El calor de la llanura nada tiene que ver con esa obscenidad de las playas sudorosas y atestadas. Aquí los grados se nos suben secos a la sobremesa y regalan de paso una siesta ventilada. De fondo, el pueblo cerrado a cal y canto de tres a ocho, lleno de persianas bajadas y prisas por nada. "¿A dónde vas a ir con la que está cayendo?", se preguntan las vecinas al ver pasar a los foráneos, tan pulcros y tan bobos.

Ahora le llamamos ola de calor y en las rectas de la A4 se ríen del chiste. Llevan años coleccionando esas imágenes distorsionadas que el verano dibuja en sus horizontes, siempre abiertos. En la Mancha de las cuatro provincias hay un rincón reservado para el verano eterno. En la Alcarria, claro, la gente se va a los ríos, agosto lento en el Alto Tajo. En Talavera persiste esa misma promesa de paz, aunque menos caudalosa.

Y en mi Cuenca las hoces conversan con la caliza que sostiene la memoria de las casas. Colgadas algunas, frescas todas. Refugiadas en ese consuelo que ofrecen los recuerdos compartidos. Y si miramos hacia el este, perdidos entre campos de girasoles, acabaremos dando vueltas por esa carretera sin autopista que desemboca en la capital grande. Allí, una vez más, el calor no pregunta, pero siempre responde afilado como el mejor de los cuchillos.

Recuerdo las mañanas de viaje a la playa. Mi memoria de niño debería devolverme imágenes de playas blancas, de Puerto Banús —hortera y frágil—, de tardes de sudor y mosquitos; pero no. Lo que me asalta desde el espejo retrovisor del DNI es esa tierra amarilla y noble que desembocaba en Despeñaperros. Siempre me preguntaba quién viviría en aquellos pueblos y ciudades de paso.

Gracias a Dios, ahora lo sé.