William Faulkner

William Faulkner. Edición: Joseph Blotner. Traducción de Alfred Sargatal y Alicia Ramos. Alfaguara, 2012. 642 pp.., 22'50 e. e-book: 9'49 e.

"He causado bastante sensación.[...] he aprendido asombrado que actualmente soy la figura más importante de las letras americanas. Es decir, me espera el mejor de los futuros. Incluso Sinclair Lewis y Dreiser acuerdan citas para verme..." (p. 82). En estos términos se dirigía William Faulkner (New Albany, 25 de septiembre de 1897-Byhalia, 6 de julio de 1962) a su esposa, Estelle, el 13 de noviembre de 1931 desde Nueva York, donde había sido invitado tras el éxito alcanzado por Santuario. El autor sureño tenía plena conciencia, por primera vez, no solo de su éxito literario, sino de la influencia que tendría en la historia de las letras norteamericanas. No son muchas, por desgracia, las cartas que tienen tan jugoso contenido como la referida. Bien es cierto que la vida de Faulkner no fue tan intensa, trágica, ni venturosa como la de un Edgar Allan Poe o Ernest Hemingway, cuyas colecciones de cartas en ediciones de Ostrom el primero y Carlos Baker el segundo -en una edición comparable si acaso a la de Letters to Felice de Kafka en edición de Heller y Born, y tal vez la dedicada a James Joyce por Stuart Gilbert- me atrevería a decir que son fundamentales para comprender y aprehender la complejidad narrativa de estos autores.



La vida de Faulkner, por el contrario, fue comparativamente bastante tranquila. Si acaso algún que otro escarceo amoroso, al que tendremos que referirnos más tarde, su "tangencial" participación en la Gran Guerra, contados viajes a Europa, y poco más. Y eso es fundamentalmente lo que reflejan las más de 600 páginas de cartas. Tampoco encontraremos correspondencia con autores contemporáneos -una carta a Hemingway es la excepción a la regla-, aunque sí algunas en las que expresa ciertas consideraciones sobre la literatura y escritura en general como la dirigida a Bennett Cerf en julio de 1940: "¿Qué ha pasado con la escritura? Hemingway y Dos Passos y yo ya somos veteranos; debemos luchar con uñas y dientes para mantener nuestros puestos frente a los jóvenes escritores. Pero no hay escritores que valgan un pito, que yo conozca." (p. 187). En cuanto al Premio Nobel escribía en 1950 que "preferiría estar en el mismo saco que Dreiser y Sherwood Anderson [nunca lo recibieron] que con Sinclair Lewis y la señora Chinahand Buck [sí lo recibieron. Se refiere a Pearl S. Buck cuyas novelas se ambientan en China].



El asunto más común en las misivas tiene que ver fundamentalmente con asuntos económicos; en román paladino, la continua necesidad que tenía de dinero -primero de un centenar de dólares y más delante de miles- ya fuera para pagar sus impuestos tributarios o disquisiciones sobre lo que iba a recibir por sus escritos. De relativo interés a no ser por pequeños detalles, como que no leía sus primeros contratos con las consecuencias posteriores: "Creí que solo firmaba para el presente en cada caso, pues no había leído el contrato." (p. 91). Sí resulta más llamativa e interesante su insistencia, verdadera obsesión, en preservar su privacidad: "Mi ambición, como individuo privado, es ser abolido y anulado de la historia..." (p. 388) escribía a Malcolm Cowley en 1949, y en similares términos escribía también a Bog Haas: "Sigo manteniendo que mis obras impresas son del dominio público y cualquiera puede discutir sobre ellas. Pero mi vida privada y mi cara fotografiada son de mi propiedad y las defenderé como tales hasta el final." (p. 432, 1951).



