Szilárd Borbély. Foto: Konyhás István

Traducción de Adan Kovacsics. Random House. Barcelona, 2015. 256 páginas, 18'90€. Ebook: 9'99€

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Viene esta obra tristemente precedida por el suicidio de su autor, el húngaro Szilárd Borbély (1964-2014), y no puede uno evitar pensar si el éxito internacional de Los desposeídos, su hasta el momento (a falta de rebuscar en los cajones) única novela, traducida ya a varios idiomas, no tenga quizás más que ver con el fatídico suceso (no sería la primera vez) que con su pretendida calidad literaria. Pero basta leer unas pocas páginas para que esta inmunda sospecha quede desmontada al instante: Los desposeídos, digámoslo ya, es una novela rotunda que está llamada a ser una de las sorpresas editoriales del año.



Borbély, que fue poeta antes que narrador, despliega aquí una prosa parca y directa, precisa, casi telegramática, con la que da vida a las observaciones de un chiquillo de poco más de diez años criado en una zona rural de la frontera noroeste de Hungría, en la linde con Rumanía, Ucrania y Eslovaquia. En una narración que transcurre básicamente a finales de la década de 1960, con constantes rodeos propios de la mente de un chico de esa edad, que presencia lo cotidiano con fascinación, Borbély nos hace partícipes de la miseria material y espiritual que asola a los habitantes de esa zona.



Tiene Los desposeídos algo de retrato generacional, incluso de tratado ideológico, pues la identidad es en esencia el motor del conflicto en esta novela: la madre que se resiste a considerarse campesina; la abuela materna que defiende los orígenes rutenos de la familia; el abuelo paterno, un kulák cuyo pasado convertirá al padre en un eterno repudiado; luego, la gran peste que es ser judío, como se deja ver en el estremecedor relato de Mózsi, el vecino que regresa del gulag, vivo a duras penas, a tiempo para comprobar que en su ausencia le han saqueado todo cuanto poseía; y por último, el gitano, el apestado, el tonto del pueblo: al perro, de hecho, lo llaman Gitano en esta historia.



El niño preguntará qué somos, y recibirá a cambio un batiburrillo de respuestas provocado por la vida en la frontera, por la mezcolanza, por las constantes invasiones. Y por cada idea, un escupitajo. Todos escupen en Los desposeídos al terminar sus frases. Para dejar claro el punto de vista. Para afirmar su dureza, su desacuerdo con el estado de las cosas, para aportar algo más de mugre al entorno. Y con todas, no es este un relato sórdido que indague exclusivamente en la inmundicia, que se regocije en las zonas oscuras. Se desea la muerte en esta novela, sí, ya sea la propia o la ajena, pero no por venganza o sadismo, sino como solución a los problemas, como única salida aparente a la putrefacción que les rodea.



El niño, que todo lo ve, inquieto, palpa esa violencia en el ambiente, la ve ejercida a diario en el campo, en los animales domésticos: morirán los gatos ahogados, los patos espachurrados, los gusanos y las lombrices habitarán los vientres hinchados de los perros, las larvas se alimentarán de las heridas supurantes del cerdo. Querrá entonces el niño soñar (él sí puede, no se le tiene prohibido como a otros), querrá fantasear para escapar de allí, de su tétrico y asfixiante día a día, y es entonces cuando el texto de Borbély se vuelve universal, pues el territorio que describe es la fantasmagórica Europa del Este que dibujó Kosinski en el El pájaro pintado (1965), es (por qué no) la supersticiosa Georgia en la que se crió Harry Crews: es cualquier lugar en el que la infancia necesite de la fabulación para respirar.



Habrá quien opine que la sombra de Agota Kristof es aquí demasiado alargada. Mayor mérito pienso entonces que tiene Szilárd Borbély, un verdadero talento truncado que con Los desposeídos deja para la posteridad una novela con alma de pequeño clásico contemporáneo. Escupo.



@FranGMatute

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