Los resultados de PISA 2025 han vuelto a encender las alarmas. España registra algunos de los peores resultados de su serie histórica en lectura, matemáticas y ciencias, situándose por debajo de la media de la OCDE en las tres competencias.
Especialmente preocupante es el retroceso en comprensión lectora, una habilidad que constituye la puerta de entrada al aprendizaje en todas las demás áreas.
Sería un error atribuir esta realidad a una única causa. La educación es un fenómeno complejo donde intervienen factores económicos, sociales y culturales. Durante años hemos debatido sobre horarios, deberes, metodologías educativas o reformas curriculares.
Sin embargo, mientras discutíamos sobre lo que ocurre dentro de las aulas, una parte creciente de la socialización, el aprendizaje y la construcción de la identidad personal se trasladaba a otros lugares.
La tradicional influencia de la familia, los amigos, la escuela, ha perdido terreno frente a la que sucede en los espacios digitales, siempre disponibles, atractivos, a la última y gobernados por algoritmos invisibles, que no son otra cosa que decisiones humanas convertidas en código y, por tanto, ni neutrales ni inevitables.
Un ecosistema digital que compite cada segundo por nuestra atención, que premia la rapidez frente a la reflexión y la reacción emocional frente al pensamiento crítico. A veces a cambio de servicios interesantes, información, comunicación, relación, entretenimiento, etc.
A veces a cualquier precio, si hablamos del impacto en su bienestar emocional, de la exposición a las violencias digitales o de la desinformación.
Cuando un adolescente recibe durante horas mensajes relacionados con estándares físicos imposibles, apuestas emocionales extremas o promesas de éxito instantáneo, no estamos ante una mera secuencia de vídeos. Estamos ante una arquitectura digital diseñada para maximizar ese tiempo de permanencia e interacción, el famoso engagement.
Los sistemas de recomendación no solo seleccionan contenidos. También moldean hábitos, intereses, expectativas y comportamientos, y no siempre el bienestar de la persona usuaria ocupa el primer lugar en esa ecuación.
Los datos de Infancia, adolescencia y bienestar digital 2025, elaborado por UNICEF España, la Universidad de Santiago de Compostela, el Consejo General del Colegios de Ingeniería en Informática (CCII) y Red.es, y que contó con la opinión de 100.000 adolescentes de nuestro país, ayudan a comprender la magnitud del desafío.
El primer teléfono móvil conectado a internet se entrega entre los 10 y los 11 años. El 92,5% de los adolescentes está presente en redes sociales. Uno de cada cinco pasa más de cinco horas diarias en plataformas digitales durante los fines de semana.
También hemos de reconocer que necesitamos continuar avanzando en el desarrollo tecnológico para solucionar muchos de los problemas que enfrenta la infancia y la adolescencia en el mundo. Ser capaces de adoptarla adecuadamente es un reto a la altura del de hacerla accesible.
La cuestión es si los espacios digitales donde crecen nuestros hijos e hijas han sido pensados para fomentar su desarrollo o para explotar su potencial económico. Dicho de otro modo, si solo son usuarios en vez de ciudadanos.
No estamos ante un problema individual que pueda resolverse únicamente apelando a la responsabilidad de las familias, que igual que se preocupan por tener listos en estos días los libros o los uniformes, pueden preocuparse por el algoritmo, y de ahí la necesidad de pedir soluciones.
Del mismo modo que exigimos seguridad en un parque infantil o normas para proteger a los consumidores, también debemos exigir responsabilidad a quienes diseñan los entornos digitales donde transcurre una parte creciente de la vida de la infancia y la adolescencia.
Por eso, la calidad de ese ecosistema debe convertirse en una prioridad educativa, sanitaria y social de primer orden.
Las noticias nos comienzan a mostrar causas judiciales a las grandes compañías tecnológicas, sanciones, nuevos reglamentos o normas con dificultades o limitaciones para su cumplimiento. Pero estos procesos tienen altibajos, prolongarlos en el tiempo es una estrategia de desgaste ya empleada históricamente.
Ahí es donde cobra valor la presión que la sociedad civil pueda ejercer, dando continuidad a esas demandas, exponiendo casos concretos y ubicando cada responsabilidad en su lugar.
UNICEF España ha lanzado la campaña Algoritmo Seguro Ya para movilizar a la sociedad y exigir a la industria tecnológica, a través de una recogida de firmas, algoritmos seguros para los adolescentes.
Estas firmas se llevarán a la próxima edición del Mobile World Congress para impulsar compromisos concretos por parte del sector tecnológico a la hora de diseñar productos que garanticen los derechos de la infancia y la adolescencia en el entorno digital.
No se trata de una petición más, es una demanda de seguridad y transparencia al sector tecnológico. Es una llamada para que madres, padres, educadores y la sociedad en su conjunto, nos impliquemos de manera positiva en la vida digital de nuestros adolescentes y exigir que sus derechos sean una realidad también en los entornos digitales.
No estamos pidiendo menos tecnología. Estamos pidiendo mejor tecnología. Y esa es una exigencia colectiva imprescindible si queremos que el mundo digital contribuya realmente al desarrollo social, al aprendizaje y al bienestar de las próximas generaciones.
*** Nacho Guadix es Responsable de Educación y Derechos Digitales UNICEF España.