En la sede de Ferraz se ha instalado una curiosa disciplina interpretativa que haría las delicias de cualquier escuela de teatro experimental: la doble personalidad política como forma de supervivencia. Puertas afuera, sonrisas, aplausos y una euforia casi impostada por los resultados en Castilla y León. Puertas adentro, sin embargo, el ambiente recuerda más a un vestuario en el descanso de una final perdida; miradas esquivas, tensión contenida y ese silencio incómodo que solo rompe el sonido de un futuro que no pinta precisamente halagüeño.
Conviene decirlo sin rodeos: la supuesta "mejoría" electoral no es tal. Es, en el mejor de los casos, un espejismo alimentado por el desmoronamiento de todo lo que había a su izquierda. Cuando el rival se desploma, cualquiera parece correr más rápido; pero no, no es velocidad; es simplemente que el de al lado se ha caído, y en Ferraz han decidido celebrar la caída ajena como si fuera un triunfo propio. Nada más lejos de la realidad.
La política española tiene estas cosas; convertir derrotas en relatos de resistencia y maquillajes en victorias estratégicas y ahí el manual se sigue al pie de la letra. Se habla de tendencia, de cambio de ciclo, de recuperación… palabras grandes para sostener una verdad pequeña; porque mientras se reparten titulares optimistas, en el fondo todos saben que lo verdaderamente relevante no está en Castilla y León, sino en Andalucía.
Ahí es donde la función se pone interesante. Andalucía no es solo una comunidad más; es uno de los tradicionales caladeros de votos del socialismo, y lo que se vislumbra en el horizonte no es precisamente una fiesta; más bien todo lo contrario; la posibilidad muy real de un batacazo de dimensiones considerables, y entonces sí, se acabará el teatro.
¿Qué pasará si finalmente el PSOE y la señora Montero salen derrotados con claridad? ¿Estamos ante la antesala de un adelanto electoral en España? ¿O veremos a Sánchez resistir, una vez más, como si nada hubiera ocurrido, esperando que el tiempo, ese viejo aliado de los gobiernos en apuros, haga su trabajo?
La duda no es menor, porque la estrategia parece clara: aguantar. Resistir. Estirar la legislatura como si fuera una goma a punto de romperse. Confiar en que algo, lo que sea, cambie el guion. Un giro inesperado, un adversario que se equivoque, una crisis que desplace el foco… o, por qué no, un nuevo comodín que permita arañar algún rédito político en medio del desgaste.
Todo ello, además, con un calendario judicial que no invita precisamente al optimismo. En los próximos meses desfilarán procesos que, sin ser directamente del PSOE, orbitan peligrosamente cerca de su entorno político, y en política, ya se sabe, la proximidad es muchas veces más determinante que la responsabilidad directa.
Así que ahí están, entre la celebración impostada y la preocupación real. Entre el aplauso de cara a la galería y el susurro inquieto en los pasillos. Jugando a dos tiempos, a dos caras, a dos discursos. Como si la política fuera un escenario en el que basta con interpretar bien el papel para cambiar la realidad.
Pero la realidad, tarde o temprano, siempre termina saliendo a escena, y cuando lo haga, en Ferraz quizá ya no baste con decir "calienta que sales", porque puede que, cuando llegue el momento de saltar al campo, el partido ya esté perdido.