El reciente fallecimiento de Luis Goytisolo, a los noventa y un años de edad, ha sido objeto de una amplia cobertura por parte de las secciones de cultura de casi todos los medios de comunicación españoles.
No podía ser menos, dado el reconocimiento que muy tempranamente obtuvo la obra de este autor, miembro desde 1994 de la Real Academia Española. Con veintidós años obtuvo el I Premio Biblioteca Breve, al que siguieron más adelante el Premio Ciudad de Barcelona (1976), el de la Crítica (1984), el Nacional de Narrativa (1992) y el Premio Nacional de las Letras Españolas (2013), entre otros.
Le regatearon, eso sí, el Premio Cervantes, no se sabe si por inopia o —peor aún— con el argumento de que ya se lo habían concedido a su hermano Juan, en 2014. Pues no cabe duda de que la visibilidad de la importante obra de Luis Goytisolo se vio a menudo estorbada, cuando no desfigurada, dentro y fuera de España, por la personalidad mucho más vocinglera y gesticulante de Juan, cuatro años mayor que Luis y bastante más hábil que él a la hora de labrarse su fortuna como escritor (fortuna por otra parte bien ganada).
Por lo demás, no deja de ser explicable que la coexistencia de dos hermanos novelistas mueva a confusiones y a comparaciones. Todavía hoy, son muchos los que no se aclaran acerca de quién es quién, casi siempre con ventaja para Juan cuando de meter la pata se trata.
Luis cargó desde sus comienzos con la condición ligeramente desplazada del "hermano menor", también respecto a toda una generación —la de los años cincuenta, fundamental para la cultura española— a la que perteneció de una manera tangencial, como rezagada; o mejor dicho, dejándola atrás en la medida en que su propia juventud, su precocidad y su inconformidad le señalaban rumbos venideros. Pues casi todas las tendencias de la narrativa española del último cuarto del siglo XX (y de los primeros años del XXI) están ya prefiguradas en la obra de Luis, que nunca dejó de explorar y transgredir los límites del género novelístico, ensayando con tanta capacidad de riesgo como acierto formas hoy tan en auge como la autoficción, la novela de no ficción, el ensayo ficticio o el microrrelato.
Luis Goytisolo se mostró siempre muy seguro del logro alcanzado con 'Antagonía', y eso le confirió, como escritor, una gran libertad
De su larga trayectoria, todos los obituarios han destacado, cómo no, Antagonía (1973-1981), una de las cumbres novelísticas del siglo XX, cuya imponente mole sobresale en el horizonte de la narrativa española disuadiendo a muchos de leerla debido a su extensión.
Dado que ya se ha glosado de todos los modos posibles la hazaña que supone esta obra, quizá lo que convenga aquí, para tentar a los lectores más perezosos o intimidados, sea animarlos a probar suerte, antes, con títulos mucho más livianos, como El atasco y demás fábulas (1981, 2016), Cosas que pasan (2009) o Coincidencias (2017).
Con ellos podrán catar el humor a menudo salvaje de este autor, sobre el que muy pronto observó Pere Gimferrer que poseía, quizá como ningún otro escritor peninsular, "el don de la transcripción de la estupidez, de lo ridículo o desaforado, la convención vacua o la incoherencia"; un don que Luis conservó siempre y que, sin menoscabo de la profundidad de sus planteamientos narrativos, siembra la lectura de sus obras de impagables carcajadas.
Este humor de raíz flaubertiana era uno de los rasgos más destacados de su personalidad. Se mostró siempre muy seguro del logro alcanzado con Antagonía, y eso le confirió, como escritor, una casi arrogante tranquilidad, también una gran libertad e independencia respecto a los circuitos de consagración y sus servidumbres.
A eso mismo contribuyeron sin duda su talento para ser feliz, para la vida buena; prendas de su pasión viajera, su buena educación, su portentosa cultura, su encanto personal, su naturaleza discreta y amable.