Solo pensamos en la electricidad cuando desaparece. Cuando se apagan las luces, cuando el ascensor se detiene o cuando una ciudad entera se queda en silencio. Entonces entendemos algo esencial: la energía sólo se vuelve visible cuando falla.
Durante años hemos dado por hecho que el suministro siempre estará ahí, como el aire o el agua. Pero el clima extremo está empezando a recordarnos que no es así. Incendios, temporales u olas de calor ya no son episodios aislados.
Y es que cuando sucede una emergencia, lo primero que solemos imaginar son carreteras cortadas o viviendas afectadas. Sin embargo, hay otra capa menos visible: la energía que permite que sigan funcionando hospitales, comunicaciones, servicios esenciales e infraestructuras críticas.
Porque sin electricidad, los servicios se detienen. Un corte energético no es solo una incomodidad doméstica: puede comprometer la atención sanitaria, paralizar sistemas digitales, interrumpir la coordinación de emergencias y dejar a una comunidad entera sin capacidad de respuesta.
Por eso, hablar de transición energética no puede ser únicamente hablar de renovables o de reducción de emisiones. Todo eso es imprescindible. Pero también lo es garantizar que el sistema pueda resistir cuando el entorno se vuelve adverso y la presión sobre la red aumenta.
Las ciudades son especialmente vulnerables. Basta un fallo para que se paralicen servicios básicos y la vida cotidiana se complique en cuestión de minutos. La energía no es solo un asunto técnico: es un elemento central de estabilidad social.
En este contexto, la resiliencia energética se vuelve clave. No se trata únicamente de producir energía, sino de asegurar que esté disponible cuando más se necesita. La transición energética también debe ser una transición hacia la resiliencia, capaz de adaptarse y protegerse.
Y detrás de esa resiliencia no hay solo tecnología. Hay personas. Equipos que trabajan en condiciones difíciles, muchas veces de madrugada o en plena emergencia, para que la luz siga encendida. Un trabajo silencioso que solo se nota cuando falta.
Quizá ese sea uno de los grandes retos de los próximos años: entender que la energía no es un recurso más, sino una línea de defensa esencial. En un mundo de clima extremo, garantizar la continuidad eléctrica será tan importante como cualquier otra infraestructura crítica.
Porque cuando todo falla, lo que de verdad sostiene a una sociedad es algo tan simple —y tan complejo— como que la energía siga llegando.
*** Rosa Morillo es presidenta de Morillo Energy Rent.