Fortaleza de San Pedro y San Pablo (San Petersburgo, 2016). Foto: Ferrán Mateo

Jordi Corominas i Julián (Barcelona, 1979) y Marta Rebón (Barcelona, 1976) pertenecen a la misma generación. Ambos escriben, traducen, pero sobre todo viajan. Y han escrito sendos libros protagonizados por ciudades. El de Corominas (El último libro de la vieja Europa, Sílex) se centra en dos urbes europeas, París y Florencia, durante tan sólo cuatro días: es, señala, un libro sobre sus "paseos".



El de Rebón, en cambio (En la ciudad líquida, Caballo de Troya), es la obra de toda su vida hasta el momento. Un recuento literario de las ciudades en las que ha vivido desde que, siendo aún estudiante de Filología Eslava, pasó un año en Cagliari, en la isla de Cerdeña, con una beca Erasmus.



Los viajes (sus "misteriosos viajes y prolongadas estancias en tierras aún más misteriosas", como le decía su maestro Mihály Dés) continuaron cuando se licenció y pudo desempeñarse como traductora, llevándose así la oficina en la maleta. "He querido hacer un relato personal para poner orden en lecturas y viajes y mostrar también la historia que hay detrás de cada traducción", dice la escritora. Rebón es una de las traductoras más importantes del ruso (pertenece a la misma hornada de eslavistas que Paul Viejo o Jorge Ferrer), y ha volcado al español y al catalán a autores como Vasili Grossman (Vida y destino, Todo fluye), Pasternak (Doctor Zhivago), Bulgákov (El maestro y margarita) o Alexiévich.



Ambos libros tienen en común también la primera persona. El Corominas narrador termina "engullido" por las ciudades, "que conservan la historia mínima y máxima, la vida cotidiana de sus habitantes y lo que aparece en los libros". Rebón traspasó la distancia propia de lo teórico para relatar su experiencia. Su texto aparece acompañado por fotos que, como en Sebald, son inseparables de la narración. "No soportaría que mi vida fuera solo texto -dice-, me volvería loca. Por eso para mí es tan importante la fotografía. Salgo, hago fotos, veo la realidad de otra manera". Las fotos son suyas, de Ferrán Mateo (con quien colabora desde hace años) y de otros fotógrafos como Aleksey Titarenko.



"Mirarse en los ojos de otro"

Sin ser el suyo un libro que proteste, Rebón deja caer alusiones a la precariedad en que viven (o sobreviven) los traductores. "Yo empecé con mucho entusiasmo, con muchas ganas. Sólo veía la parte buena: estar rodeada de libros, viajar. Pero van pasando cosas. Hay editores amabilísimos, pero también tienes malas experiencias, acatas contratos muy severos y llegas a traducir libros de 600 páginas en poco tiempo por los que no cobras hasta 60 o 90 días después de que se publique el libro. Pocos se ponen a traducir literatura por dinero, pero tampoco estás aquí para arruinarte. Es un trabajo muy absorbente y los editores a veces parecen no entenderlo".



Rebón sigue traduciendo (actualmente un libro de Grossman sobre Armenia), pero de momento prefiere centrarse en escribir. Ahora está escribiendo una novela que terminará en Marruecos gracias a una residencia artística. Su libro, aunque es, como corresponde, muy ruso, se mueve por una gran cantidad de autores y de países, de Marruecos a Estados Unidos y de Italia a Ecuador. "Mi curiosidad no es de especialista. Me encanta la literatura rusa, vivo de ella, pero mis intereses abarcan mucho más".



Aunque es cierto que una ciudad tiene un protagonismo especial: San Petersburgo. Está también detrás del título: "Es una ciudad líquida. Una ciudad muy especial, muy sugerente, creada sobre un pantano cuyas aguas drenaron para erigir palacios, fortalezas, siguiendo las órdenes de un zar paranoico".



De "fluir" habla Corominas cuando se refiere a sus paseos por París y Florencia. "La exploración es la del flaneur, un hombre que pasea por el simple gusto de hacerlo, sin tener una ruta determinada. Me identifico con esa figura". Ambos, Rebón y Corominas, coinciden por el lado de la mitomanía. A Corominas quien lo llevó a París en 2014 fue Cocteau, cuyas poesías traducía entonces. Y también Gide. Cocteau asoma en su diario, como dice él, "para amonestar al presente desde el pasado". Se siente vinculado a autores como Josep Pla o Vila-Matas.



Dos catalanes han escrito estos dos libros que abogan por la destrucción de las fronteras, mentales y físicas. Marta Rebón y Jordi Corominas pertenecen a la generación que viajó, que hizo Erasmus, que habla idiomas y que reniega de todos los nacionalismos. "El cosmopolitismo, que para Zweig significaba viajar sin pasaporte, es una idea que siempre defenderé. Por eso en mi libro esas dos ciudades llevan a otras", dice Corominas.



Rebón recomienda leer. "Si uno lee es difícil que crea en cualquier nacionalismo, ni en el catalán ni en el español. Si uno lee estará a salvo de los estanques cerrados. Sería maravilloso que todos tuviéramos varias lenguas, varios países, porque consiste en eso: en mirarse uno con los ojos de otro".