo un cuerpo cansado, secuelas que además no se van a quitar nunca, no me identifico con esa persona… porque me miro todos los días al espejo y me pregunto cuándo va a volver".

Tarrou.

Tarrou. Cedida

Cuando te diagnostican cáncer a los 26, incide Tarrou, "todas esas cosas que nos creemos de jóvenes, de que a las personas buenas les pasan cosas buenas, que somos invencibles, que tenemos todo el tiempo del mundo, desaparecen; todo se desarma". Y toca, dice, aprender de cero a ver el mundo y a vivir la vida.

"Despersonalizada"

Tarrou cuenta que volver al trabajo tras su enfermedad y tratamiento, de cara al público, parecía una buena idea al principio. Sin embargo, "todo se me hacía un mundo y en lugar de sentirme mejor, me sentí totalmente despersonalizada, fuera de lugar, no era capaz de hacer las cosas", cuenta.

Pregunta: ¿Cómo fue esa vuelta al trabajo, a la normalidad, al día a día?

Respuesta: Pensaba que era lo que necesitaba para sentirme normal otra vez. Pero de repente me encontré con que me ahogaba en cualquier momento. Tenía depresión y ataques de pánico brutales… Además, como había estado constantemente revisada en el hospital, me enfrentaba a que cada vez que me dolía una pierna, tenía un resfriado o unas míseras agujetas, desencadenaba el 'ha vuelto'.

La desconexión con el entorno, dice Tarrou, es muy evidente cuando pasas por un cáncer. Porque, reconoce, tienes que "aprender a vivir de nuevo constantemente".

El mejor ejemplo de ello es la relación con sus amigas: "Son maravillosas, me cuidaron y me cuidan mucho, pero a mí me dolió mucho que de repente mis prioridades y las suyas ya no eran las mismas". O con aquellas personas con las que generó un vínculo tras su paso por el hospital: "Muchas de ellas murieron y me quedé sin ese entorno".

Para Tarrou, transitar emocionalmente el cáncer es complicado y está seguro de que ni siquiera lo hizo de manera consciente. Aunque lo es aún más una vez se ha superado la enfermedad: "Ocurre una cosa muy extraña: como ya has pasado tu enfermedad, ¿con quién lo hablas? Porque la gente de tu alrededor ya te ve bien, ha pasado lo malo, dónde está el peligro ahora… y te sientes un poco sola".

El cuerpo (y el sexo) cambia

"Lo que más cuesta es darte cuenta de que nunca vas a volver a ser la persona de antes", afirma Tarrou. Y no sólo a nivel emocional o por el cansancio crónico que acompaña a la enfermedad.

La sevillana habla de la dismorfia que sintió con su cara e, incluso, con su cuerpo; de la menstruación, "que se volvió loca"; del "largo proceso" para recuperar la melena; o los cambios en su tipo de piel. Pero también de sexo: "Es distinto, por todos los procesos hormonales que sufres, pero también por cómo te percibes a ti misma".

Anabé Tarrou posa con su libro.

Anabé Tarrou posa con su libro. Cedida

Tarrou reconoce que de esto último no se habla, ni se menciona. "Parece que la sexualidad en las personas enfermas no existiera, como si no fuésemos ni agentes de deseo ni agentes deseante".

Sin embargo, cuando se habla de cáncer normalmente se asocia a la desaparición del deseo sexual. "Algo que le ocurre a algunas personas", matiza Tarrou. Para ella, en cambio, no fue así: "Mi realidad no era esa; de hecho, estaba conociendo a mi pareja y mantenía relaciones sexuales. Pero claro, estaba calva, tenía mucha sequedad vaginal…".

El sexo cambia, especialmente, por "tu percepción del cuerpo y de cómo te sientes a ti misma, que es muy distinta, porque estás muy vulnerable, muy cansada…". Aunque, reivindica que "la gente con cáncer también se masturba, porque también en parte tener sexualidad es reconocerte a ti misma, conocer tus nuevos límites, cómo ha cambiado tu cuerpo, qué sientes ahora". Porque la quimio, zanja, lo cambia todo.