La moral debe existir entre los individuos, ya que sirve para hacerles más obedientes y disciplinados. Pero la moral estorba a los gobiernos y debe suprimirse como un obstáculo inútil. Para un Estado no existe la verdad ni la mentira: solo reconoce la conveniencia y la utilidad de las cosas.

De Vicente Blasco Ibañez en Los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Hace escasas semanas escribía sobre esa especie de utopía en la que ha vivido el mundo occidental después de la II Guerra Mundial y que se prolongó hasta la gran recesión del 2008. Es cierto que esa utopía no tuvo los mismos componentes para todos, pero en líneas generales el mundo creado en esas décadas podía haberse visto como utópico por quienes hubiesen vivido apenas dos o tres generaciones anteriores, y quizás no tanto por quienes han vivido las del presente. Pero, echando los ojos hacia atrás, en algún momento acabaremos diciendo, como el poeta, que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Al menos en ese tiempo, incluso en el que hasta ahora hemos vivido, podemos decir que el ciudadano no se ha visto sometido al desamparo frente a la vejez, la enfermedad, el desempleo o la educación, encontrando siempre -con más o menos imperfecciones- la protección del Estado, algo que en miles de años jamás había sucedido.

Sin embargo, desde hace algún tiempo, el mundo occidental se adentra en una suerte de disponía cuyo alcance aún es difícil de definir y calcular.

No se trata de ser pesimista, sino de tomar conciencia de que la democracia y el Estado del Bienestar pueden ser una suerte de paréntesis en la historia de la humanidad. Estamos pasando del Estado protector a una sociedad en la que el individualismo y el interés particular priman sobre lo que Aristóteles llamó el “interés general”, en que la búsqueda del bien común aseguraba la justicia y la virtud de los ciudadanos.

Es bien cierto que la mayor parte de la historia de la humanidad ha transcurrido en una sociedad distópica donde los poderosos, los menos, sometían o sojuzgaban a la mayoría, los más, ya fuesen "hombres libres", o peor, esclavos.

El ser humano no ha cesado nunca de guerrear, buscando los motivos en la religión, el territorio, el poder, la dominación, la riqueza, el agua, los alimentos e incluso el absurdo… Pero, hoy más que nunca, la nueva distopía se genera en torno al control de las energías o las llamadas "tierras raras" y el poder que se deriva de ellas.

Cuando las llamadas energías alternativas, agua, viento, sol e incluso la energía nuclear, intentan superar a la producida por los combustibles fósiles, son estos los que generan un nuevo conflicto, que mezclado con el radicalismo religioso -donde las partes enfrentadas siempre tienen a "Dios de su parte"-, generan un caldo de cultivo cercano a la autodestrucción "por imbecilidad".

Desde el siglo XIX, pero muy particularmente desde los comienzos del siglo XX, el petróleo y sus derivados han sido la fuente energética que ha movido el planeta y ha enriquecido a los grandes magnates que han ostentado buena parte del poder económico y una gran influencia en el poder político, ya fuese directo o en la sombra.

En la distopía del siglo XXI juegan un papel fundamental las "redes sociales" y las "nuevas tecnologías de la información y la comunicación". El ser humano es bombardeado constantemente por publicidad. Los algoritmos nos encadenan y nos persiguen y se adentran en nuestros "teóricos" gustos, en nuestra forma de pensar, actuar o comportarnos. Las ideologías, la política y la economía utilizan estos parámetros para penetrar en nuestras mentes, para enfrentar a seres contrapuestos y radicalizar comportamientos entre seres que, hasta no hace mucho, eran aparentemente normales.

La vida pública y los comportamientos sociales se ven envueltos en una especie de agresividad, radicalización y polarización impropia que, cada vez más, empiezan a formar parte de una "nueva normalidad" que amenaza con quedarse.

Los dueños del espacio mediático y las redes sociales se han convertido en los grandes maestros de la manipulación, al tiempo que se enriquecían de forma desmesurada. Los magnates de este mundo ocupaban las primeras filas en la toma de posesión de Donald Trump, un tipo cuya egolatría le lleva a decir que el único límite al poder es "su propia moral" y que ha sido capaz de poner en jaque todo el orden mundial.

Estamos ante un auténtico desorden mundial sin que, quién lo promueve tenga objetivo, rumbo o destino alguno. Trump ha sido capaz de introducir la anarquía como nueva forma de desgobierno del planeta, promoviendo una guerra, aparentemente focalizada en Oriente Medio, pero de imprevisibles consecuencias mundiales. Es un nuevo modelo de concebir lo que ya empezamos a calificar como los prolegómenos de una tercera guerra mundial.

De la utopía a la distopía tan solo nos separa el aleteo de una mariposa. Es obvio que nos estamos adentrando en el llamado "efecto mariposa", o "teoría del caos", donde una perturbación mínima se amplifica con el tiempo produciendo, a veces, perturbaciones indeseadas. La intervención militar de EEUU e Israel en Irán no se hace para salvar la democracia, ni liberar a la mujer sojuzgada, sino por un interés estratégico inconfesable donde, extrañamente, los más perjudicados no son los actores en conflicto, pero sí Europa, mientras que los más beneficiados son los grandes magnates norteamericanos, especialmente los del petróleo y las redes sociales.

Europa, muy dependiente energéticamente, con escasa producción de gas y petróleo, y con limitada capacidad de competir con las grandes tecnológicas estadounidenses, ha quedado a merced del absurdo, prometiendo ser la gran perdedora tanto de los conflictos de Ucrania y del Golfo Pérsico.

La nueva distopía se adentra en nuestras vidas sin que, irremediablemente, estemos haciendo nada por impedirlo. Ni tan siquiera quienes la provocan saben del alcance de esta. Hoy lo percibimos, mañana sabremos de sus consecuencias.

Fernando Mora Rodríguez es politólogo.