Dice el refrán popular que no se puede estar en misa y repicando. Por eso, este 1 de mayo, mientras unos están en la toledana misa de la Virgen del Valle, oyendo repicar la campana en un bucle infinito, otros están en las calles haciendo reivindicaciones sociales y laborales, también en un bucle infinito porque todas esas reivindicaciones siguen siendo necesarias.

No hace falta esforzarse mucho para saber dónde estará cada cual. Los políticos, salvo contadísimas excepciones, a la misa, a los tostones —me refiero a los garbanzos fritos típicos del día de la Virgen—, a las quínolas y a los cohetes desde las maravillosas vistas que ofrece la Ermita. Los trabajadores, a la calle, a los pitos, a las pancartas, a las consignas y a la reivindicación de los derechos laborales, este año bajo el lema "Derechos, no trincheras".

Pero lo cierto es que ambas cosas, derechos y trincheras, no están tan alejadas como parece. Nos asiste, y que nos dure mucho, el sistema democrático. Ese que Churchill calificó como "el peor sistema de gobierno a excepción de todos los demás que se han inventado". Una democracia absolutamente imperfecta pero que entre otras muchas cosas nos permite manifestarnos, ir a la huelga, reivindicar mejoras laborales, denunciar los terroríficos índices de accidentes laborales...

En definitiva, la democracia nos permite protestar en libertad. Pero también se convierte, en cierta forma, en una trinchera porque parece que nos hemos agazapado en ella, con lo estrictamente necesario para sobrevivir y ahí estamos, dejando pasar el tiempo creyendo que el paraguas democrático siempre nos parapetará de la lluvia y de la tormenta.

Tengo malas noticias para los que están en misa y para los que están en las manifestaciones defendiendo los derechos de los trabajadores. El paraguas de la democracia tiene unos cuantos agujeros, se le salen los alambres y hay mucha gente, sobre todo los más jóvenes, que han dejado de entender para qué sirve.

Tengo un hijo de 14 años que viene contándome cómo, en el instituto público en el que estudia, hay chavales de su edad dibujándose esvásticas en los brazos y otros de la misma edad diciendo que "muchos hombres debería haber ahora en el mundo como Franco".

Él no me lo dice preocupado, y cuando yo le miro con cara de pánico él, entre divertido y misericordioso, me insiste en que no me preocupe, que son tonterías, que no pasa nada. Pero yo creo que sí pasa.

Quizá tanto los que están en misa y repicando como los que están en las calles y protestando deberían reunirse el 1 de mayo, o cualquier otro uno de cualquier otro mes, bajo el mismo paraguas para condenar, aislar y desacreditar de forma tajante a aquellos que cada día pervierten con sus actos y con sus palabras este "peor sistema, a excepción de todos los demás" que todavía nos ampara. Me llamo Ángeles y estos son mis demonios.