Miles de mujeres de todo el mundo se reunieron en Pekín para la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer en 1995 convocada por Naciones Unidas, un momento decisivo que marcó la promesa colectiva de situar la igualdad de género en el centro de la paz, el desarrollo y la justicia, y de orientar las prioridades globales hacia el avance de las mujeres y las niñas. 

Tres décadas después, esa promesa sigue estando solo parcialmente cumplida. El cumplimiento de los ODS y el fomento del liderazgo femenino no son esfuerzos separados; son pilares inseparables del mismo compromiso global con las personas, el planeta, la prosperidad, y la paz.

Mientras la mitad de la humanidad siga estando subrepresentada en los espacios de toma de decisiones, los ODS seguirán siendo una aspiración más que una realidad. La igualdad podrá transformar la sociedad si va acompañada del poder de influir, dirigir y liderar.

El liderazgo de las mujeres amplía la participación democrática, fortalece la rendición de cuentas y refuerza la protección de los derechos humanos. Donde las mujeres participan plenamente en la vida política, económica y social, las instituciones se vuelven más inclusivas y más sensibles a las necesidades de todos.

Nuestro liderazgo aporta perspectivas largamente ignoradas, abre canales de diálogo que reducen tensiones y contribuye a construir consensos duraderos.

Por eso, promover los ODS hoy requiere derribar las barreras que aún restringen el acceso de las mujeres al poder. Integrar ambas agendas simplemente reconoce una verdad evidente: un mundo que afirma valorar la igualdad no puede seguir excluyendo a la mitad de su talento de la construcción del futuro.

Garantizar el liderazgo de las mujeres es ahora uno de los caminos más directos y decisivos para hacer que los ODS sean una realidad para todos.

Sin embargo, dentro de las Naciones Unidas —la institución encargada de defender los derechos universales— su cargo más alto ha permanecido durante ocho décadas como un espacio exclusivamente masculino. La elección a la Secretaría General en 2026, justo después del 80.º aniversario de la ONU, ofrece una oportunidad de coherencia, credibilidad y corrección histórica.

Elegir a una mujer como Secretaria General en 2026 va más allá de ser un gesto simbólico. Demostraría que la ONU está dispuesta a encarnar los valores que insta al mundo a adoptar.

En un momento en que las crisis globales exigen pensamiento renovado y liderazgo audaz, una inversión estratégica en una gobernanza global más eficaz. ¿Por qué la ONU debería seguir recurriendo solo a la mitad del talento de la humanidad?

Se necesita con urgencia un nuevo tipo de liderazgo: inclusivo, transformador y capaz de asegurar que nadie quede atrás. Esta es la promesa del liderazgo de las mujeres. Porque "los derechos de las mujeres son derechos humanos" no es solo un lema, sino una demanda de justicia pendiente desde hace tiempo.

Y porque, 30 años después de la Conferencia de Pekín, el mundo sigue esperando lo prometido: no solo igualdad ante la ley, sino igualdad en el poder.

*** Susana Malcorra es presidenta y cofundadora de GWL Voices, exministra de Relaciones Exteriores y Culto (2015–2017) de la República Argentina y exfefa de Gabinete del Secretario General de las Naciones Unidas.