La primera vez que me topé con el término kokoro fue estudiando la figura del socialista Julián Besteiro, que en 1907 había traducido la obra de igual nombre de aquel sorprendente británico, Lafcadio Hearn, que, tras muchos tumbos por el mundo, acabó sus días en Japón, bautizado como Yakumo Koizumi, mientras trataba de familiarizar a Occidente con una cultura que le había deslumbrado.

Kokoro

Igort

Traducción de Regina López Muñoz. Salamandra Graphic, 2022. 128 páginas. 24 €

Esa manera de referirse al corazón en su acepción espiritual es el título de la última obra publicada en España de Igort (Cagliari, Italia, 1958), que homenajea así a Hearn y al gran Natsume Soseki, prácticamente contemporáneo del primero, una de cuyas grandes novelas se titula de igual manera.

El polifacético Igor Tuveri (dibujante, escritor, cineasta, editor o músico), formado en los ambientes culturales de la Bolonia de los años 70, cuenta en su haber con cómics aparentemente más ortodoxos, como 5 es el número perfecto, que él mismo llevó a la pantalla grande, o Fats Waller, mi preferido, con guion de Carlos Sampayo, pero ha venido dando lo mejor de sí mismo cuando se ha aplicado a esa suerte de ensayos gráficos, muy apegados a su autobiografía, a través de los que nos ha puesto en contacto con aquellas realidades que han ocupado buena parte de sus intereses.

Hablo de sus Cuadernos rusos, sus Cuadernos ucranianos o sus Cuadernos japoneses, de los últimos de los cuales podemos considerar una prolongación este libro.

En esa misma línea, su Kokoro vuelve a proponernos una gramática muy personal, que a ratos me ha hecho pensar también en el Diario de Tokio de Fernando Bellver, donde todos los fragmentos dialogan musicalmente para zarandear los sentimientos del lector más allá de la mera amalgama de una serie de hechos, gramática en la que a mí personalmente me hubiese gustado un mayor protagonismo de esos dibujos abocetados que él llama “music for japanese ambients” que, quizá por perseguir ambas manifestaciones la melodía oculta de las formas, me evocan la Música para aeropuertos de Brian Eno.

La obra adquiere un mayor calado cuando Igort escarba en ese sentimiento trágico al que prestaron su voz 'mangakas' del movimiento Gegi-ka

Interesado por penetrar en el trasfondo del folklore y la espiritualidad niponas, así como en esa modernidad pintoresca que proyectan su anime y su manga por todo el mundo, la obra adquiere un mayor calado cuando Igort escarba en ese sentimiento trágico, a veces rayano en la desesperación, al que prestaron su voz mangakas del movimiento Gegi-ka, como los hermanos Tsuge, Yoshiharu y Tadao, o Yoshihiro Tatsumi, del que me han visto ocuparme en varias ocasiones, o novelistas como Osamu Dazai, que se suicidó a los 38 años, arrojándose al agua con su amante, ambos atados con una única cuerda roja.

Indudablemente el hecho de que Igort fuese uno de aquellos autores europeos que hace unas décadas llamó la atención de varias editoriales japonesas (como ocurrió también con Baudoin, Castells, o Ana Juan, por ejemplo), lo que se tradujo en largas temporadas entre ellos, le colocó en una situación privilegiada para desentrañar lo implícito de una cultura en cuya ánima, como sugerían cineastas como Maruse o, sobre todo, Ozu, al que también homenajea el dibujante en uno de los capítulos, no importa tanto el estar “sobre las cosas” como el estar “entre las cosas” y en la que la sensibilidad desplaza por momentos cualquier código preestablecido (me vienen a la memoria igualmente las vistas de la ciudad de Edo de Ando Hiroshige).

Puede que, a diferencia de sus trabajos sobre el ámbito eslavo, que por razones personales tan bien conoce, sus obras sobre Japón choquen a menudo con ese hermetismo soterrado tan difícil de desvelar para un occidental, pero en todas ellas, y en ésta no iba a ser menos, lo que Igort cuenta nos hace, en algunos fogonazos, “sentir el pulso de eso que llamamos vida, sin utilizar acontecimientos especiales” (de nuevo, el maestro Ozu).