Termómetro con flores de narcisos.

Termómetro con flores de narcisos. BeritK Istock

Historias

Días más largos y termómetros al alza: por qué el cuerpo sufre para sincronizarse con una primavera impredecible

Las previsiones apuntan a una estación más cálida de lo habitual, en un contexto en el que la lluvia, los ecosistemas y el bienestar humano cambian.

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Tania Ortega
Publicada

La primavera llega con más luz, días más largos y se supone que con temperaturas más agradables, pero sus efectos no se quedan en el paisaje. Esta estación ha dejado de ser una transición suave para convertirse en un desafío de adaptación física y ambiental.

Según la predicción estacional de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) para el trimestre de abril a junio de 2026, existe una probabilidad muy alta de que esta estación sea mucho más cálida de lo habitual. Los pronósticos dibujan una estación marcada por la variabilidad. En cuanto a las precipitaciones, la señal es poco uniforme y carece de un patrón único.

Esta nueva realidad climática es cada vez más compleja de analizar. "La primavera es una de las estaciones, junto con el otoño, más difíciles de predecir", sostiene Sabela Sanfiz, doctora en Física de la Atmósfera e integrante de la junta directiva de la Asociación Española de Climatología (AECLIM), la entidad que agrupa a climatólogos de toda España.

El impacto más invisible ocurre dentro de nosotros. El cuerpo humano está diseñado para transiciones climáticas progresivas, pero la realidad de 2026 impone saltos abruptos de luz y temperatura que confunden a nuestro reloj biológico.

Este desajuste en la regulación de la melatonina y el cortisol no es una simple molestia; es una respuesta física a un entorno que cambia más rápido de lo que nuestra biología puede procesar, provocando fatiga, insomnio y una pérdida generalizada de bienestar.

Clima impredecible

Hay tendencias sobre las que ya no caben demasiadas dudas. "Ya empezaron a verse episodios de calor tempranos en primavera que hace 40 años eran típicos del verano", afirma Sanfiz. Ese desplazamiento revela una de las expresiones más visibles del calentamiento global: el calor no solo es más intenso, también llega antes.

En cuanto a las lluvias, la AEMET indica una mayor probabilidad de que precipite menos de lo habitual en el tercio sur peninsular, mientras que en el resto de España no se observa una señal clara frente a la climatología ordinaria. Aunque este factor es más difícil de analizar que la temperatura, la tendencia de fondo también preocupa por su impacto a largo plazo.

"En general, lo que está pasando es un descenso de la precipitación primaveral a lo largo de muchos años y a lo largo de todo el territorio", señala la Sanfiz. La afirmación no excluye primaveras lluviosas, pero sí apunta a una trayectoria de largo plazo que, sumada al aumento de las temperaturas, intensifica la evaporación y la sequedad del terreno.

Las consecuencias ya son visibles en los ecosistemas. La experta explica que las "estaciones más cálidas dan lugar a tres cosas casi inmediatas: menos nieve, una alteración del deshielo en nuestras cordilleras y adelanto fenológico en muchas especies", es cuando los ciclos naturales de plantas y animales se producen antes de lo habitual por el efecto del clima, sobre todo por el aumento de las temperaturas.

Pero el cambio no se queda en el entorno. Cuando se alteran la luz, la temperatura y los tiempos naturales de la primavera, también cambian las señales con las que el cuerpo humano regula el sueño, la energía y el bienestar.

Del clima al cuerpo

Las estaciones alteradas no solo se perciben fuera, también se sienten en el cuerpo. "Con su llegada cambian dos factores clave para el organismo: la luz y la temperatura", explica María José Martínez Madrid, especialista en cronobiología y coordinadora del grupo de Trabajo de Cronobiología de la Sociedad Española de Sueño.

Ese reajuste modifica la manera en que el organismo regula procesos como el sueño, la activación y el estado de ánimo. "Al aumentar las horas de luz, el reloj biológico empieza a reajustarse, lo que influye en hormonas como la melatonina y el cortisol".

El organismo no se guía únicamente por la luz. También utiliza otros "sincronizadores", como la temperatura, las comidas, la actividad física o la interacción social, para ajustar sus ritmos al entorno. Aun así, la luz natural matutina sigue siendo la señal más potente.

Cuando esas referencias cambian de forma brusca o cuando la vida cotidiana transcurre sobre todo en interiores, la adaptación puede volverse más inestable.

Por eso, en estas semanas no es extraño notar cierta descompensación. "Durante la adaptación es frecuente notar más cansancio, dificultad para conciliar el sueño, despertares nocturnos o cambios en el estado de ánimo", señala Martínez Madrid.

Algunas personas también experimentan menor concentración o una sensación de desorden en sus horarios. Suele ser un proceso transitorio, aunque puede hacerse más evidente cuando las rutinas no acompañan.

La cronobióloga advierte, además, que esta adaptación podría complicarse en un contexto de estaciones menos previsibles. "Cada vez vemos estaciones menos definidas y cambios más bruscos en temperatura y luz", dice.

El problema, añade, es que "el reloj biológico está diseñado para cambios más progresivos". Es decir, el cuerpo humano espera transiciones graduales, no saltos abruptos entre una estación y otra.

Claves de supervivencia

Para adaptarse mejor a la primavera, la especialista recomienda:

  • Exponerse a luz natural por la mañana todos los días.

  • Mantener horarios regulares de sueño, incluso los fines de semana.

  • Evitar pantallas y luz intensa al menos una hora antes de dormir.

  • Hacer actividad física durante el día, preferiblemente al aire libre.

  • No retrasar demasiado la hora de acostarse, aunque anochezca más tarde.

En una estación cada vez más variable, esos hábitos pueden ayudar a que el cuerpo haga una transición más estable.