Tom Sharpe.

Tom Sharpe (Londres, 1928) ha vivido en estos últimos tiempos un sinfín de achaques de salud. Una inoportuna caída le complicó la existencia hasta el punto de pasar meses recuperándose después de estar al borde de la muerte "debido a la incompetencia del servicio de salud británico". "Por suerte luego me puse en manos del Servicio Catalán de la Salud que sinceramente es muy bueno, y gracias a eso he superado el bache", afirma el escritor que ahora alterna las muletas con la silla de ruedas. A pesar de ello, no ha renunciado a sus interminables puros habanos que fuma con deleite y dedicación.



Sharpe vive en el pueblo marinero de Llafranch (en plena Costa Brava catalana) que descubrió en 1989 por sugerencia de Carmen Balcells, su agente literaria en España. "Llevaba tiempo alojándome en hoteles en distintos lugares de mi país, intentando estar más o menos cómodo para poder escribir pero sin llegar a encontrar mi lugar. Hasta que Carmen me habló del Hotel Llevant de Llafranch. Lo probé y funcionó, ese ha sido mi hogar durante seis meses cada año desde entonces, hasta que en 1995 me decidí a comprar una casa en el pueblo y me instalé en ella definitivamente", cuenta el escritor británico que, pasado ese tiempo, sigue sin hablar castellano ni catalán.



Y, tras siete años sin Wilt, su personaje talismán y probable alter ego, Sharpe acaba de publicar La herencia de Wilt (Anagrama, Columna), otra desternillante novela en la que Wilt sufre las ansias de megalomanía social de su mujer, las gamberradas de sus cuatrillizas adolescentes y capea como puede las miserias y rencillas de los pasillos académicos en los que no tiene más remedio que moverse. "Wilt ha estado un tiempo sin dejarse ver", explica su autor, "pero sigue siendo el mismo de siempre. Y no va a ser el último, mi agente literaria en Gran Bretaña no deja de animarme a que siga contando sus aventuras y supongo que le haré caso. Igual que hizo el gran P. G. Wodehouse, uno de mis referentes literarios y, sin duda, el gran maestro del humor inglés. Escribió y publicó hasta sus últimos días".



Lo curioso del caso es que este hombre capaz de hacer reír al más cenizo con una prosa ágil, incisiva y a veces hasta cruel, se muestre poco predispuesto a hablar de humor, "no sé muy bien qué es esto del humor negro, no sabría explicar en qué radica su idiosincrasia. Tampoco sé en qué se distingue el humor inglés del de otras nacionalidades, lo que sí tengo claro es que se sustenta en referencias culturales propias de cada pueblo". Aun así, sus páginas rezuman un poso de crítica social y muestran evidentes rasgos de una cierta animadversión hacia las mujeres, que no suelen aparecer demasiado bien tratadas en sus novelas. "No sé por qué me ocurre esto", aclara Sharpe, "siempre me han gustado mucho las mujeres y en realidad no pienso mal de ellas. Quizás esté más relacionado con mi infancia difícil". El caso es que Sharpe no ha tenido una vida corriente. Su madre tuvo serios problemas de salud que le impidieron ocuparse de su hijo y su padre, párroco de la iglesia anglicana, pasó del socialismo al nacionalsocialismo. Tras estudiar Historia en Cambridge, Sharpe se trasladó a Suráfrica donde se dedicó a la enseñanza, acabando posteriormente en la cárcel de Pietermaritzburg a causa de su obra Natal, en la que mostraba sus ideas en contra del Apartheid. Posteriormente fue deportado a Gran Bretaña y sus experiencias en la prisión le sirvieron de inspiración para sus novelas Reunión tumultuosa y Exhibición impúdica.



Todas estas vivencias, más sus años como profesor de Historia en Cambridge en las décadas de los sesenta y setenta, le hicieron plantearse seriamente contar su autobiografía "de la que llevo escritas unas 60.000 palabras -explica- aunque últimamente me he desanimado un poco. Me cuesta recordar los nombres de mucha gente y en un texto autobiográfico no puedes recurrir a la invención. Ahí no caben las licencias literarias". Por eso las andanzas de Wilt siguen siendo la ocupación preferida de este caballero inglés, admirador de la obra de Camus, de Kafka, de Kierkegaard, de Sartre, de Thomas Mann y de Graham Greene. "Siempre he sido un lector compulsivo", aclara, "a los 16 años incluso me animé a traducir al inglés a Goethe y recibí un premio de traducción por ello. Pero ahora sólo leo a Wodehouse y a Evelyn Waugh. He perdido capacidad de concentración".