Imaginemos a quinientos Shakespeares declamando a la vez sus diálogos, y peleándose entre ellos por un lugar sobre un único escenario. Poca diferencia hay entre esta imagen y la estampida de una manada de búfalos, ni en las formas ni en el contenido. ¿Qué podrían obtener los hipotéticos espectadores de un espectáculo semejante? Como mucho, un buen dolor de cabeza y la sensación de que el teatro no vale la pena, además de un ataque de ansiedad.
Esa es más o menos la situación actual en muchos ámbitos culturales, con el añadido, nada despreciable, de que los que gritan no son en su mayoría genios, sino gente del montón o incluso personas sin ningún interés por lo que producen, pero que han visto la manera de monetizar sus horas perdidas generando basura casi aleatoria.
Sin filtro, todo cuela. Y como se puede cambiar a diario el nombre del autor, poco importa que el comprador quede insatisfecho: mañana se le venderá una variedad diferente de detritos, envuelta en distinto celofán, para que la rueda siga girando.
Las redes sociales y las grandes plataformas tecnológicas son el escenario ideal para ese juego de la avalancha asesina, pero saben que deben mantenerse en un término medio que les permita maximizar su tráfico sin cabrear a los usuarios. Por eso hemos querido echar un vistazo a sus políticas y las distintas actitudes que mantienen frente a los contenidos generados con inteligencia artificial.
Empecemos por los libros. Kindle Direct Publishing (KDP), la plataforma editorial de Amazon, publica alrededor de 7.500 títulos nuevos cada día, pero ha limitado a tres el número máximo de obras que cada autor puede publicar diariamente y exige una declaración sobre si ha utilizado IA para los textos, las traducciones o las imágenes. No obstante, existe un creciente malestar entre los autores con más prestigio por el modo en que ciertos desaprensivos publican resúmenes o imitaciones de sus libros, copiando hasta el nombre del autor, con pequeñas variaciones, y los colores y el diseño de las portadas.
Amazon ha limitado a tres el número máximo de obras que cada autor puede publicar diariamente
Kobo ha intentado ponerse más seria y ha rechazado en los últimos meses casi la mitad de los libros de su plataforma de autoedición por considerar que habían sido elaborados con IA, lo que también se ha llevado por delante a autores que se limitaban a utilizar esta herramienta para corrección de erratas o pequeñas traducciones.
No obstante, en cualquiera de los dos casos, basta con cambiar el título y la portada y volver a intentarlo, cosa que hacen una y otra vez los falsificadores.
En cuanto a Instagram, la plataforma añade automáticamente una etiqueta visible que dice "Creado con IA" en la parte superior de la publicación, ya sea una foto, un vídeo o un audio. Para ello, analizan metadatos y exigen en sus normas de uso, que sea el propio usuario que sube el material quien declare si se ha ayudado o no de una IA para crear los contenidos. El tema ha generado cierta polémica pues muchos autores afirman que Instagram marca como creados con IA contenidos totalmente manuales a los que se ha aplicado algún programa de edición como Photoshop. Se sigue, por tanto, debatiendo qué filtros son válidos y cuáles no.
En el caso de Spotify, la plataforma no va a etiquetar ni filtrar las canciones compuestas o arregladas con IA, pero va a marcar como sintéticos a los autores que no existan en el mundo real, un fenómeno que está aumentando a velocidades vertiginosas. Los dos ejemplos más conocidos son las inexistentes bandas The Velvet Sundown y Bleeding Verse. La política, por tanto, es que se señalará a los autores IA, pero no a los autores humanos que utilicen IA, aunque no está claro aún qué criterio seguirán con los autores electrónicos que imiten o copien voces de personas conocidas, ya que el concepto "similar" es tremendamente resbaladizo. Propongo, por ejemplo, comparar las voces de Elvis Presley y Johnny Burnette, y que cada cual decida.
Las plataformas han optado mayoritariamente porque sea el usuario el que decida si desea o no desea consumir contenidos generados por IA
TikTok, por su parte, exige a los usuarios que activen la etiqueta de contenido creado por IA y amenaza con penalizaciones o borrados de cuenta a quienes no lo hagan. Sin embargo, solo es absolutamente obligatorio hacerlo cuando se creen imágenes de algo que no ha sucedido en la vida real, cuando se sustituyan rostros o voces de personas y, en general, cuando se creen falsificaciones que puedan afectar a terceros.
Finalmente, porque la lista es casi interminable, YouTube exige también a los usuarios que marquen el contenido como generado por IA cuando se creen falsificaciones, se imite o se sustituya a personas, y en general siempre que el contenido se haya creado principalmente con herramientas generativas. Sin embargo, según declara la propia plataforma, YouTube no penaliza ni discrimina el contenido generado por IA en términos de alcance, recomendaciones o monetización. Solamente exige absoluta transparencia.
Así las cosas, hemos comprobado que las plataformas han optado mayoritariamente porque sea el usuario el que decida si desea o no desea consumir contenidos generados por IA, y que sea la demanda la que dictamine qué contenidos son más populares.
Todos sabemos que la bisutería se ha impuesto masivamente a la joyería, y que el precio de los diamantes ha caído más de un cincuenta por ciento en tres años por el perfeccionamiento de la fabricación de diamantes sintéticos. El gran motivo es el precio, por supuesto, y que la autenticidad es un valor a la baja, que cada vez importa a menos personas.
Como decía Ortega y Gasset, la moneda falsa circula sostenida por la moneda buena. A la postre, el engaño resulta ser un humilde parásito de la ingenuidad. Lo malo es que tenemos ya demasiados parásitos en este depauperado mundo de la cultura, y la ingenuidad empieza a escasear tanto como la honradez y la buena fe.
Pero también conocí a alguien que, después de tener que tomarla veinte años, prefería la malta con achicoria al café. Ya falleció, pero seguramente le hubiesen encantado estos tiempos en los que los sucedáneos significan distinción en vez de miseria.
