Nada teme el hombre más que ser tocado por lo desconocido. Elías Caneti. Masa y Poder.
Cuando la política exige fe ciega, la democracia empieza a arder por los extremos.
No están los tiempos para poner la mano en el fuego por nadie. Ni por un partido, ni por una sigla, ni por un líder investido de carisma, poder o tribuna. La política española vive instalada en una combustión permanente en la que demasiados ciudadanos parecen dispuestos a quemarse antes que admitir una duda razonable sobre los suyos.
La expresión "poner la mano en el fuego" tiene una raíz épica. Según Tito Livio, Mucio Escévola dejó arder su mano ante sus enemigos etruscos para probar la firmeza de su palabra. La escena, convertida en leyenda, nos legó una fórmula que todavía usamos para proclamar una confianza absoluta. Pero quizá ese sea precisamente el problema: la confianza absoluta rara vez convive bien con la inteligencia crítica.
El fuego, además, conserva una poderosa carga ritual. Cada noche de San Juan, en San Pedro Manrique (Soria), un grupo de sampedranos cruza un lecho de ascuas ante la mirada expectante de quienes contemplan la ceremonia. El paso sobre las brasas impresiona porque transforma el riesgo en liturgia y el dolor posible en signo de convicción. Sin embargo, no todo el que pisa el fuego posee una verdad: a veces solo posee una creencia.
Durante la Edad Media, las ordalías llevaron esa lógica al terreno de la justicia. El acusado era sometido a pruebas dolorosas bajo la idea de que Dios no permitiría que el inocente fuese castigado. Si resistía, quedaba protegido por la divinidad; si sucumbía, la culpa parecía confirmada. Aquella justicia mágica, irracional y supersticiosa debería parecernos hoy definitivamente superada.
Pero no lo está del todo. Ya no invocamos a Dios para resolver las disputas públicas, aunque hemos aprendido a fabricar nuevos dogmas. Donde antes se recurría a la Providencia, ahora aparece el líder infalible. Puede ser un político, un economista, un líder social, un científico, un hombre de la cultura, un juez o un militar…. A su alrededor se organizan fidelidades que convierten la discrepancia en sospecha y la crítica en traición.
Esa es una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo: la sustitución de la razón por la fe ciega. Se exige estar con unos o con otros, no pensar. Se premia la adhesión, no la prudencia. Se confunde la lealtad con la obediencia y se mira con desprecio a quien todavía se permite formular una pregunta incómoda.
Poner la mano en el fuego por alguien puede parecer un gesto noble cuando expresa confianza. Pero se convierte en una claudicación de uno mismo cuando exige ceguera. Ningún representante público, ninguna ideología y ninguna causa democrática deberían reclamar una fe que anule la responsabilidad individual de juzgar los hechos.
La vida pública no necesita creyentes, sino ciudadanos. Necesita vigilancia, exigencia, instituciones sólidas y memoria suficiente para recordar que todos los poderes —también los que sentimos más próximos— deben ser fiscalizados. La democracia se debilita cuando los nuestros dejan de ser responsables y los otros dejan de ser adversarios para convertirse en enemigos.
La proliferación de manos dispuestas al fuego convierte el debate público en una caricatura inquisitorial. Cada bando prepara su hoguera, señala sus herejes y absuelve de antemano a los suyos. Da igual el hecho, el matiz o la contradicción: primero se decide la trinchera y después se organiza el argumento.
Lo que nadie parece advertir, entre tirios y troyanos, entre torquemadas y herejes, es que nos estamos jugando la pervivencia del sistema democrático, mucho más allá de lo que representa la Constitución de 1978. Todas las instituciones quedan expuestas cuando la estabilidad política se trata como un botín y no como un bien común. La democracia no puede convertirse en un juego de trileros donde cada cual niega al adversario la legitimidad que mañana reclamará para sí. Si seguimos alimentando esa hoguera, la convivencia política, ya de por sí difícil, puede terminar siendo insoportable y, al final, descubramos demasiado tarde que no ardía solo la mano de quienes se ofrecieron al sacrificio, sino el suelo común que todos pisábamos.
Fernando Mora es politólogo y secretario de Análisis y Estudios Estratégicos del PSOE de Castilla-La Mancha.