Llueve de nuevo mientras escribo esta columna y pienso que hay tormentas que no hacen ruido. No parten árboles ni levantan tejados. Avanzan despacio, como una humedad persistente, y se instalan en los pliegues de la vida cotidiana. El cambio climático es una de ellas. No solo transforma el paisaje, también erosiona algo más íntimo y frágil, esa zona invisible donde se sostiene la calma.

Vivimos en un ojo de huracán que parece quieto. Afuera, el mundo arde, se inunda, se quiebra. Dentro, el desaliento cae poco a poco, como un manto pesado. Olas de calor que no dan tregua, incendios que borran territorios, lluvias que arrastran casas, recuerdos, certezas, todo en un solo año. Y junto a todos estos avatares, una huella silenciosa, ansiedad, insomnio, tristeza sin nombre. El alma, también, aprende a resistir a la intemperie.

No sé si es el ciclo natural de las cosas o una ruptura definitiva. Tal vez esa discusión ya no importe. Lo evidente es la adaptación forzada: cuerpos que se endurecen, pieles privadas de sol, miradas que se acostumbran a la penumbra. Nos saldrán agallas, escamas, nuevas formas de respirar. Pero la mente no muta con la misma facilidad. Se resiente. Se cansa.

No hacen falta datos para percibirlo. Basta con escuchar el murmullo constante del miedo, ese susurro que acompaña a las altas temperaturas, al cielo sin estaciones, al futuro que se vuelve incierto. Si la luna mueve las mareas, ¿cómo no iba a movernos a nosotros? La naturaleza nunca fue un decorado. Era un vínculo. Y al quebrarse, algo dentro también se rompe.

El calor no solo agota el cuerpo, descompone el ánimo. La pérdida de un hogar, de un trabajo, de una tierra, empuja al desarraigo. Se vive entonces como hoja seca, suspendida en un viento que no elige destino. La ecoansiedad (término que escuché ayer, por primera vez, en un programa de radio) no irrumpe de golpe, se infiltra. Se sienta a la mesa. Aprende nuestro nombre.

Hay quienes cargan con más peso que otros. Los que ya estaban heridos. Los niños que crecen bajo la sombra de un mañana amenazante. Las comunidades que siempre quedaron al margen, ahora más expuestas que nunca. La tormenta no reparte el daño de forma justa.

Y, sin embargo, no todo está perdido. Aún podemos nombrar lo que ocurre. Acompañar. Tejer redes donde antes solo había intemperie. Integrar el cuidado de la mente en un mundo que cambia demasiado rápido. Ser refugio cuando el clima externo e interno se vuelve inhabitable.

El cambio climático no es solo una crisis ambiental. Es una grieta en lo humano. La tormenta silenciosa no se detendrá. Pero quizá todavía estemos a tiempo de aprender a escucharla. Y, en ese acto, empezar a responder.