En el desierto de Atacama están inscritas desde 1993 estas palabras: “ni pena ni miedo”. Inscritas sí, pero el tamaño monumental de la leyenda, que se extiende a lo largo de casi tres kilómetros, hace que la lectura solo pueda llevarse a cabo desde una altura considerable, pongamos por caso, por un nuevo Ícaro o desde un avión. 

Mi Dios no ve

Raúl Zurita

Edición de Héctor Hernández. Vaso Roto, 2022. 300 páginas. 30 €

Esa inscripción remite, por un lado, a las de las culturas antiguas –a la vez que es pieza del land art, práctica artística iniciada hace poco más de medio siglo, signo entonces de modernidad–, pero también a las empresas, esas fórmulas que siglos atrás sintetizaban una guía moral para quienes las hacían suyas, y la que nos ocupa recuerda la de Felipe de Habsburgo, “Nec spe nec metu” (Sin esperanza ni miedo). Ese “ni pena ni miedo” es el final del poema “La vida nueva” y su fotografía cierra La vida nueva (1994) de Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950), un poeta esencial de nuestro tiempo.

El mencionado trabajo dice bien cómo en la obra de Zurita la tradición incorpora la modernidad, o innovación o vanguardia, como se prefiera, y es esa mixtura la marca que la caracteriza y hace de ella una escritura de excelencia, una excelencia reconocida por lectores y crítica y también por numerosos galardones, entre ellos, en 2020, el Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía.

Ya ha advertido el lector cómo el título del volumen antes citado, La vida nueva, repite el de uno de los textos de Dante. No es esa la única ocasión en que eso sucede, ahí están Purgatorio y Anteparaíso, entre no pocas otras huellas. A propósito de esto, el poeta ha contado que “mi abuela desde muy niño me hablaba de la Commedia y también que a los quince años los poemas de los surrealistas franceses “me marcaron para el resto de mi vida”.



De la extensa y variada obra de Zurita, Mi Dios no ve ofrece una selección en la que están presentes poemas, textos autobiográficos, ensayísticos, traducciones de Hamlet y de la Commedia, además de respuestas a entrevistas, todo lo cual da idea cabal de la intensidad de la palabra de este poeta, sea cual sea la forma que adopta.

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Si tomar a Dante como referencia es ya un reto, no lo es menos el reescribir pasajes de la Biblia. Se lee, por ejemplo, en uno de los poemas de Anteparaíso: “Se hacía tarde ya cuando tomándome un hombro / me ordenó: ‘Anda y mátame a tu hijo’”; en otro: “Despertado de pronto en sueños lo oí tras la / noche / ‘Oye Zurita –me dijo– toma a tu mujer y a tu / hijo y te largas de inmediato’”.

Ahí el pasaje del sacrificio de Isaac y el de la huida a Egipto se actualizan y se proyectan sobre la actualidad –José ahí tiene el nombre de Zurita–, y las tragedias de otro tiempo sirven para dar cuenta explícita de las de nuestro tiempo; cuando se le pregunta a Yahvé dónde podrá dar a luz María “Él contestó: / ‘Lejos, en esas perdidas cordilleras de Chile’”.

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Escribir, pues, es releer, así como leer es revivir lo escrito y vivido por otros. Como dice en Walt Whitman, camarada nuestro”, “los muertos viven en nosotros, mejor dicho, vuelven a vivir en nosotros”. Así, los muertos reviven hoy, cuando, ha escrito el poeta, “Vivimos en una época de casi agonía del lenguaje y creo que se produce una enorme nostalgia […] Por eso creo que la poesía es la única que puede responder a esa nostalgia”. La de Zurita sí, responde plenamente a esa nostalgia y la hace belleza.

Mi Dios no ve reúne una excelente colección fragmentaria de la apasionante obra de Zurita, una colección, cabe decir, en la que, aunque en fragmentos, está presente todo Zurita, uno de los pocos contemporáneos que ha de ser tenido como uno de nuestros clásicos.

XVII

La vida nueva entonces para la voz de estos poemas que el

sueño escribió haciéndose sangre sobre las aguas, cuando nos

enseñaron a morir y el torrente de la vida subiendo se nos pegó a

los asombrados cuerpos que la aguardada mañana nos prendía,

cuando nos mostraron el lecho del desierto y golpeados en la

larga noche nos dijeron: muere, muere tú también, muere entero

con nosotros, solo para que a sus 41 años un hombre más fuerte

aún, arropándote y tocando las praderas que solo tu corazón

conocía, que solo tus ojos conocían, que solo tu sed conocía, te

dijeran de nuevo, como un mar que vuelve:

¡Vive!

                                                               De Las aguas del aire