Hará un par de meses, un artículo de Adrián Cordellat en El País hurgaba en una de esas cuestiones que parecen destinadas a abonar prejuicios y servir de campo de batalla a la una y otra vez avivada “guerra de los sexos”. Al hilo de una investigación de la Universidad de Cornell (EE.UU.), Cordellat venía a desmentir lo que él mismo calificaba de tópico más o menos arraigado: que los hombres prefieren leer novelas protagonizadas por hombres. Una presunción que en el mismo artículo se enlazaba con otra también atravesada de prejuicios: la de que los hombres tienden a leer novelas escritas por hombres antes que por mujeres.
Mi impresión es que, para llegar a las conclusiones a que llegaron los investigadores de la Universidad de Cornell, no hacía falta encuestar a tres mil personas. Me cuesta aceptar que nadie –como no sea Sol Salama, de la editorial Tránsito, de la que Cordellat recogía unas pintorescas declaraciones– piense que a los hombres, ni ahora ni en el pasado, los disuade de leer una novela el que su protagonista sea una mujer. Lo desmiente de antemano el canon (tan masculino) de la novela decimonónica: Madame Bovary, Jane Eyre, Middlemarch, La Regenta, Ana Karenina, Tess d'Urberville, Retrato de una dama y un incontable etcétera.
Más espinoso es dirimir el segundo supuesto: el de que a los hombres les cuesta más leer novelas cuyas autoras son mujeres. Para abordar esta cuestión Cordellat acudía a un ya viejo artículo de The Guardian en el que la periodista Mary Ann Sieghart, autora de un ensayo titulado The Authority Gap (‘La brecha de la autoridad’, 2021), aseveraba, basándose en estadísticas: “Los hombres son desproporcionadamente reacios incluso a abrir un libro escrito por una mujer”. El artículo se titulaba: “¿Por qué tan pocos hombres leen libros escritos por mujeres?”.
Cordellat remitía también al análisis (publicado en Agenda Pública) que Alba Crusellas, especializada en igualdad de género, hacía de una gran encuesta sobre lectura y lectores en España realizada por 40dB en 2024. Allí Crusellas concluía que “muchos hombres asumen que los libros escritos por mujeres no son para ellos: son cosas de mujeres para mujeres”, “y es que los hombres siguen siendo el sujeto universal de la cultura, y las mujeres, una excepción o un nicho”.
A la contundencia de estas afirmaciones, respaldadas por las estadísticas, no parece que quepa plantear muchas objeciones, por mucho que mi primer impulso sea desmentirlas acudiendo a mi experiencia personal. Con todo, me atrevo a aventurar dos observaciones, por otro lado bastante obvias, que quizá contribuyan a matizar el escándalo que tales aseveraciones suscitan.
No deja de ser natural que hombres y mujeres busquen en autores y en protagonistas de su propio género la ilustración de sus conflictos y problemáticas.
Primera: como las mismas encuestas invocadas acreditan, las mujeres, aunque en menor proporción, también tienden a leer mujeres con preferencia a hombres. De hecho, mi impresión es que cada vez hay más mujeres que tienden a leer únicamente a mujeres, en algunos casos de modo programático. Y dado que, sobre todo en el campo de la ficción, las mujeres leen bastante más que los hombres, la consecuencia es que la literatura escrita por mujeres viene acortando crecientemente su desventaja respecto a la escrita por hombres, si bien esta tendencia queda aún lejos de quedar suficientemente reflejada en el canon hegemónico.
Segunda: presumo que cierta polarización de lectores y lectoras que con preferencia leen, respectivamente, a hombres y mujeres, tiene que ver con la función y el uso que cada vez más se hace de la literatura como una especie de agencia de autoayuda.
La narrativa contemporánea tiene mucho de interiorismo del alma y de instrumento para la exploración y formulación del propio yo. No deja de ser natural, siendo así, que hombres y mujeres busquen en autores y en protagonistas de su propio género la ilustración, cuando no la solución, de sus conflictos y problemáticas personales.