El problema de España no es el cuándo, sino el qué.
Durante toda esta tortuosa legislatura hemos perdido demasiado tiempo pronosticando su final: que si Sánchez no sobreviviría al pacto con Bildu o con Junts; que si la financiación singular concedida a ERC sería el punto de ruptura; que si el olvido al que Marlaska tiene sometida a la Guardia Civil haría caer a cualquier Gobierno; que si el Tito Berni, Koldo, Ábalos, Cerdán, Zapatero y sus joyas, Leire, la directora de la Guardia Civil, el Delcygate o el condenado Fiscal General del Estado; ahora, otra vez, a vueltas con los presupuestos, como si a la cuarta fuera la vencida y, esta vez sí, hubiera adelanto electoral.
Como bien ha descrito Arturo Pérez-Reverte, Pedro Sánchez es un animal político que va coleccionando cadáveres a su paso mientras él resiste y ve pasar las hojas del calendario con suficiencia.
Este Gobierno es una calamidad en términos morales y un monumento a la ineficacia desde el punto de vista legislativo, pero la mejor manera de pasar página es proponer una alternativa capaz de concitar a una mayoría de españoles.
Tiene razón Aznar cuando dice que las próximas elecciones serán las más importantes de nuestra democracia. Porque lo que está en juego, efectivamente, no es simplemente un modelo de sociedad u otro, sino una transformación de los cimientos esenciales del sistema. Las dos legislaturas de Sánchez no serán el fin del régimen de la Transición, pero no creo que este aguante otros cuatro años en las mismas condiciones.
Con las principales instituciones del Estado colonizadas por el sanchismo, la democracia liberal española se sostiene gracias al trabajo de algunos jueces, al compromiso de unos cuantos medios de comunicación y al papel institucional del Rey, escrupulosamente respetuoso con la Constitución de la que nace su legitimidad y decidido a preservar el equilibrio institucional dentro de las funciones que la Carta Magna le atribuye.
Pero es precisamente la Corona el siguiente paso en la deriva populista del PSOE. Y no lo es por convicción —lo cual sería perfectamente respetable dentro del debate político—, sino porque ese sería el precio que volverían a exigir sus socios en una hipotética nueva investidura. Y Sánchez diría que sí, por supuesto, porque ha demostrado carecer de límite alguno con tal de permanecer un día más en la Moncloa.
Por eso es tan importante que toda la España que no comulga con esa minoría que nos gobierna —ya en flagrante desacato al sentir mayoritario del Parlamento— sea capaz de centrarse en el modelo de país que quiere ofrecer. En estas circunstancias extraordinarias, la prioridad debería ser reconstruir consensos básicos alrededor de la independencia de las instituciones, la igualdad entre españoles, el respeto al Estado de derecho y la regeneración democrática.
España necesita menos ansiedad por el calendario y más ambición por el proyecto. Lo primero depende de Sánchez; lo segundo depende de quienes aspiran a sustituirle.