Imagen de los telómeros

Traducción de Darío Giménez. Aguilar. Madrid, 2017. 528 páginas. 16,90 €

Créame si le digo que no volverá a mirar los cordones de sus zapatos de la misma manera después de leer este libro. Si son de calidad, sus extremos estarán protegidos por un material especial, unos milímetros de plástico o metal. Esto alargará su vida. Pero existe un equivalente en los extremos de sus cromosomas: los telómeros. La analogía es muy potente, y esos telómeros son los absolutos protagonistas de esta obra.



Los telómeros son segmentos no codificados y repetidos de ADN que se sitúan en los extremos de los cromosomas, en el interior de cada una de nuestras células. Están directamente implicados en la división celular, pero presentan el inconveniente de que vuelven más cortos con cada nueva división. La gente con telómeros más largos tiende a tener vidas más saludables y largas, y a sufrir menos enfermedades, incluyendo cáncer, enfermedades cardiovasculares, y muertes prematuras. La próxima vez que vea a alguien con un aspecto envejecido para su edad, puede sospechar que sus telómeros han sido acortados.



Se estima que hasta un tercio de los niños que nacen hoy en países desarrollados, como el Reino Unido, vivirán 100 años. Para 2030, Europa será la región más vieja del planeta, con una media de edad de 45 años -en comparación con los 34 años estimados para Hispanoamérica o los 21 de África. Está claro que el envejecimiento de la población, como consecuencia de las mejoras en la calidad de vida y de salud de las últimas décadas, será una preocupación prioritaria de la agenda política global, como reconoce explícitamente el "Libro Blanco sobre el futuro de Europa" publicado por la Comisión Europea.



Ante semejante panorama, la ciencia que trata sobre el envejecimiento humano cobra una importancia sin precedentes, y este libro de Elizabeth Blackburn (Tasmania,1948), premio Nobel de Medicina y descubridora de la telomerasa (la enzima implicada en la formación de los telómeros durante la duplicación del ADN) y la psiquiatra de la universidad de California Elissa Epel, es un ejemplo. Blackburn y Epel han escrito una obra de divulgación que no sólo describe esta nueva ciencia del envejecimiento en detalle, sino que propone algunas recetas prácticas para intentar prolongar nuestra juventud celular. Quizás el mensaje más optimista del libro es que nuestro envejecimiento no está determinado por los genes: el ambiente y los estilos de vida influyen. Es posible ralentizar el envejecimiento promoviendo formas de vivir que afectan menos a nuestros telómeros, y quizás sea posible dejar una huella genética positiva en las siguientes generaciones mediante formas de vida más racionales y sanas.



La forma en que afrontamos los eventos estresantes parece ser crucial, pero se puede modificar. Según un estudio las cuidadoras de enfermos crónicos tienen los telómeros más cortos, lo que se asocia con mayor riesgo de enfermedad y envejecimiento: las madres que tienen niveles superiores de estrés tienen menos telomerosa que aquellas con niveles inferiores. Pero existen técnicas para aprender a afrontar los eventos estresantes con una "respuesta de reto" (positiva) en lugar de con una "respuesta de amenaza" (negativa). Epel, que colabora con la fundación de Deepak Chopra, subraya el papel del mindfulness y la meditación para cuidar a nuestros telómeros.



La ciencia de los telómeros, y otros hallazgos vertiginosos que asoman en el horizonte para mejorar nuestra salud y alargar nuestras vidas, como las técnicas de edición genética, nos permiten seguir siendo racionalmente optimistas sobre el futuro. Tener telómeros más largos y saludables puede incluso ayudarnos a rehuir del pensamiento negativo y del pesimismo intelectual, tan a la moda en muchos círculos; resulta que la gente más cínica y hostil también tiene telómeros más cortos, que predisponen a envejecimiento prematuro. Esto me recuerda a un comentario que nos dejó el psicólogo de Harvard Steven Pinker durante una visita reciente al Parlamento europeo en Bruselas: los pesimistas intelectuales tienden a confundir la decadencia de su propio cuerpo con la decadencia social y cultural. Tienden a confundir lo que les pasa dentro con lo que ocurre fuera. Si ayudamos a la gente a tener hábitos de vida más saludables que retrasan el envejecimiento celular, quizás también consigamos que florezca el optimismo. Nos sentiremos como niños con cordones nuevos. Teresa Giménez Barbat