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Cosamala es una historia de fascistas y brujas. Un cuento gótico con aire de leyenda oral ambientado en la Andalucía de la Guerra Civil. Un relato lorquiano oscuro con el que Alana S. Portero (Madrid, 1978) demuestra que lo terrible se puede contar poéticamente, poniendo en este caso la realidad al servicio de lo sobrenatural.

No es una novela histórica, no es realismo mágico. Publicada por Seix Barral, Cosamala es una historia de hombres que matan (o mueren) y mujeres que conjuran (y mueren). Hay un deslizamiento de los dolores íntimos de La mala costumbre a dolores colectivos que todavía perviven.

Porque 90 años después hay heridas abiertas, fosas en cementerios, muertos en cunetas y vecinos capaces de liarse a garrotazos en cualquier momento. Porque en España “hay una obsesión malsana con pasar página de la Guerra Civil”.

Guillena, en la provincia de Sevilla, sierra norte, por donde avanzaba la columna Carranza como un látigo vengativo y criminal, muy cerca de la capital, ha sido el escenario de la puesta de largo de la segunda novela de la madrileña, inspirada en un suceso de la represión franquista en Andalucía durante la guerra: el asesinato en el otoño de 1937 de 17 mujeres (jornaleras, amas de casa, resistentes, esposas, madres y vecinas de huidos y perseguidos) que son conocidas como las 17 Rosas de Guillena, no tan célebres y evocadas como las 13 Rosas de Madrid.

Fusiladas en la localidad cercana de Gerena (después de ser secuestradas, rapadas, encerradas, vejadas y torturadas), sus cuerpos fueron exhumados en 2012, gracias en gran medida al testimonio de un hombre que en su infancia había sido testigo de la matanza y conocía la ubicación precisa, y ahora descansan en el cementerio de su pueblo, en un sencillo panteón presidido por una bandera republicana.

Alana S. Portero en el Centro de Día El Palomar, en Guillena. © Iván Giménez / Seix Barral

Hay mucha sangre, mucha tierra y mucha palabra (mucho calambre emocional, del amor al odio) en esta novela que tiene como villanos a Gonzalo Queipo de Llano, Ramón de Carranza y Antonio Belmonte y en la que la escritora ha rebajado la atrocidad de algunos hechos, hasta el punto de mostrarse “compasiva” con los malos.

No quería caer en la caricatura ni que la acusaran de hacer “propaganda”. Y, aunque su postura está clara, considera que “la ideología no hace buenas novelas”, si bien resulta pertinente o inevitable como fuerza motriz, espasmo o médula. Su propuesta, como en La mala costumbre, es ante todo poética.

Acompañada por Lucía Sócam, activista de la memoria, y por otros familiares de las víctimas y miembros de la asociación que lucha por preservar su recuerdo, Portero ha ofrecido a los medios un recorrido por algunos de los escenarios de su novela: la plaza de España y el Ayuntamiento, el Centro de Día El Palomar, donde sitúa el bar cabaretero La Paloma (espacio de expansión de uno de los personajes principales de la obra, en este caso inventado, La Tórtola) y el cementerio.

¿Por qué eligió este proyecto? Porque la madre de su mejor amiga es de Guillena, porque tenía ganas de escribir un relato de esta naturaleza (con aroma a gótico sureño y telúrico y Federico García Lorca muy presente) y porque quería no tanto contar la historia exacta de estas mujeres (ya está hecho en otros documentos) como rendirles un homenaje literario.

Alana S. Portero paseando por las calles de Guillena. © Iván Giménez / Seix Barral

Porque necesitaba volver a demostrar que desde lo poético se puede expresar lo complejo, lo indecible, lo terrible, “explorar las posibilidades poéticas de la lucha contra el fascismo”. A pesar de ello, reconoce que “la historia de la Guerra Civil en Andalucía cuesta contarla con palabras”.

Es una historia “paradigmática de la violencia sistémica fascista contra las mujeres durante la Guerra Civil”. Mujeres de campo y de cocina, de costura, aliento y guiso, mujeres con voz de tierra y vocación aérea, madres, hijas y esposas que fueron utilizadas como herramientas de extorsión y castigo a los rivales. En Andalucía hay muchos casos parecidos.

Ella sigue la recomendación de Mariana Enriquez: “Para contar una buena historia de terror o de fantasmas o sobrenatural tienes que apoyarte en una historia real” que por sí misma tenga ese fermento terrorífico.

Las asociaciones de memoria histórica hacen su trabajo imprescindible y Portero apuesta por un enfoque con licencias literarias que aporta nuevas dimensiones a estos hechos, uniéndolos además a “una maravillosa tradición de mujeres que soportaron cosas terribles en la Historia: las brujas”, víctimas de “uno de los grandes feminicidios y genocidios de la historia de la humanidad”.

Alana S. Portero en el cementerio de Guillena. © Iván Giménez / Seix Barral

Hay un planteamiento que enlaza con la tragedia griega y que para Portero constituye “una obsesión personal: qué le pasa a la tierra y qué le pasa a un pueblo y qué nos pasa como comunidad cuando se nos amputa la posibilidad de despedirnos de la gente a la que queremos, cuando no nos permiten enterrar a las personas a las que queremos”.

Por ello, considera que “hay una obsesión malsana con esto que se dice de pasar página de la Guerra Civil. Como dice Alberto Conejero, una página no se puede pasar sin leerla, y eso pasa entre otras cosas por aventar la tierra y sacar a todas las personas que están ahí, en ninguna parte, y que no descansarán si no descansan quienes las esperan”.

“Hay algo sin resolver”, añade, “y creo que esto no lo hemos hecho nada bien. La dignidad está en las asociaciones de memoria histórica, pero institucionalmente España lo ha hecho de forma terrible. No se ha portado bien. Como país hemos fracasado, diría que asquerosamente, con este tema”.

El lunes, por primera vez, la escritora accedió al interior del panteón donde reposan los restos de las 17 mujeres. Los cementerios, recuerda, eran en la guerra “lugares de ejecución: hay en ellos multitud de fosas comunes”. Se convirtieron “en lugar de muerte, en mataderos, no en lugar de recuerdo”. Para los fines expresivos de Cosamala, el cementerio “es el sitio en el que lo político y lo estético se dan la mano de manera perfecta”.

Y Lorca. Un latido radical que recorre la novela con su voltaje de tierra, sangre, luz, dolor y poesía. Con su vértigo de lenguaje, misterio y sentimiento. Porque Lorca es “ese fantasma que no nos deja descansar y nos sigue pidiendo que agitemos la tierra”. Porque es “la fantasía de la posibilidad”. Y es que “con su muerte muere una posibilidad política y poética para este país”.

La corrección de Cosamala finalizó el pasado 18 de agosto, 90.º aniversario de su asesinato.