La 30.ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30), celebrada en Belém, Brasil, situó nuevamente la educación en el centro del debate internacional sobre la sostenibilidad.

La Alianza para la Educación Verde de la UNESCO y el Ministerio de Educación de Brasil, impulsaron distintos espacios de reflexión y abogaron por reforzar la inversión en sistemas educativos sostenibles.

También por movilizar compromisos globales para que las nuevas generaciones dispongan de los conocimientos, las capacidades y las herramientas necesarias para construir un futuro resiliente.

La denominada "COP de la verdad" se planteó, entre otros objetivos, combatir la desinformación climática y acercar las negociaciones multilaterales a la ciudadanía. Entre los 30 objetivos de su Agenda de Acción, dos adquieren una relevancia especial para quienes trabajamos en el ámbito educativo y cultural.

Se trata del referido a la educación, la capacitación y la generación de empleo para hacer frente al cambio climático y el que reconoce el papel de la cultura y su patrimonio en la acción climática.

Ambos evidencian un cambio de paradigma: la transición ecológica ya no puede entenderse únicamente como un desafío tecnológico o económico, sino también como un reto profundamente educativo y cultural. La crisis climática constituye una de las grandes megatendencias que marcarán el futuro de la infancia y de la juventud.

Los informes internacionales coinciden en señalar que la protección de los derechos de niños, niñas y adolescentes exige medidas inmediatas de mitigación y adaptación, pero también la construcción de sistemas educativos capaces de formar ciudadanía crítica, responsable y comprometida con la sostenibilidad.

Nos enfrentamos, por tanto, a un desafío de carácter holístico que exige situar la educación y la cultura en el centro de las políticas públicas. La educación y la cultura son derechos fundamentales y bienes comunes.

Además, son las principales herramientas de las sociedades para pensar y construir los relatos sobre lo que significa ser ciudadanos y ciudadanas en un mundo sometido a transformaciones radicales. La sostenibilidad no es únicamente una cuestión medioambiental; es, ante todo, una cuestión democrática.

Supone aprender a convivir de forma imaginativa en condiciones de incertidumbre, comprender la interdependencia entre personas, seres vivos y territorios, lo que la Unesco define como Paisajes Culturales. Ello exige ir más allá de la incorporación de nuevos contenidos curriculares o de reformas puntuales, pero la cuestión es más profunda.

Necesitamos transversalizar pensamiento y acción; superar las barreras entre disciplinas, sectores administrativos y ámbitos de conocimiento. La emergencia climática demanda nuevas formas de relación entre las ciencias, las humanidades, las artes y la tecnología, y exige, en consecuencia, una transformación de la profesión docente y de los entornos de aprendizaje.

La Agenda 2030 y el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 4 ya señalan la necesidad de que la educación para la ciudadanía global incorpore el desarrollo sostenible como principio educativo. Sin embargo, la evidencia disponible muestra que la presencia de estas cuestiones en los currículos escolares continúa siendo limitada y, en muchos contextos, claramente insuficiente.

La alfabetización climática sigue siendo una asignatura pendiente. Durante la COP30, la OCDE presentó un primer borrador del marco de evaluación de la alfabetización climática que incorporará PISA 2029.

Los primeros resultados muestran que los estudiantes poseen conocimientos relativamente sólidos sobre problemas ambientales cercanos a su realidad, pero encuentran dificultades para comprender las interrelaciones globales que explican la crisis climática. Esta constatación resulta especialmente significativa porque pone de manifiesto que la formación ambiental tradicional ya no es suficiente.

La educación para la sostenibilidad promovida por organizaciones como la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) o la Unesco propone precisamente una visión más amplia. Ya no se trata únicamente de conservar la naturaleza, sino de comprender las conexiones entre cambio climático, biodiversidad, justicia social, ciudadanía global y transformación de los modelos de desarrollo.

Se trata de educar para la vida en común y para la supervivencia colectiva. Sin embargo, persisten importantes carencias. La perspectiva artística y cultural continúa teniendo una presencia secundaria en la mayoría de las propuestas de educación climática.

También resulta todavía incipiente la reflexión sobre el papel que deberá desempeñar la inteligencia artificial en la construcción de nuevas narrativas y en la coordinación de agendas compartidas. La creatividad, imaginación y capacidad de interpretar la complejidad serán competencias tan necesarias para gestionar la incertidumbre y trabajar la resiliencia como lo es el conocimiento científico.

No obstante, la educación y la cultura continúan recibiendo una parte muy reducida de los fondos destinados a la lucha contra el cambio climático. Esta contradicción demuestra la necesidad de avanzar hacia un nuevo marco de acción política que reconozca su función estratégica para fortalecer la resiliencia de las comunidades.

En el caso de la educación artística, Iberoamérica está haciendo progresos interesantes con el impulso de una red como RedArtes, coordinada por la OEI. Las denominadas comunidades verdes que constituyen la Alianza para una formación verde de Unesco son también una referencia de gran interés en este sentido.

Son territorios que entienden el aprendizaje a lo largo de la vida como un instrumento para empoderar a la ciudadanía y promover acciones significativas en favor del clima y la sostenibilidad. La formación se extiende fuera de las aulas y se desarrolla en espacios culturales, comunitarios y no formales, profundamente vinculados a las realidades locales.

Tal vez haya llegado el momento de pensar la educación climática como una gran política pública transversal. Algo capaz de articular objetivos compartidos entre los sectores de la educación, la cultura, la salud, la economía, el urbanismo y el medioambiente.

Porque la emergencia climática no es un problema sectorial; es la cuestión que define las condiciones de posibilidad de nuestra vida futura. La gran pregunta es, por tanto, qué capacidades necesitaremos para afrontar las próximas décadas.

La respuesta parece apuntar hacia un conjunto de habilidades que la inteligencia artificial difícilmente podrá sustituir: la imaginación, la empatía, el pensamiento crítico, la comprensión sistémica, la anticipación y la capacidad de cooperar.

Frente a los desafíos que plantea el cambio climático, la respuesta más eficaz, más democrática y más justa continúa siendo la misma: más y mejor educación pero necesariamente imaginativa y creativa.

***Gemma Carbó es miembro del Consejo Asesor de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI).