Norma Chavarría es una de las participantes de la cooperativa madrileña.
Cuidadoras migrantes crean una cooperativa en Madrid para trabajar sin intermediarios: "Lo reinvertimos en nosotras"
A diferencia de las agencias de colocación, en La Comala las trabajadoras negocian directamente sus condiciones y horarios.
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Norma Chavarría tiene 42 años, es ilustradora, le gusta dibujar mujeres. A veces son solo rostros. A veces se abrazan. Otras, son cuerpos sentados en sillas de ruedas. En sus bocetos aparecen mujeres mayores, niñas... Se sostienen entre ellas.Dice que pintar es su "escape" del día a día.
En paralelo, trabaja en el sector de cuidados y limpieza, y reconoce que en ese trabajo encontró algo más profundo: "Han significado como un respiro para conectar con mi propia vida".
Hace unos años trabajaba en Nicaragua como activista y comunicadora en una organización feminista. "Nunca pensé migrar. No lo contemplaba", dice. Pero el contexto sociopolítico de su país la obligó a replantear su vida.
Llegó a España y, como tantas otras mujeres latinoamericanas, entró al sector que más rápido absorbe a las migrantes: el de los cuidados y la limpieza.
Hoy es socia trabajadora de La Comala una cooperativa fundada en 2017, con sede en Madrid, dedicada a brindar servicios de cuidados y limpieza. Integrada por mujeres latinoamericanas procedentes de Colombia, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Cuba, Chile, Guatemala, Bolivia y Ecuador.
Intentan hacer algo inusual en un ámbito históricamente precarizado: organizarse para exigir derechos laborales y cambiar la forma en que se entiende el cuidado. "El cuidado es una cuestión también política", afirma Chavarría.
Humanizar el cuidado
Chavarría insiste en que cuidar no es solo cumplir tareas. No se trata únicamente de limpiar, cocinar o acompañar durante la ducha. Es algo más profundo. Por eso, asegura que "humanizar el cuidado es ayudar a mantener la autonomía".
En la cooperativa repite que no se llega a una casa para invadirla: "Vamos para acompañar, a ayudar, pero no para hacerles todas las cosas".
Material gráfico de La Comala, una iniciativa de cuidadoras migrantes que impulsa condiciones laborales más justas en el sector de los cuidados limpieza.
El objetivo es que la persona conserve su ritmo, que pueda hacer, en la medida de lo posible, aquello que todavía puede hacer por sí misma. "Me gusta verles como una persona, como un ser humano".
Esa es la diferencia fundamental para Chavarría. En un sector donde todo suele medirse en horas y tarifas, ella insiste en algo menos visible: el vínculo.
Sector precarizado
En 2024 había 565.718 personas trabajando en el sector del hogar y los cuidados en España, según un informe de Oxfam Intermón. En el empleo doméstico, la presencia femenina supera el 93%, de acuerdo con datos del Observatorio de las Ocupaciones del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE).
El 69% tiene nacionalidad extranjera o doble nacionalidad. Los informes hablan de "una de cada tres" trabajadoras sin contrato. Entre las extranjeras, la informalidad alcanza casi la mitad. Es un sector feminizado, sostenido en gran parte por mujeres migrantes y atravesado por la precariedad estructural.
El caso de La Comala es particular. Sus socias no trabajan para un empleador tradicional, lo hacen dentro de una estructura que ellas mismas gobiernan. Chavarría explica que en la cooperativa las mujeres pueden trabajar como empleadas o integrarse como socias trabajadoras.
"Tomamos decisiones en asamblea. Vemos cuánto se destina a salarios, cuánto a gestiones de la cooperativa, a compra de equipo técnico o a uniformes. Ese concepto de transparencia para nosotras es importante. Lo que generamos lo reinvertimos para mejorar nuestras condiciones", cuenta Chavarría.
Fuerza colectiva
En una ciudad donde gran parte del trabajo doméstico se realiza de forma individual y muchas veces sin contrato, este modelo introduce otra lógica. Las trabajadoras no solo prestan servicios; también son socias, participan en las decisiones y tienen acceso a derechos laborales que en el sector no siempre están garantizados.
La decisión de crear un modelo distinto también tiene que ver con la trayectoria de quienes lo impulsaron. Varias de sus fundadoras habían sido activistas y defensoras de derechos en América Latina. Por distintas razones se vieron obligadas a dejar sus países; ninguna quería hacerlo. Al llegar a España, el mercado laboral las empujó al sector de los cuidados.
