¿Dónde se ganan las elecciones? Hay varias teorías. Pero déjenme aportar una respuesta que no admite matices: se ganan donde hay más gente. No crean que esto resulta tan obvio para todo el mundo. Hay quien sostiene que es en la polarización donde se obtienen los frutos que llevan a la Moncloa o a Fuensalida. De hecho, ese es el argumento tanto del PSOE de Sánchez como del Vox de Abascal. Su estrategia coincide en la necesidad de estirar el tablero y buscar caladeros de voto entre los desmovilizados, aquellos que no siguen la actividad política con profundidad y que, por tanto, pueden ser activados mediante consignas fáciles y emocionales.

Ejemplos. "España va como un tiro", dijo Sánchez. "Vivimos una invasión migratoria", sostiene Vox. Ambas afirmaciones son falsas, exageraciones colosales, pero ningún argumento racional logrará convencer a quienes ya han decidido creerlas. En estos casos no existe el dato que mate el relato. Primero, porque la verdad es un patito feo difícil de explicar. Y segundo, porque el ruido de la exageración y la mentira —convenientemente amplificado por algoritmos que prosperan con la furia— es mucho más eficaz que la conversación sosegada o el PDF explicativo.

Sin embargo, mi tesis es otra: la mayoría de las personas —y de los votantes— no vive en ese mundo, aunque lo parezca. La mayoría no está en la trinchera digital. Trabaja, cuida de los suyos y decide su voto lejos del foco. La mayoría absoluta que logró Aznar hace ahora treinta años se fraguó porque una mayoría silenciosa desafió las inercias y se expresó allí donde no hay cámaras ni periódicos: en la soledad de la urna. Lo mismo ocurrió en Castilla-La Mancha en 2011 cuando, desafiando la lógica instalada por este PSOE regionalista y populista que aquí padecemos, Cospedal fue capaz de activar a esa mayoría de votantes que vive ajena a las dinámicas partidistas.

¿Qué hacer para volver a convocar a esa mayoría de castellanomanchegos —y españoles— que clama silenciosamente por un cambio? Lo primero es decirles la verdad, aunque no encaje en un tuit. Lo segundo es no tener miedo a defenderla cuando el ruido intente ahogarla. Porque las elecciones no las gana quien grita más fuerte, sino quien logra ser creíble ante quienes no vocean.

La política que viene no se decidirá en el trending topic, sino en la confianza. Y la confianza no se fabrica con consignas, sino con coherencia. Cuando la mayoría percibe que alguien le habla sin exageraciones y sin miedo, se mueve. Y cuando se mueve, cambia gobiernos.

Hace falta valor para desafiar la lógica de la polarización que parece impregnarlo todo, pero es el único camino posible para volver a convocar a la ciudadanía a un futuro distinto. No se trata de disfrazarse de santo ni de ignorar las posibilidades comunicativas de este tiempo de hiperconexión. Se trata de bajar al terreno, de abrazar la realidad cotidiana y, desde ahí, construir un discurso realista que aborde los problemas sin máscaras ni complejos.

Porque el campo está asfixiado. Porque no hay autovía de Cuenca a Albacete. Porque Talavera sigue con un tren impropio. Porque la provincia de Ciudad Real necesita un impulso industrial. Porque las listas de espera en los hospitales son excesivas. Y porque la Alcarria existe, claro que existe.

Y cuando alguien decide hablar de todo eso sin exagerar, sin insultar y sin miedo, entonces —y solo entonces— empieza a ganar.