Es éste un volumen de cartas que irá supurando información poco a poco, de forma que seremos nosotros mismos quienes vayamos haciéndonos la propia composición sobre el remitente. El William Faulkner que refleja su correspondencia es un hombre aficionado a la caza, a montar a caballo y a la vida en el campo, que repite continuamente que escribir le produce "agonía y sudor" (p. 418), "angustia y sudor" (p. 426)…etc, poco pasional, que únicamente en su juventud utiliza expresiones del tipo "acabo de escribir algo tan bonito que estoy a punto de estallar. [...]He trabajado en ello durante dos días y cada palabra es perfecta" (p. 37) para referirse a lo que está escribiendo en el momento, Santuario. Es en esta temprana correspondencia que mantiene con su madre -tan solo en una misiva se dirige a ella como "mamá"-, en la primera visita a Europa, cuando vemos la cara más "normal" de Faulkner. Habla de lo que hace habitualmente, qué piensa de aquellos a quienes conoce -"Los franceses viven para ganar el dinero y hacer el amor, los ingleses para comer." (p. 53)- del tiempo meteorológico, del trabajo que dedica a su producción literaria con el lógico entusiasmo de un joven que se refiere a lo que está escribiendo con adjetivos como "grandiosa" (p. 32) o "terriblemente buena" (p. 33).



También está bien desarrollada y documentada la sección correspondiente al tiempo que pasó trabajando para Hollywood, algo que nunca llegó a compensarle como ocurrió con Hemingway o Steinbeck: "Cuando recurrí por primera vez al cine, creí ver en él una especie de pequeña mina de oro... Muy pronto me di cuenta de que yo no era un escritor para el cine... Ahora creo que el cine se acabó por lo que a mí concierne." (p. 155) escribía a Bob Haas en 1939.



Entre las omisiones me ha llamado la atención la escasez de referencias -casi nulas- a la Segunda Guerra Mundial y la ausencia de calidez con que trata la muerte de Mammy Callie, la sirvienta negra que estuvo toda su vida con la familia Falkner (sic.), y referida por muchos como una influencia fundamental en las historias de Faulkner, pues era el nexo de unión con el mundo de los negros. Tan solo en un par de misivas se refiere al luctuoso acontecimiento… junto a temas de índole comercial: "No pudo tener mejor muerte, ni más feliz. Vendí el relato por mil dólares y me encuentro en buenas condiciones." (p. 165).



Dos de las cartas más interesantes tienen que ver, precisamente, con el asunto de los negros en Estados Unidos en unos años especialmente complejos. La actitud de William Faulkner resulta, en el siglo XXI, un tanto paternalista e incluso denota una cierta superioridad. En carta a Paul Pollard rehúsa enviarle una aportación económica. Los motivos son lo de menos, lo interesante son sus reflexiones: "Tal como yo lo veo, la gente de su raza debe ganarse la libertad y la igualdad que quiere [...] si la gente de su raza quiere disfrutar de igualdad y justicia como seres humanos en nuestra cultura, la mayoría de ellos tendrá que cambiar completamente su forma de actuación actual." (p. 593). Desde el punto de vista literario las más interesantes son las remitidas a Malcolm Cowley, a quien se dirige como "hermano"; la extensa carta que le dirige en enero de 1946 (pp. 293-96) es un verdadero compendio de sus principios narrativos en lo referente al Sur. También son tremendamente interesantes las dirigidas a quien fuera su amante, la jovencísima Joan Williams, pero por desgracia en muchas de ellas, si no en todas, se ha omitido parte del contenido. Tal vez lo censurado -entiendo que así fue en el original de 1977- fuera motivo sólo de chismorreo.



Para esta edición en español hubiera sido buena idea, dada su importancia, incluir los textos completos, máxime cuando ya se conocen la gran mayoría de ellos tras la publicación del volumen de Lisa Hickman en el 2006 de William Faulkner and Joan Williams.



Eso sí, nos revela por qué alguien se sienta frente a una cuartilla en blanco para escribir: "... al fin y al cabo, un hombre escribe simplemente porque le gusta hacerlo; es su pan de cada día." (p. 403).