Una de ellas es Mercedes Rodríguez, colombiana de 61 años, una de las fundadoras de La Comala, actualmente administradora de la cooperativa. "Veíamos la precariedad y dijimos que había que hacer algo distinto. No queríamos reinvertir en un dueño, queríamos hacerlo en nosotras mismas", recuerda Rodríguez.
Integrantes de La Comala, la iniciativa colectiva fundada en 2017 en Madrid.
El nombre no es casual. La Comala —femenino del comal— es la plancha tradicional donde, en muchas zonas de América Latina, se cocinan las tortillas y se reúne la familia alrededor del fuego.
"Queríamos politizar las ollas", dice entre risas Rodríguez. Ahí, ese espacio doméstico históricamente invisible se convierte en lugar de organización y dignidad. Hoy son 27 trabajadoras y 18 socias. Cotizan en el régimen general. El espacio funciona como cooperativa de trabajo asociado. No es una empresa intermediaria ni una agencia externa.
En La Comala al cotizar en el régimen general, el acceso a esos derechos no depende de interpretaciones. "Cotizamos al 100%", señala su administradora. "Eso implica 30 días de vacaciones, derecho al paro y bajas médicas cubiertas por la seguridad social". En el régimen de empleada doméstica, históricamente no existían esas mismas garantías.
En 2022, España ratificó el Convenio 189 de la OIT y reconoció por primera vez el derecho a prestación por desempleo para las trabajadoras del hogar. Aun así, la precariedad sigue siendo estructural.
A diferencia de empresas intermediarias, aquí las trabajadoras pueden negociar condiciones con la persona empleadora. Sobre esto Chavarría indica que negocia con los usuarios su horario: "Tengo una comunicación directa, cosa que otras empresas no te lo permiten".
Jamileth Chavarría (Nicaragua) y Mercedes Rodríguez (Colombia), parte del grupo fundador de La Comala.
Las personas que contratan sus servicios, añade, suelen ser conscientes del valor del trabajo de cuidados y limpieza y del modelo cooperativo.
La cooperativa también organiza encuentros llamados "flash comaleros". Son espacios de formación y reunión. En estos encuentros, las socias profesionalizan su labor, debaten sobre técnicas actualizadas para el oficio de los cuidados y la limpieza.
Analizan cómo protegerse de químicos contaminantes y establecen protocolos para garantizar su propia seguridad y la de las personas que acompañan.
Las trabajadoras también están sujetas a la exigencia estatal de obtener certificaciones oficiales de profesionalidad para ejercer los cuidados.
Cuidarse juntas
Las mujeres que integran La Comala no llegaron por las mismas razones. Algunas dejaron profesiones, otras estudios y otras contextos que ya no podían sostener. En el sector de los cuidados se cruzan trayectorias laborales, pero también historias de supervivencia. Muchas migraron solas, otras con familia, incluso hubo quienes huyeron.
Lucía —nombre ficticio— fue una de ellas. En El Salvador estuvo vinculada a un entorno atravesado por la violencia de las maras. Durante años vivió bajo control y amenazas. Salir no fue un proyecto migratorio, sino una huida.
"O me mataba él o lo mataba yo para defenderme. No pude ni siquiera despedirme de mis hijos", recuerda. Tenía 25 años cuando llegó sola a Madrid. "No conocía a nadie. El primer año fue tan duro que tú crees que no vas a salir adelante".
Trabajó en un bar desde las nueve de la mañana hasta la medianoche por 800 euros. "Una viene sola y no sabe cómo hacer porque no encuentra ayuda de nadie". Hoy es parte de la cooperativa. Pero antes de llegar pasó por lo que muchas migrantes atraviesan al aterrizar en España: jornadas extensas, salarios bajos y escasa protección.
En los "flash comaleros" empezó a hablar, a escuchar historias parecidas, a entender que no era la única que había salido para sobrevivir. "No somos lo que nos hacen creer", afirma.
La cooperativa no borró el pasado. Pero lo convirtió en conversación. En La Comala Lucía empezó a contar su historia. A escuchar otras parecidas. A entender que no era la única que había tenido que huir. "Aquí siento que mi voz cuenta".