El 9 de octubre de 1916 Franz Kafka escribía a Felice Bauer: “No hay que empujar a los niños a lo que les resulta completamente incomprensible. No hay que olvidar que incluso esto puede conseguir a veces muy buenos efectos, pero son totalmente imprevisibles. Lo que me mueve a recordar a un profesor que durante la lectura de la Ilíada solía decir: ‘Es una verdadera lástima tener que leer esto con vosotros. No podéis entenderlo, incluso si creéis que lo entendéis no lo entendéis en absoluto. Hay que tener mucha experiencia antes de entender siquiera un poco’. Estas observaciones (aquel hombre se había apuntado a ese tono) me produjeron entonces, a mí, que era un chico frío, más impresión que la Ilíada y la Odisea juntas. Quizá una impresión demasiado humillante, pero al menos sustancial”.
Kafka leyó la Ilíada en las clases de griego de los cursos quinto y sexto del instituto. En el quinto curso, su profesor fue Josef Kohm; en el sexto, Gustav Adolf Lindner. No sabemos con certeza cuál de los dos “se apuntó a ese tono” y empleó esa humillante condescendencia con sus alumnos.
Por mi parte, recuerdo muy vivamente, siendo todavía adolescente y ya lector aficionado, lo mucho que me indignaba, en conversaciones con adultos, que me disuadieran de leer según qué libros con el argumento de que no los iba a entender o –peor aún– que para disfrutarlos se necesitaba haber alcanzado una madurez que yo no tenía.
La cuestión nunca ha dejado de interesarme, y debo admitir que, como Kafka, no tengo una opinión concluyente al respecto. Bien está no “empujar” a los niños –¡ni a los adultos!– a lo que les resulta “completamente incomprensible”. Pero me pregunto si además hay que preservarlos de eso mismo, si hay que protegerlos, por así decirlo, de aquello que juzgamos que no son capaces de entender.
Luego uno lee las memorias de Elias Canetti y se lleva las manos a la cabeza al enterarse de que, con menos de diez años, leía con su madre a Schiller en alemán y a Shakespeare en inglés.
Cómo no convenir que ciertas lecturas reclaman un determinado grado de madurez (como otras muchas, ay, de inmadurez)
Por no traer aquí cuanto decía Santiago Alba en Leer con niños (2007), donde cuenta que su rutina familiar comprendía la lectura en voz alta, a sus hijos todavía niños, no solo de clásicos como Homero, Cervantes y Stevenson, sino de autores tan peliagudos para los oídos infantiles como Dostoievski, Joyce y Canetti.
Buena parte de la literatura infantil peca de emplear lo que Ferlosio –en su soberbio prólogo al Pinocho de Collodi– llamaba “lenguajes adaptados”, entre los que incluía ese modo que tienen tantos adultos de dirigirse a los niños imitando su manera de hablar, de tal manera que lo que los niños oyen es un pastiche resultante de la “imitación de una imitación”.
Más educativo parece –y, como dice Kafka, “puede conseguir a veces muy buenos efectos”– enfrentar a los niños a la dificultad del lenguaje adulto, familiarizándolos con la incomprensión y estimulándolos a vencerla.
No solo eso: familiarizándolos también –como tan a menudo hace la poesía con los adultos– con el enigma que se resiste, con la penumbra y no solo la complejidad, con el sentido musical de la lengua, con los senderos de la intuición y del presentimiento.
Dicho lo cual, cómo no convenir que ciertas lecturas reclaman un determinado grado de madurez (como otras muchas, ay, de inmadurez). Yo mismo me recuerdo disuadiendo a lectores más jóvenes de leer según qué libros a una edad en que difícilmente sabrían apreciarlos.
Y si bien es cierto que el fracaso en el empeño por leer un libro que excede nuestros alcances intelectivos o morales puede determinar un crecimiento, también puede derivar en rechazo, espanto o resentimiento, y terminar siendo un factor disuasorio de seguir leyendo.