Hace justamente tres años, en octubre de 2023, Anne Carson visitó Madrid para dar una conferencia en el Museo del Prado sobre el Perro semihundido de Goya y leer sus poemas (¿sus poemas?) en la Fundación Centro de Poesía Hierro de Getafe. Aquella tarde desapacible de un viernes de otoño el aparcamiento de la Fundación se llenó tempranamente de muchachos haciendo tiempo, esperando que las puertas se les abrieran. Chicas pacientes y educadísimas, que cuando salimos a explicarles que no podrían entrar hasta casi la hora de la lectura, aceptaron la espera con resignación y tímidas sonrisas.

Una de ellas nos dijo: "Es nuestra Taylor Swift" (quizá ahora, a raíz del artículo sobre Rosalía que Carson ha publicado hace poco en el London Review of Books, la comparación sería otra, más próxima a casa). Pero recuerdo esta anécdota porque descubrí entonces el tirón –creo que es la palabra idónea– que Carson tiene entre muchos lectores jóvenes, fascinados por su insolencia y su descaro, la mezcla de frescura y erudición y compromiso con que se enfrenta a sus materiales y les da la vuelta, haciéndolos girar como un trompo del que emerge, una y otra vez, una imagen del mundo que no se parece a ninguna otra.

Léase, por ejemplo, "Sonríe", el poema que publicó a finales de julio en el LRB y que trata del Párkinson que le fue diagnosticado poco después de su visita madrileña (no hay causalidad, descuiden): de un arranque desolador, que modula sus temores en un calidoscopio vertiginoso, pasamos en la segunda parte a una escritura fragmentaria, elusiva, que culmina con un regate mordaz a la muerte que todos llevamos dentro, una admonición feroz: "limítate a alabar lo que puedas sonriente saco de muerte".

Las actas de los premios literarios, sobre todo en España, suelen ser brindis al sol, pero hay que reconocer que la Academia Sueca se ha manejado con precisión quirúrgica al describir una "obra audaz e inventiva que, en un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea". No es fácil decirlo mejor ni más brevemente. La inventiva y la audacia de Anne Carson estriban justamente en cómo no ha dejado de recrear o de sacarse de la chistera nuevos modos de estructurar o articular el discurso, y así dar forma a sus inquietudes y obsesiones, sean eruditas, políticas o íntimas.

En Carson la ambigüedad genérica es total y constante: en sus textos conviven los códigos de la poesía lírica tradicional y del ensayo y la conferencia, pero tomados con un espíritu iconoclasta y juguetón que los revuelve con toda clase de emulsiones: listas, enumeraciones, diálogos ficticios, viñetas narrativas, rupturas de la cuarta pared, anacronismos, etc. Por no hablar del modo en que reactiva procedimientos de la vanguardia histórica: fragmentación, elipsis, borrado de los nexos y los signos de puntuación, etc.

De ahí el signo de interrogación que acogía el término ¿poemas? más arriba. Cuando le dieron el Premio Princesa de Asturias (y está muy bien que en este caso particular hayamos sido los primeros/los pioneros), escribí que Carson, por crucial y determinante que sea que su formación clásica, su profundo conocimiento de la gran tradición helenística –que ha alimentado buena parte de su obra–, trasladaba a la escritura herramientas y modos de pensar el material que parecen más propios del arte contemporáneo.

Y el hecho es que muchos de los textos que componen sus libros más recientes, Flota (2020) y Norma enrevesada (2025), surgen precisamente de performances, de instalaciones o de trabajos en colaboración con otros artistas (músicos, pintores y bailarines de danza contemporánea). En ella el encargo no es paralizante, sino un reto que fertiliza su imaginación y le permite entrar en cualquier asunto por la puerta trasera, casi de tapadillo, pero con propósitos muy firmes y casi revolucionarios.

En Norma enrevesada esto le permite hablar de Guantánamo con indignación largamente madurada o escribir una autobiografía del cielo (la historia del cielo contada por él mismo) donde se cuela una reflexión sobre la guerra aérea y la destrucción de las ciudades que enlaza con los textos de Sebald sobre el asunto.

Lo político siempre ha estado presente en esta escritura, pero cada vez con más fuerza. Como lo ha estado la reflexión sobre la violencia y el poder, sobre el lugar de la mujer en la historia –desde la Grecia y la Roma antiguas–, sobre la naturaleza del deseo y el sustrato económico de las relaciones humanas. Y también sobre el carácter de los afectos en el microcosmos familiar, sobre todo en las emotivas páginas que dedica a su madre (en Decreación) o ese tombeau en forma de libro que erige en honor a su hermano en Nox.

Las frases de Carson pueden ser inflexibles y duras como el hielo, pero, como el hielo, cortan y queman al tocarlas. Hay siempre, en estos poemas que remiten al dominio familiar, a lo doméstico, un flujo soterrado de emoción que discurre por debajo del relato y de la distancia aparente –y también la ironía, en ocasiones–con que dispone los hechos. Y es una corriente que, al aflorar sin aviso, nos conmueve aún más.

Aquella tarde de octubre fue esa emoción la que nos envolvió, pues entre los textos elegidos para la lectura se hallaba "Feliz Navidad de parte de Hegel", donde el yo se hace cargo de su soledad, del peso melancólico de los ausentes, y sale fuera, al bosque nevado, para encontrarse con una naturaleza gélida que muy pronto, sin embargo, se convierte en el mejor camino para volver a casa; para sentir que está en casa. Getafe convertido en un rincón de un bosque septentrional de coníferas.

Poco después, la cola para conseguir su firma duró casi hora y media y permitió a aquellos jóvenes marcharse felices y agotados como de un concierto. Antes, en camerinos, nuestra autora había estado leyendo la poesía de José Hierro –en inglés, of course– y dejando constancia de su lectura con un poema visual dibujado en la pizarra del aula: un pequeño homenaje al autor de Cuaderno de Nueva York y a quienes, en su Fundación, habían querido acogerla.

¿Frialdad? Ahora y siempre, como quería André Bretón, se trata de "acorralar al animal del uso", despistar a los vigilantes del museo, despedirse a la francesa, irse por las ramas y negar la mayor. Anne Carson hace todo eso maravillosamente.