Ensayo

El exilio republicano

Milagrosa Romero

3 noviembre, 2005 01:00

Los "niños de la guerra", con el Príncipe en Moscú (2002)

Encuentro. 339 pp. 21 e. Alicia Alted: La voz de los vencidos. Aguilar. 515 pp. 28 e.

Estamos ante dos obras que abordan el mismo asunto (la diáspora que provoca nuestra guerra civil) desde perspectivas antitéticas: puede decirse para simplificar que una de ellas (Alted) representa la perspectiva tradicional de la izquierda mientras que la otra (Romero) adopta una posición crítica y revisionista del sentido y significado del exilio.

Empecemos por esta última: desde la introducción pretende Romero deshacer equívocos y mitos, porque hay muchas modalidades de exilio (refugiados, deportados, transterrados), sin olvidar el éxodo de la derecha y la "tercera España" que huyen del terror republicano; pero además el cacareado cainismo entre las Españas enfrentadas no sólo se dio en suelo patrio sino en el seno de la España peregrina. éste es en realidad el tema recurrente de su investigación: tras abordar en una primera parte las diversas salidas de la península y la labor de los organismos de ayuda, una más extensa segunda parte hace una historia política del exilio americano (sólo de modo tangencial aparecen otros ámbitos geográficos como Francia y la URSS) para demostrar que no tuvo nada de ejemplar y sí mucho de continuación de la contienda fratricida.

Y, así, se ponen en solfa tanto la supuesta generosidad de los "países hermanos" -no fue para tanto y tuvo sus contradicciones- como esa visión edulcorada y candorosa del español añorante de su patria, cruelmente expulsado de ella por el sable sanguinario. Tampoco es cierto que fuera un destierro de profesionales e intelectuales, que no pasaron nunca de ser una minoría. En definitiva, frente a la parcialidad y subjetivismo en el tratamiento del problema, argumenta Romero, recuperemos la memoria, sí, pero con todas sus consecuencias y no al modo selectivo del PSOE, según dice en unas combativas páginas finales que no temen vulnerar la corrección política imperante. En definitiva, concluye, frente al "encastillamiento anacrónico en legitimismos irreconciliables", tan propio del exilio, lo que se impuso en la Transición fue por fortuna una España joven y vital, libre de hipotecas y con sed de futuro.

Una militancia de distinto signo anima el volumen de Alted, una historiadora que ha desarrollado su brillante carrera investigando los más variados aspectos de la diáspora del 39. En este caso pretende hacer una obra de síntesis sobre la base de que la historia la escriben los vencedores, pero la reescriben los vencidos. Partiendo de decenas de testimonios orales, procurando transcribir vivencias en primera persona, Alted subraya en primer término las penalidades físicas y morales de la salida de España, ya fuera hacia Francia, el Magreb, la URSS o América. Se trata para ella del injusto y cruel destierro de todo un pueblo sin más delito que su generosidad o su idealismo, que sufrirá en su inmensa mayoría en diversos campos de internamiento un trato inhumano.

Con una estructuración muy diferente al volumen de Romero, Alted procura abordar los avatares políticos sin perder de vista los humanos, es decir, la llegada de los perdedores a los países que van a recibirles, las condiciones de acogida y los problemas que se suscitaron desde el mismo paso de la frontera hasta la vuelta a España o la muerte de Franco. Sólo muy avanzado el libro puede encontrarse, y muy resumida, una historia política del exilio, en la que sin obviar el asunto de las discrepancias internas y el aislamiento internacional, se subrayan los elementos positivos y en particular el esfuerzo para mantener una legitimidad republicana como alternativa al gobierno dictatorial de Franco.

También un epílogo combativo ajusta cuentas con el adversario, el PP en este caso, al que se responsabiliza de instrumentalizar la memoria de modo descarado e indecente: en su opinión fue la derecha quien rompió el consenso de la transición, actitud tanto más intolerable cuanto que la izquierda, dando muestras de gran responsabilidad, aceptó un marco político discutible que incluía una monarquía nombrada por el dictador (aunque reconoce que el rey se ha "legitimado democráticamente con su actuación"). Por último, aunque apenas desarrolla este punto, Alted considera fundam1ental el papel de los exiliados en la aludida Transición. En fin, dos libros con sólida documentación pero también con enfoques contrapuestos, ¿irreconciliables?