En la recién estrenada adaptación de La Odisea al cine, por Christopher Nolan, el papel de los dioses griegos se limita al amorío con la ninfa Calipso (Charlize Theron) y unas pocas apariciones de la diosa Atenea (Zendaya).
Toda adaptación moderna tanto de La Odisea como de La Ilíada debe enfrentarse a la peliaguda cuestión de qué hacer con el importante rol que en el relato desempeñan los dioses olímpicos. La forma más sencilla de resolver el problema es obviándolos del todo. La apuesta de Nolan no deja de ser convencional, y el tratamiento que da a las apariciones de Atenea parece más inspirado en la figura de los ángeles bíblicos que en los dioses paganos.
Lo cierto es que también los lectores modernos de los dos grandes relatos de Homero deben vencer la extrañeza que produce la intromisión constante y a menudo incordiante de los dioses. Las actuaciones de estos carecen de toda sensatez, ya no digamos solemnidad.
Como observa James M. Redfield en La tragedia de Héctor (1975), “los dioses de La Ilíada son por regla general frívolos, seres inconstantes cuya amistad o enemistad guarda poca relación con la justicia humana. No aparecen en la narración como garantes de las normas humanas ni como origen de los procesos naturales. Pueden utilizar los medios de la naturaleza –el rayo y el terremoto– pero no garantizan el cosmos; sus intervenciones son erráticas y personales”.
Nada más lejos del tronante Yavé bíblico y sus temibles intermediarios que la abigarrada troupe de dioses, semidioses y diosecillos siempre en discordia que a cada momento meten baza en las acciones humanas. Susceptibles, vanidosos, marrulleros, tienen con Zeus la relación de una pandilla de alumnos revoltosos con su maestro, al que temen, engañan siempre que pueden y hacen la pelota cuando conviene.
La cultura de masas consagra una élite de diosecillos (famosos, futbolistas, influencers) a menudo tan fatuos y risibles como los del Olimpo
Recuerdo bien la impaciencia que me produjo, en mi primera lectura de La Ilíada, el correlato de esos patanes. Al releerla recientemente, por el contrario, me divertí de lo lindo con sus intrigas y sus veleidades. En Los griegos antiguos (2014), Edith Hall pretende que, “cuando los griegos imaginaban a los dioses inmortales que vivían dichosos en el Olimpo, se desternillaban de risa y no podían parar”. No creo que la cosa fuera tan así, pero lo cierto es que sus apariciones en los relatos homéricos son a menudo motivo de risa, y todo un contrapunto de la brutalidad y la crueldad de los hechos narrados.
Redfield especula muy agudamente sobre el tipo de relación que los griegos tuvieron con sus dioses. Una relación que sin duda fue cambiante a través del tiempo pero que se me ocurre que podría compararse, salvadas las distancias, con la que, a través de los medios y de las redes, una gran parte de la población de nuestro planeta mantiene hoy con los ricos, los famosos y los poderosos de este mundo, ya se trate de Beyoncé, de Brad Pitt, de Bezos o de Trump (en toda una escala que abarca futbolistas, marquesonas e influencers).
La cultura de masas consagra una élite de diosecillos a menudo tan fatuos y risibles (aunque bastante más mortales) como los del Olimpo. Sus vidas y sus devaneos sirven de distracción a millones de seres humanos, que los contemplan embebidos, y que a menudo padecen, impasibles, los estropicios que la avaricia y la imbecilidad de algunos de esos diosecillos produce en sus propias vidas.
Decía Nietzsche que “los dioses justifican la vida humana viviéndola ellos”. No otra parece ser la función que cumplen para muchos las celebrities. A lo que Riedfield apostilla: “Los dioses no procuran al hombre guía ni soluciones; son más bien una objetivación de su problema. No están fuera del mundo; son, como nosotros, criaturas que hay dentro del mundo y con las que contendemos”.