Imagen de 2001 que puede verse en el CCCB en la exposición Stanley Kubrick. Foto: Warner Bros. Entertaiment Inc.

Sánchez Ron aborda la importancia en el cine y en la cultura en general de la película 2001: una odisea del espacio, de Stanley Kubrick, de la que se cumplen 50 años de su estreno. El físico recorre algunas de las aportaciones de la cinta, entre ellas la tecnología del computador HAL 9000.

Hace 50 años, en abril de 1968, se estrenó una de esas películas que acaban siendo parte de la historia no solo del cine sino de la cultura: 2001: una odisea del espacio. Dirigida por Stanley Kubrick y basada en un relato, El Centinela, que Arthur C. Clarke había escrito en 1948, la recordamos por muchos detalles. Por una parte, por las predicciones que en ella aparecían acerca de los viajes espaciales, el desarrollo de las computadoras, la existencia de inteligencia extraterrestre, la conservación a bajas temperaturas de seres vivos ("criónica"), las video-comunicaciones y otras muchas más. Por otra, por sus espectaculares efectos especiales y fondos musicales (¿cómo no evocar, por ejemplo, los "bailes espaciales" al ritmo de El Danubio azul de Johann Strauss?). A muchos años ya de distancia, lo que yo recuerdo en primer lugar es que en la película se seguía una idea -en realidad no difícil de imaginar- que leí en uno de los libros que conservo desde hace más tiempo: La conquista del espacio (Espasa-Calpe 1966; publicado en inglés en 1962), que el ingeniero alemán, Wernher von Braun escribió en colaboración con Willy Ley.



De Von Braun habría mucho que decir: desde niño su sueño fue pisar la Luna y para avanzar en tal camino, para desarrollar motores y cohetes cada vez más potentes, no dudó en trabajar para Hitler en la base aeronáutica que se construyó en Peenemünde, de la que él fue el principal responsable técnico. Allí se diseñaron y fabricaron los famosos cohetes V-2 con los que se bombardeó sobre todo Londres. Y cuando Alemania fue derrotada, Von Braun se las apañó para caer en manos del ejército estadounidense y no del soviético, una decisión que le llevaría a convertirse en figura prominente de la NASA; un ejemplo de ductilidad ideológica en servicio a una causa científico-técnica. Él no llegó a pisar la Luna, pero sí - el año siguiente al estreno de 2001- la nación que le adoptó (y que le dio la bienvenida, convirtiéndolo en un personaje famoso; otro ejemplo de ductilidad).



Pero estaba refiriéndome a su libro de 1962. En él, Von Braun trataba el problema que representa la falta de gravedad en las estancias espaciales de larga duración. "La falta duradera de gravedad", escribía, "puede ser, sin duda, incómoda. Por tanto, necesitamos crear en nuestra Estación Espacial una gravedad artificial, lo que conseguiremos haciendo girar una rueda en torno a su eje, con lo que la fuerza centrífuga hará las veces de la gravedad". En principio, añadía, no debía ser difícil lograr esto ya que únicamente se necesitaría un pequeño motor con la suficiente potencia como para dar al satélite una cierta velocidad de rotación, y como en el espacio no existen resistencias como la de la atmósfera terrestre, el motor no tendría que funcionar constantemente, solo el tiempo necesario para conseguir la velocidad deseada, que si se quería reproducir la gravedad de la Tierra, y suponiendo que el anillo del vehículo espacial tuviese 75 metros de diámetro, consistiría en dar una vuelta cada 12,3 segundos. Es la idea que se utilizó en 2001, como se puede comprobar sin más que ver el cartel del anuncio de la película. Está claro, sin embargo, que hasta ahora tal posibilidad reposa en el cajón de lo que no ha sido, podría ser y acaso nunca será.



Uno de los protagonistas centrales de la película es la computadora HAL 9.000. De acuerdo con la versión del libro de Clarke publicada en ¡2001!, el nombre HAL procedía de Heuristically programmed Algorithmic computer (Computadora algorítmica programada heurísticamente), lo que para Clarke significaba que "podía funcionar con un programa ya establecido, o buscar en otros lugares mejores soluciones y obtener lo mejor de ambos mundos". Aunque no es exactamente lo mismo, se trata de una idea que se aproxima a lo que ahora denominamos "aprendizaje profundo" por parte de una computadora. Habría mucho que comentar sobre HAL, una máquina que habla, juega al ajedrez, reconoce caras, lee labios, realiza evaluaciones psicológicas y, por supuesto, todas las funciones que exige controlar el vehículo espacial y su destino, aunque no es en estas funciones sino en las "propiamente humanas" en las que se centra su papel en la historia. En este sentido, HAL es ciertamente un prototipo de Inteligencia Artificial Fuerte, algo que todavía no se ha conseguido y que no pocos piensan que jamás se alcanzará.



Como recordará cualquiera que haya visto la película, HAL mata conscientemente a los tres astronautas que se mantienen en estado de hibernación, lo mismo que a otro, que sale al espacio para arreglar un (supuesto) error de funcionamiento en la nave, e intenta hacer lo propio con el quinto mimbro de la tripulación, David Bowman. La primera de las famosas leyes que Isaac Asimov imaginó para que se implementasen en la "inteligencia" de cualquier robot -"un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño"- no afecta a HAL; de hecho, si esa computadora fuese tan inteligente como se nos presenta, tan "humana", ¿tendría que obedecer esas leyes, o podría, como hacen las personas, decidir que otras leyes son mejores? En cualquier caso, el ejemplo de HAL da que pensar, ahora que se empieza a considerar el asunto de la Ética y la Robótica.



La lista de detalles "futuristas" que aparecen en 2001 es enorme. A modo de ejemplo, mencionaré uno más: el del "Picturephone" que Bowman utiliza desde la nave espacial para felicitar a su hija por su cumpleaños. La idea de teléfonos que también mostrasen la imagen del interlocutor no era nueva en 1968, y de hecho se habían fabricado algunos bastante antes, pero aunque se intentó comercializarlos en las décadas de 1970 y 1980, no fue hasta la de 1990 cuando comenzaron a difundirse. Por cierto, Bowman paga la llamada (sorprendentemente no estaba incluida entre sus privilegios) con una tarjeta de crédito. La idea de tarjetas que se leyeran mediante bandas magnéticas la puso en práctica IBM el mismo año, 1962, en que Von Braun publicó el libro mencionado, pero su uso no comenzó a extenderse hasta la década de 1980.



Me hubiese gustado comentar también aquí otros apartados de la película, como el monolito testimonio de una civilización extraterrestre, el viaje a Júpiter o la parte inicial dedicada al "Amanecer de la humanidad", con la impresionante imagen del descubrimiento de un instrumento para matar: un simple hueso. ¿El inicio de la tecnología? Acaso lo haga otro día.