Gonzalo Suárez se pasó toda su vida combatiendo la realidad y el realismo en sus películas y en sus libros. En consonancia con eso y en su homenaje, no vamos a admitir así como así que Suárez ha muerto. Suárez está de viaje, ha recibido un encargo y se ha esfumado. En varios de sus excelentes y gozosos cuentos criminales de Trece veces trece, un detective resume al lector los datos esenciales de un asesinato o de alguna otra fechoría, y luego siempre añade: "Me llamaron a mí para que investigara". Y a continuación nos cuenta sus indagaciones.
A Gonzalo Suárez le acaban de llamar para que investigue. ¿Para que investigue qué? Pues el más allá, lo que hay o deja de haber después de la muerte, todo eso. Ya nos lo contará. Quizás, como el magnate de su película El detective y la muerte, haya dejado ultimado un artefacto para aparecérsenos desde la otra parte y hablar con nosotros en forma de holograma.
A Suárez le gustaba mucho El paso de la laguna Estigia, el cuadro del pintor flamenco Joachim Patinir. De hecho, lo recreó de alguna manera en Don Juan en los infiernos. Tomaba el mito, qué remedio, de Tirso, Molière, Zorrilla y otros, pero le daba muchas vueltas. Sin embargo, tanto el título de la película como su reveladora escena final eran un préstamo de un poema de Charles Baudelaire ("Don Juan aux enfers"), incluido en Las flores del mal.
En el desenlace de la película, Don Juan va en la barca de Caronte atravesando la laguna Estigia y pregunta al barquero: "¿Cómo es la otra orilla?"
O sea, Don Juan se pone a investigar. Le puede la curiosidad, como le ha podido siempre a Suárez. De manera que cabe pensar que ya estará investigando sobre la otra orilla con su método habitual: la imaginación y la mentira. Solía decir algo parecido a que el primer paso para conocer la verdad de algo es inventarse una mentira. Aquí entraba, como saben sus amigos y sus seguidores, en su incontenible afición y su sorprendente facilidad para el pensamiento aforístico, para formular paradojas y para jugar con las palabras.
A Suárez le interesaba mucho la muerte, como es normal, pero, claro, no hasta el punto de correr a su encuentro y ver qué pasa. Y, puesto que ha muerto —si es que ha muerto— a los 92 años, no se puede decir que haya corrido. Ha tenido una vida larga y muy cumplida (películas, libros, amor, familia, amigos, ciudades, Asturias, música, teatro, fútbol, comer, beber, charlar…siempre inventar y reír), aunque, bien mirado, ha tenido dos: cuenta también su vida como Martín Girard, su pseudónimo para sus innovadores y sorprendentes —como todo en él— artículos periodísticos sobre fútbol y otras cosas de menor importancia (que el fútbol, digo).
Lo de que Suárez tenía interés por la muerte no es ninguna broma de las suyas más o menos apta para la ocasión. Si nos fijamos, los mitos literarios que más le interpelaron para sus películas y sus narraciones son cuatro que tienen alguna clase de experiencia central con la muerte: Frankenstein (Remando al viento), Hamlet (Epílogo), Fausto (El extraño caso del doctor Fausto) y Don Juan (Don Juan en los infiernos).
El otro día volví a ver Scoop, de Woody Allen. Al cineasta neoyorkino, por cierto, también le interesa mucho la muerte y las historias detectivescas. Y abolir, como tantas veces hizo Suárez, la frontera entre la realidad y la ficción. Por hacerlo corto, el personaje que interpreta Allen, el mago Splendini, muere al final de Scoop en un accidente de coche. Pero reaparece. ¿Dónde? En la barca de Caronte, junto a otros muertos que están tan campantes. Y comienza a hacerles juegos de manos. ¿No es el cine y la literatura de Suárez un formidable juego de manos? En la barca de Caronte, Gonzalo Suárez estará preguntando e investigando.
En su cómic El caso de las cabezas cortadas aparece un detective llamado Manolito Smith. Gonzalo Suárez tuvo, como todo creador, influencias, pero hoy su figura se nos aparece como lo que fue, un creador original y distinto. Podemos decir de él lo que en su libro se dice de Manolito Smith, que ha sido "el efecto sin causa de sí mismo".
