Hay profesiones cuya utilidad social se entiende de inmediato. Y hay otras cuyo valor solo se percibe cuando algo falla. La veterinaria pertenece, muchas veces, a esta segunda categoría. Es, en gran medida, la parte de la salud que casi nunca se ve, pero que protege a todos.

Por ese motivo, siempre es una buena ocasión para recordarlo desde una realidad muy concreta: antes de que muchos problemas lleguen a las personas, a los hogares o al conjunto de la sociedad, la veterinaria ya ha estado allí minimizando o evitando su impacto.

Esa es, precisamente, la lógica del enfoque One Health. Una forma más exacta de entender el funcionamiento de la salud en el siglo XXI. Lo que ocurre en los animales, en los ecosistemas o en la cadena alimentaria no se queda encerrado en su propio ámbito. Todo termina conectado. Y esa conexión tiene efectos sobre la salud pública, la prevención y la vida cotidiana.

La propia OMS recuerda que alrededor del 60% de las enfermedades infecciosas emergentes notificadas en el mundo proceden de los animales y que, en las últimas tres décadas, se han detectado más de 30 nuevos patógenos humanos, el 75% de ellos de origen animal.

Por eso la veterinaria tiene una utilidad social evidente. Protege la salud colectiva en tres frentes que afectan al conjunto de la sociedad: la salud pública, la alimentación segura y la convivencia con animales. Ese es su territorio real. Y entenderlo así permite mirar la profesión con la amplitud que merece.

La primera de esas dimensiones es la más decisiva y, probablemente, la menos visible. Cuando un veterinario contribuye a prevenir una zoonosis, participa en un sistema de vigilancia, refuerza la bioseguridad o ayuda a contener un riesgo sanitario, está haciendo salud pública.

Basta pensar en algunos ejemplos para entenderlo: la vigilancia de enfermedades como la rabia, la gripe aviar o las zoonosis transmitidas por vectores no empieza cuando aparecen los casos en humanos, sino mucho antes, en animales, explotaciones, fauna silvestre, alimentos o ecosistemas.

Ese trabajo previo, silencioso y técnico, es una de las expresiones más claras de salud pública.

Pero la prevención no es fácil de percibir. Y esa es una de las grandes paradojas de la profesión: cuanto mejor funciona, menos ruido hace.

No se ve la enfermedad que se evitó, la alerta que no escaló o el riesgo que se contuvo a tiempo. Pero ahí reside buena parte de la aportación veterinaria a la sociedad.

La segunda dimensión tiene que ver con algo tan básico como la confianza en lo que comemos. La veterinaria forma parte del entramado que sostiene la sanidad animal, la seguridad alimentaria, la trazabilidad y la protección del consumidor.

No es una tarea abstracta. Es una garantía diaria que acompaña al sistema alimentario desde el origen hasta la mesa. Y en un país como España, donde la producción ganadera y agroalimentaria tiene un peso estratégico, ese papel no es marginal: es estructural.

La tercera se expresa en un terreno más cercano, más visible y también más emocional: la convivencia con animales. Ahí la aportación veterinaria se percibe con nitidez en el cuidado, la prevención y el bienestar. Pero incluso en ese espacio más íntimo, su función tiene una dimensión más amplia.

Cuando un veterinario cuida a un animal, contribuye también a proteger el entorno en el que vive, la salud del hogar y una forma de convivencia que hoy forma parte de la vida cotidiana de millones de personas.

Ese es el verdadero valor del enfoque One Health: ayudarnos a comprender que no hay una salud animal por un lado y una salud pública por otro, como si fueran planos separados. Hay una sola red de relaciones, de riesgos y de equilibrios. Y en esa red, la veterinaria ocupa una posición central.

El reto, en el fondo, es bastante simple: aprender a reconocer también lo que no siempre ocupa el foco. Porque muchas veces la mejor salud pública es la que logra anticiparse. Y antes de que un problema llegue a las personas, muchas veces ya ha pasado por la veterinaria. Y no pocas veces, gracias a ello, nunca llega.

*** Gonzalo Moreno del Val es presidente de la OCV.