Image: Cirlot. El poeta y sus símbolos

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Ensayo

Cirlot. El poeta y sus símbolos

Jaime D. Parra

7 marzo, 2001 01:00

Ediciones del Bronce. Barcelona, 2001. 221 páginas, 2.500 pesetas

Cuando murió en Barcelona el 11 de mayo de 1973, recién cumplidos los 57 años, Juan Eduardo Cirlot era una figura rara, apreciada de pocos, anchamente desconocida -u olvidada- y tenida en cuenta, sobre todo, como teórico y crítico de arte o como estudioso de la simbología (para los más especializados) pero prácticamente preterido ya como poeta. Pertenecería cronológicamente a la llamada "Primera generación de postguerra" -la de Hierro, Otero, la de García Baena- pero nada tenía que ver Cirlot con aquellas actitudes plurales, sino era desde su cercanía juvenil al mundo del postismo y a Carlos Edmundo de Ory que al fin lindaba con el surrealismo, una de las grandes fuentes cirlotianas, dirimido en su libro de 1953, Introducción al surrealismo.

Sobre Cirlot, al fin de su vida (cuando me carteé con él, aunque no llegué a conocerlo, recibiendo así sus no venales entregas del ciclo poético de Bronwyn) corrían vagas leyendas. Oí que era fascista y que coleccionaba espadas y no sé si esvásticas. Lo segundo era verdad, pero también las coleccionaba Barral, fugaz amigo de Cirlot. En sus cartas y escritos he visto siempre a un hombre más bien abierto, un modernísimo y plural humanista, al que la España que le tocó vivir (la del franquismo, en esencia) le quedaba tremendamente corta .

Cirlot fue poeta (y alto poeta) a caballo entre el surrealismo y el simbolismo, siempre onírico e irracionalista. Fue un extraordinario crítico de arte -copartícipe de Dau al set- escribiendo especialmente sobre el abstracto, o sus grandes contemporáneos, desde Miró a Pablo Serrano o Tápies. Es espléndido su Diccionario de los ismos (1946) o su Pintura gótica europea (1969), entre muchísimos... Pero además Cirlot fue musicólogo y llegó a escribir y estrenar -en los años 40- algunas piezas musicales (Un poema de Rilke, 1943) bajo la égida de Schünberg, Mompou o de Stravinsky, sobre quienes también escribió. Si a todo ello añadimos su importantísima labor como estudioso de la simbología (que influyó muy poderosamente en su labor poética) nos hallamos, sin duda, ante un autor excepcional que su tiempo ladeó por raro. Pese al éxito (internacional incluso) de su Diccionario de símbolos, editado por primera vez en 1958 y ampliado por Cirlot en sucesivas ediciones hasta la de 1969...

Jaime D. Parra, doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona, ha recopilado en este Variaciones sobre Juan Eduardo Cirlot. El poeta y sus símbolos, nueve artículos sobre la múltiple labor cirlotiana (el cine, la música, la poética aliterativa, el simbolismo, la mística iraní) que se abre con una presentación de Clara Janés -una de las pioneras, con Leopoldo Azancot, de los estudios sobre Cirlot- y se cierra con una abundante aunque no exhaustiva bibliografía.

Es importante (sin negar valor a los otros, más concretos ) el artículo inicial, "Cirlot y su tiempo: entorno y orientaciones" que sintetiza muy bien la trayectoria cirlotiana y su relativo desencuentro con la mayor parte del mundo que le rodeaba. En su hermoso poema "Momento" dice Cirlot: "Pero, pensán- dolo bien, mi tristeza es anterior a todo esto, pues cuando/era en Egipto vendedor de caballos/ya era un hombre conocido por el triste". Estupendo el libro del profesor Parra (aunque quede poco cubierto el Cirlot crítico de arte) que por encima de sus concretas aportaciones, vuelve otra vez a poner sobre el tapete la necesidad de redescubrir en profundidad a este alto poeta, que además fue un sabio. Nada menos.