Uno de los gigantones que recorren las calles de Toledo antes de la procesión del Corpus.

Uno de los gigantones que recorren las calles de Toledo antes de la procesión del Corpus. Venancio Martín

Toledo

Imágenes del Corpus, pasado y futuro

Alfredo Rodríguez González
Publicada

En unas jornadas celebradas en Toledo hace un cuarto de siglo el profesor José Carlos Vizuete advertía del error en el que caían aquellos que creían ver en el Corpus una fiesta que "en el plano visual y festivo es una viva realidad barroca que subsiste con plenitud frente a los cambios del tiempo", tal y como afirmaba sin rubor un folleto turístico institucional.

Quienes se dedican al estudio de las festividades desde la perspectiva histórica o antropológica saben que es precisamente el dinamismo, la capacidad de cambiar y adaptarse a las nuevas realidades sociales, lo que posibilita la supervivencia de estas manifestaciones. La fiesta que no es capaz de evolucionar y resignificarse corre el riesgo de entrar en un proceso de fosilización que puede derivar en su incomprensión y ulterior desaparición.

Las imágenes que los participantes o espectadores asocian al Corpus también han ido cambiando, pese a la pervivencia de algunas, como los toldos, el pertiguero y, sobre todo, la custodia de Arfe, que desde hace siglos culmina la procesión.

La Custodia de Arfe.

La Custodia de Arfe. Venancio Martín

Sin embargo, es difícil pensar que los toledanos de otra época pudiesen interpretar el significado de algunos elementos actuales de la fiesta, del mismo modo que no deja de ser paradójico que hoy, sobresaturados de iconos, en un tiempo de multiplicación de pantallas y consumo compulsivo de contenidos audiovisuales en internet, seamos incapaces de leer las imágenes del pasado.

Por ello, hoy no nos resulta estrambótico que los cabezudos que acompañan a los gigantones lleven cabezas de los enanos o de otros personajes del universo de Walt Disney, como hace algunas décadas salían con las de Charlot, Laurel o Hardy.

Es evidente que hemos abandonado la tradición iconográfica occidental, basada en la Biblia y en el legado de la antigüedad clásica, cuyo conocimiento ha quedado reducido a un selecto grupo de personas que todavía hoy conocen la mitología o la llamada historia sagrada, si bien en el pasado podía identificar la mayoría de la población.

La procesión de 1563

Si una máquina del tiempo trasladase a un toledano actual a 1563 para que contemplase la procesión del Corpus, salvo que fuese un experto biblista, tendría dificultades en identificar los argumentos de los seis autos que se representaban en ella sobre carros dentro y fuera de la Catedral. ^Primero en el espacio comprendido entre el coro y el altar mayor, y luego en diversos puntos del exterior: frente a la salida de la Catedral en la actual calle cardenal Cisneros, en la esquina de las casas del arcediano, frente al callejón del Vicario, en la plaza de la Tripería, plaza Mayor, plaza de los Cambios, plaza de Solarejo y en Zocodover.

Tres de ellos los montaron el clérigo Pedro de Barnuevo y el autor teatral Melchor de Herrera, que debían ocuparse de hacer los carros, de adornarlos con telas pintadas a modo de escenografía y de hacer las representaciones. Los autos eran el de la Destrucción de Jericó, (cuando Josué envió a dos exploradores a reconocer la ciudad, como se narra en el capítulo 2 del libro de Josué), el del Encuentro entre Elías y Ajab (en el que el profeta acabó con los sacerdotes del dios Baal, y que aparece en el libro I de los Reyes, capítulo 18) y un tercero sobre las paces entre Jacob y Esaú, enfrentados durante veinte años, que se contiene en el capítulo 33 del Génesis.

Otros tres correrían a cargo del violero Juan de Morales y del dramaturgo Lope de Rueda, que pusieron en escena el de la Viña de Nabot (asesinado por negarse a vender su propiedad al rey Ajab, según se cuenta en el capítulo 21 del primer libro de los Reyes), otro sobre las bodas de Jacob con las hermanas Raquel y Lía (Génesis, 29), así como "una farsa sacramental de las virtudes de caridad y esperança con el çiego entendimiento".

Además de ello, nuestro viajero en el tiempo tendría la oportunidad de disfrutar con una de las danzas que aquel año iba integrada en la procesión, y que se inspiraba en un episodio de la guerra de Troya, que junto al posterior periplo de Eneas, el mítico antecesor de los fundadores de Roma, era bien conocida en la Edad Media a través de las obras inspiradas en Homero y Virgilio, y que, a juzgar por su enorme difusión, tuvieron un éxito notable.

Bailarines y un caballo de madera

En el Corpus de 1563 salieron 12 bailarines, seis vestidos con coracinas de láminas de raso tachonado de oro y plata falsos, con calzas y faldas de tafetán de colores, ataviados con espadas, rodelas y celadas con penachos, y los otros seis vestidos también con distintas ropas de raso.

El elemento más espectacular era un caballo de madera en el que cabían ocho personas, y que los danzantes que representaban a los griegos iban armando y desarmando a lo largo del recorrido para darle más vistosidad a la coreografía.

Los troyanos, por su parte, llevaban las piezas para construir "un castillo o una torre al natural" que hacían y deshacían en función del desarrollo del baile. Como corresponde a una escena bélica la música era interpretada con los instrumentos tradicionales asociados a la milicia: los troyanos llevaban un tambor y un pífano, mientras que los griegos iban acompañados de un gran tambor ("un atabalón") y dos clarines adornados con banderines de tafetán que llevaban pintados el escudo de la Catedral.

Desde nuestra mentalidad de 2026 nos cuesta imaginar una procesión del Corpus que incorpore autos y bailes, y sin embargo no nos sorprende que el público de 1563 no tuviese ninguna dificultad para seguir los hilos argumentales de esas representaciones, que hoy sólo comprenderían algunos especialistas.

Más allá de llorar por la leche derramada y lamentarse por las raíces culturales que hemos perdido, habría que preguntarse por el valor que tienen las que las han sustituido y, sobre todo, por lo que se podrá ver en el futuro, cuando quizá los cabezudos de Disney estén tan unidos al Corpus como hoy lo está la Tarasca.