Manolo junto a su rebaño de ovejas.

Manolo junto a su rebaño de ovejas. Cedida

Sociedad

Manolo, el guardián de la trashumancia que volverá a caminar 400 km: "Te ahorras 10.000 euros en camiones"

Dos veces al año, las 1.600 ovejas de este pastor viajan de Vega del Codorno a Mestanza (Ciudad Real) en busca de verdes y ricos pastos.

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A los 15 años, Manolo Cardo hizo su primera trashumancia a pie de la mano de su padre. Hoy, a sus 61, este pastor de Vega del Codorno (Cuenca) sigue echándose a andar para recorrer 401 kilómetros en 23 días, pero esta vez arropado por su hija Claudia, su hermano Antonio y algún amigo que, al igual que él, se resisten a dejar morir una práctica milenaria.

Dos veces al año (primavera y otoño), las 1.600 ovejas de este último guardián del pastoreo nómada caminan de Mestanza (Ciudad Real) a Vega del Codorno y viceversa en busca de verdes y ricos pastos. Esta modalidad de pastoreo, reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, vive sus momentos más convulsos.

Manolo forma parte de una excepción heroica. Ya en 2013, el Libro Blanco de la Trashumancia en España señalaba que el 83,29% de estos desplazamientos se realizaba en camiones en vez de a pie. Bajo el nombre de @hermanoscardo, la familia Cardo comparte los entresijos de estas interminables marchas en la red social TikTok.

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Esos 401 kilómetros transcurren en su mayoría por vías pecuarias, los caminos rurales utilizados tradicionalmente para el tránsito de ganado que cruzan prácticamente toda la península ibérica conformando una red de 125.000 kilómetros. En este sentido, las rutas más importantes son las nueve grandes Cañadas Reales de la Mesta.

En el caso de Manolo, sus interminables travesías discurren por la Cañada Real Soriana Oriental (unos 800 km), la más larga de toda la red, que conecta el norte de Soria con el Valle de Alcudia (Ciudad Real) y Andalucía. El mayor de los Cardo mamó el oficio desde bien temprano: "Llevo con las ovejas desde los 10 años".

Manolo subido a su yegua realizando la trashumancia.

Manolo subido a su yegua realizando la trashumancia. Cedida

Aquella primera ruta junto a su progenitor a mediados de los años setenta no se parecía en nada a las rutas de hoy; la logística era rudimentaria y la comodidad era un concepto fuera del diccionario rural. "Mi padre iba con las ovejas y yo con una yegua negra donde portábamos el hato (el equipaje) para embarcar en Chillarón", rememora.

Una vez en el pueblo conquense, cargaban el rebaño en los vagones del tren y ponían rumbo al sur. Al caer el sol, cuando tocaba buscar un sitio para descansar a la intemperie, las tiendas de campaña eran algo todavía casi inexistente e inaccesible. "Dormíamos entre dos pieles de oveja y una manta tiradas en el suelo", apunta.

Rebaño de Manolo Cardo.

Rebaño de Manolo Cardo. Cedida

Todavía recuerda que el equipaje que portaban para la caminata era testimonial por la limitación de espacio: "La ropa para cambiarse era muy poca; teníamos que secar lo puesto al sol". A mediados de los ochenta, Manolo y Antonio cogieron el testigo de su padre y continuaron dejando huellas en las vías pecuarias.

Una vida entera caminando

La historia de los hermanos Cardo es un espejo de la evolución de una actividad en peligro de extinción. Durante sus primeros 15 años completaban la travesía combinando caminatas con el ferrocarril. A partir de la primavera de 1995 se vieron obligados a usar camiones durante otro quindenio, para después bajarse al suelo y encadenar otros 15 años a pie.

El deseo de Manolo es volver a calzarse las botas este otoño si la salud se lo permite. No es un capricho nostálgico, sino una decisión financiera. "Hacerlo a pie es más barato, te ahorras 10.000 euros en transporte", detalla, calculando lo que le costaría volver a contratar los 10 tráileres para mover a las 1.600 ovejas.

Los perros que le ayudan a guiar a las 1.600 ovejas.

Los perros que le ayudan a guiar a las 1.600 ovejas. Cedida

Dejando a un lado los números, la trashumancia es más llevadera que en el siglo pasado. "Ahora cada uno lleva su tienda de campaña, su colchoneta y su saco", apunta. La comida y los enseres ahora se portan en un coche de apoyo conducido tradicionalmente por Antonio.

El resto del equipo que acompaña a Manolo lo conforman su hija, dos pastores auxiliares, tres o cuatro perros de la raza carea tradicional para guiar al rebaño y dos yeguas con montura a las que se sube para alternar la caminata cuando las piernas flaquean después de horas y horas.

De todo el viaje, lo que más teme no es el frío ni largas distancias, sino la entrada en la civilización: "Lo más estresante es atravesar los pueblos. Hay sitios donde hay que meter las ovejas entre dos quitamiedos", confiesa. En ese sentido, considera el entorno urbano una auténtica tortura para el ganado. "Las pezuñas padecen y no pueden comer ni beber", relata.

Manolo junto a su rebaño de ovejas.

Manolo junto a su rebaño de ovejas. Cedida

Un abandono que impulsa incendios

Tras miles y miles de kilómetros, Cardo es testigo de la desidia administrativa y el abandono de las vías pecuarias. Al respecto, denuncia que los caminos de la provincia de Cuenca "están fatal" y añade que "por algunos sitios hay un triste sendero donde debería haber una anchura 75 metros".

Un estrechamiento que, bajo su criterio, es fruto de la presión agrícola y la inacción institucional de las últimas décadas. "Han hecho concentración parcelaria y han dado títulos de propiedad de la vía a los agricultores", critica al ver cómo los rebaños se ven encajonados entre cultivos y viñedos.

La progresiva desaparición de pastores como Manolo se traduce en un abandono medioambiental. Sin los dientes de las ovejas, la maleza crece sin control en la sierra y se convierte en el mejor combustible para los incendios "Los montes están abandonados, antes trabajaban 8 o 10 personas y ahora no va nadie. Todo eso son pastos para incendios", advierte.

Consciente de ello, la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha ha impulsado el proyecto "ovejas bomberas" para limpiar de forma natural estos parajes naturales. Para este pastor de Vega del Codorno el declive del sector está directamente relacionado con las trabas normativas y el vacío social del entorno rural.

"La burocracia está haciendo desaparecer la ganadería. El relevo generacional está muy mal", explica. De hecho, señala una circunstancia cada vez más latente: "Ahora en el campo hay mucha gente de Rumanía y Marruecos, serán los futuros ganaderos de España".

Completar 400 kilómetros andando es un reto físico que no depende tanto de la salud psicomotriz como sí de la solidaridad familiar y social. "Lo que más miedo me da es que no tenga gente para hacerlo", admite Manolo. "Si tuviera que contratar a gente, no podría hacer la trashumancia a pie; entonces me merecería la pena cargarla en camiones", añade.

Es gracias a la entrega voluntaria de su hermano y su hija Claudia que las 1.600 ovejas de Cardo siguen "cortando el césped" de las montañas y las lindes de esos caminos rurales. "Mi idea es jubilarme haciendo la trashumancia a pie", concluye con el orgullo de quien se resiste a dejar desaparecer una labor de enorme valor ecológico, cultural y económico.