Una más de esas argucias con las que las compañías tecnológicas nos convierten en su mercancía hizo un tiempo atrás que mi cuenta de Instagram se viese vinculada a algo llamado Threads.
Después de algunos años de un uso indeseado de redes sociales, mi política es simple: con ellas, 'menos' es siempre 'más' y 'nada' sería mucho mejor que 'menos', pero no es posible.
De esa especie de detrito, de esa excrecencia de Instagram que se me invitaba a hacer mía a cambio de una demanda inexistente, yo prefería, pues, no saber nada. Y estaba a punto de borrarla cuando involuntariamente leí una línea, a la que siguió otra, y después una tercera. De pronto, no podía dejar de leer. Desde entonces no he dejado de hacerlo.
Threads –al menos la que recorta para mí el algoritmo– es la red social más 'literaria'.
Día tras día, decenas de personas de las que nunca hemos oído hablar afirman haber publicado cinco, diez, siete libros, dan y reciben información sobre cómo hacerlo 'correctamente', se enorgullecen de estar "metiéndose en todos los jaleos", emplean nombres y promueven el romantasy y la distopía como los géneros literarios del momento; se autopublican, deploran las regalías que reciben, sacan cuentas –sobre cuánto pagar a Amazon para que promueva un libro, sobre el margen de beneficio, sobre el costo de adquirir seguidores falsos–, promueven sus servicios, anticipan y saborean lo que imaginan como un éxito inapelable.
Nuestras ideas de qué es la literatura, quién la produce y por qué están cambiando radicalmente
Desde luego, todo esto parece marginal en relación con lo que –con datos parciales y cifras infladas– solemos denominar 'la cultura del libro'.
Desde los márgenes, sin embargo, todo se ve con mayor claridad, y lo que Threads y sus usuarios muestran es cómo nuestras ideas acerca de qué es la literatura, quién la produce y por qué –de manera más general, qué aspecto tiene una relación entre las palabras y el mundo sin la cual las primeras son innecesarias y el segundo es inhabitable– están cambiando radicalmente.
Por una parte, un puñado de adultos cuyo ingreso a la literatura se produjo a través de libros como los de Harry Potter y consume con asiduidad teleseries y filmes de superhéroes parece equiparar 'ficción' con 'fantasía', una asimilación que, en última instancia, convierte en 'no literatura' a buena parte de lo escrito en los últimos tres o cuatro siglos. Por otra, y absurdamente, todos ellos aspiran a ser leídos al tiempo que afirman que leer es "una pérdida de tiempo" de cara a escribir y que ellos no lo hacen.
Por último, una enorme mayoría de esas personas no comprende y rechaza todo aquello que hace posible la literatura: en su opinión, los editores solo publican a sus amigos, todos los premios están amañados, no existe ninguna diferencia entre una crítica literaria y una manifestación de entusiasmo subsidiada en Instagram o TikTok, las librerías tienen que desaparecer, los libros son caros, si no utilizas la IA para ayudarte en la aburrida tarea de escribir un libro es porque eres tonto.
Deseosos de publicar antes de escribir, convencidos de que la literatura tendría otra finalidad que la literatura misma, ninguno de ellos carga con ninguna culpa.
Una educación por lo general mediocre, unas tecnologías disruptivas, una prensa literaria desnortada, unos editores desmoralizados o cínicos y unas instituciones que se limitan a celebrarse a sí mismas son los únicos responsables de este estado de cosas.
Threads sigue abierto en mi navegador mientras escribo esto y yo sigo esperando la siguiente prueba –y las hay a menudo, no solo allí– de que lo que creímos que era una "galaxia" puede haber sido no mucho más que un paréntesis, y estar llegando a su fin junto con todas las demás cosas que terminan estos días.
Patricio Pron (Rosario, Argentina, 1975) es escritor. Su último libro es En todo hay una grieta y por ella entra la luz (Anagrama, 2026).