Desde hace tiempo la izquierda se empeña en señalar que los electores se equivocan al votar y que ello ha posibilitado el incremento espectacular de la extrema derecha. Las recientes elecciones en Extremadura y Aragón así lo demuestran.
Son muchos los factores que inciden en el crecimiento de la extrema derecha, y por cierto, a los que nada afecta el recordar los comportamientos políticos de esta, tanto si son pasados como si son presentes.
Los pasados, porque son pocos los ciudadanos que indagan en la historia de los comportamientos políticos, lo que nos condena a repetir historias y comportamientos. Y en los presentes, porque este tipo de políticas que se ofrecen como "nuevas" acaban siendo atrayentes para un amplio sector de la población, y muy particularmente entre jóvenes que buscan novedad y soluciones, pero que desconocen el fondo y la intrínseca perversión de este tipo de ideologías.
La izquierda está perdida por abducción. Se ha perdido todo espíritu crítico y se desdeña la capacidad de análisis. La izquierda, se llame PSOE o sean aquellos grupos que están a su izquierda, piensan que cualquier crítica a las políticas del Gobierno solo alienta y da alas a una derecha que ya se cree triunfante. Y en esa postura de los socialistas, en no analizar el porqué de sus pésimos resultados, está justamente su gran error. El eslogan es "salir triunfantes" de cualquier derrota. Pero lo cierto es que a los resultados de estas dos últimas elecciones hay que añadir los que ya ocurrieron en la Comunidad de Madrid, Euskadi y Galicia, donde el PSOE es la tercera fuerza, mientras la izquierda alternativa ha pasado a ocupar la segunda posición.
Las elecciones municipales y autonómicas de junio de 2023 tuvieron graves consecuencias para el Partido Socialista, donde la derrota fue generalizada, y donde solo se salvaron tres comunidades autónomas: Asturias y Navarra con mayoría relativa, pero con pactos, y Castilla-La Mancha con mayoría absoluta. Los socialistas consiguieron retener 23 municipios de entre los de más de cien mil habitantes y capitales de provincia, de los 41 en los que gobernaban con anterioridad, y se lamentaron de que el PP llegase a acuerdos de gobernabilidad con VOX.
Sin embargo, se prescindió de realizar ningún tipo de análisis sobre las causas de la derrota. Estas estaban muy claras: las erróneas políticas relacionadas con Cataluña -contempladas desde el centro geográfico de la península-, el indulto a los condenados del 'proces' o la Ley de amnistía -cuyo principal pecado consistió en que los afectados no mostrasen ningún tipo de arrepentimiento- o la conflictiva Ley del "solo sí es sí". A eso hay que añadir cuestiones relacionadas con la corrupción, difíciles de asimilar por un electorado que creyó que la regeneración venía del PSOE tras la moción de censura contra Rajoy. Sin embargo, nadie quería verlas y mucho menos reconocerlas. Había que mirar para otro lado o mejor, echar la culpa a la derecha, a la que sin duda se le prestó una inmejorable ayuda para que la derrota socialista fuese posible.
A todo esto hay que añadir otras cuestiones que afectan al día a día de la ciudadanía, como es el problema de la vivienda y la especulación a la que está siendo sometida, la elevada cesta de la compra, los bajos salarios o los elevados impuestos, algo que influye muy particularmente en las franjas más jóvenes del electorado.
Es cierto que la macroeconomía va bien o que la cuestión catalana se ha apaciguado, pero los ciudadanos votan por las cosas que se palpan, y disienten cada vez más de la política en la medida en que la crispación genera antagonismos irreconciliables, que incluso se trasladan a las familias y a los círculos de amigos. Que esos antagonismos nos vuelvan a recrear las viejas "dos Españas" no ayuda a los avances del Gobierno, pero tampoco a los hipotéticos avances del Partido Popular, confundido en una estrategia errática contra el PSOE, como hemos visto en Extremadura, en Aragón y probablemente veamos en Castilla y León. La crispación como estrategia es un virus que se inocula a la sociedad y que, al final, se vuelve contra la política tradicional, mientras emergen quienes cuestionan las libertades y los valores democráticos.
Si la izquierda sigue en el eslogan de "hay que parar al fascismo" difícilmente se llegará a una conclusión al respecto y a un análisis correcto. Las elecciones se ganan en las urnas, pero previamente se debe hacer con un intenso trabajo directo de calle, que no excluye los medios de comunicación y las redes sociales. Sobre todo, hay que escuchar a la ciudadanía -más allá de complejos teoremas políticos de despacho- y convencer con trabajo persistente, contumaz, cercano, con propuestas creíbles y logrando imposibles, y sobre todo con coherencia en las políticas, mucha coherencia. No valen los arcanos para intentar justificar situaciones.
La sociedad entiende de acuerdos y pactos para hacer posible la gobernabilidad, pero difícilmente entiende que estos sean a cualquier precio, y donde es el partido mayoritario el que cede, abandonando la centralidad -no confundir con el centro político- que queda huérfana al haber sido también olvidada por la derecha clásica. Muchos votantes, ante el panorama político que contemplan, prefieren desentenderse de algo que les genera "mucho ruido" y pocas soluciones. Pero para "parar al fascismo" -en un lenguaje más propio de la época de entre guerras- no es volver a los clásicos, sino convencer, con hechos, a quienes han optado por posturas autoritarias. No solo hay que poner en evidencia que las propuestas de la extrema derecha son inviables sino que también son imposibles, y política, social y económicamente indecentes.
Es preciso trabajar con un análisis concienzudo y perspectiva acerca de cuáles son los motivos que llevan al electorado a apostar por posturas autoritarias. ¿Qué se está haciendo mal por parte de los gobiernos de izquierda o por los gobiernos de derechas? Y ¿qué se está haciendo bien por parte de los partidos de la extrema derecha para conseguir el éxito que les acompaña en los comicios electorales? No vale cualquier solución para ganar elecciones, y eso lo deberían saber tanto los dirigentes del PSOE como los del PP, que han creado y estimulado dos bloques irreconciliables.
Es obvio que el PSOE ha desviado sus tradicionales políticas socialdemócratas y de centro izquierda hacia decisiones de carácter populista, las más de las veces impulsadas por quienes están a su izquierda, que no solo han impedido el crecimiento y consolidación de estos en el ámbito electoral general, sino que han tenido un efecto perverso para dar soluciones de conjunto.