Lanzo factos. Al cierre del presente artículo, la segunda temporada de The Gentlemen (Guy Ritchie, 2024-) figura como el contenido más visto en Netflix en nuestro país. Sin embargo, su audiencia ha caído en más de un 45% si se compara con los datos de la primera entrega, emitida hace ahora dos años. De los 12,2 millones de visionados que la primera tanda de episodios acumuló durante los primeros cuatro días de emisión hemos pasado a los 6,7 millones de la segunda en idéntico periodo de tiempo.

Más datos. Un doble magnum de Petrus de 2009 tiene un coste aproximado de 57.000 euros. En el primer capítulo de la nueva temporada de la serie creada por Guy Ritchie a partir de la película homónima estrenada en 2019, aparecen dos botellas del preciado y prestigioso vino. Un vino solo apto para ricos que no tienen ni la necesidad ni la curiosidad de buscar otras referencias más económicas y, probablemente, más sorprendentes. Si uno puede pagar las mejores etiquetas, ¿para qué perder el tiempo rastreando cosas nuevas?

Dejemos los datos para el final.

El regreso de The Gentlemen puede dividirse en dos partes. Durante los primeros cuatro episodios, Eddie Horniman (Theo James), duque de Halstead, urde una estrategia para que el parlamento británico apruebe la despenalización de la marihuana.

El objetivo ulterior de la legalización del cannabis pasa por establecer una especie de monopolio en la distribución del narcótico para, al tiempo, limpiar un lucrativo negocio que hasta ese momento contaba con el pequeño inconveniente de atentar contra las disposiciones del código penal.

Sin embargo, el principal contratiempo al que deberá enfrentarse Eddie no es otro que la oposición de su socio Bobby Glass (Ray Winstone), que pese a seguir cumpliendo condena maneja sus empresas con total tranquilidad desde la lujosa sauna de su cárcel. Pese a que Eddie cuenta con el apoyo de Sussie Glass (Kaya Scodelario), hija de Bobby y encargada de supervisar los negocios conjuntos, la tarea que ambos se han impuesto y cuyas consecuencias solo han de serle transmitidas al iracundo superior que comparten cuando adquieran la categoría de hechos consumados, no fructificará.

La segunda parte de la nueva temporada, que ocuparía del quinto episodio hasta el octavo, se inscribe en las coordenadas del relato de venganza, con un Eddie diezmado tras una brutal paliza proporcionada por los secuaces de Glass. Contiene este segundo segmento una fase de rearme, en la que Eddie se recupera de sus lesiones y organiza su boda con la condesa Isabella Soranza de Parma (Benedetta Porcaroli), ahijada del capo de la mafia Marco Moretti (Sergio Castellitto), al que le debe los 60 millones de libras que este invirtió para financiar la compleja acción política que debía haber concluido con la legalización de la marihuana.

Mientras se recapitaliza, el duque de Halston volverá a sufrir los mortíferos ataques de un enemigo al que cree tener identificado -¿quién puede ser sino Bobby Glass?- pero al que, en realidad, desconoce.

Guy Ritchie, que ha contado con Matthew Read como guionista principal, no se aparta ni un ápice de los rasgos que lo han convertido en un director más o menos popular. Su estilo vistoso y carente de toda personalidad aplica tanto en la fase de escritura como en la de puesta en escena.

En lo relativo a la construcción de la trama, los dos argumentos de largo recorrido anteriormente detallados se ven salpicados por numerosas anécdotas que recorren cada episodio. Ritchie siempre intenta que lo confuso pase por complejo, se obceca en complicar las tramas, casi siempre de manera gratuita, para dar la sensación de que el espectador se enfrenta a un difícil y profundo rompecabezas que solo el director es capaz de resolver.

En cada capítulo suceden un montón de cosas. Para no extendernos, pensemos en el cuarto episodio. Después de que Eddie haya sobornado/coaccionado a Lord Hawthorne (Hugh Bonneville) para lograr un asiento en la cámara de los lores y, de ese modo, manipular la votación en favor de la legalización de la marihuana, deberá convencer a la obispa de Sussex (Jane Horrocks), contraria a la medida, para que cambie de parecer y, con ella, sus 26 acólitos con derecho a voto.

Para ello, Eddie le prestará ayuda a Oscar Thorne (Jaime Ward), hijo de la obispa, quien anda metido en un negocio inmobiliario que lo ha sumido en una deuda impagable con un narcotraficante irlandés llamado Pat Gallagher (Stanley Townsend). Para saldarla, Gallagher le pide a Oscar que le consiga un halcón Saker de cría con el propósito de regalárselo a un jeque árabe quien, como contrapartida, le proporcionará asilo en su emirato (Gallagher está en libertad vigilada y tiene serias opciones de acabar en la cárcel).

Kaya Scodelario, en 'The Gentleman' Netflix

El único problema es que Oscar, tras conseguir el halcón, se dedicó a intentar reproducirlo en cautividad antes de entregarlo y así sanear su maltrecha cuenta corriente. Pero quiso la mala fortuna que el ave se le escapase (o eso cree él). Sin necesidad de entrar en más detalles, diremos que este modelo narrativo, por lo demás presente en la mayoría de episodios, cada uno de ellos con un arco dramático/temático único, abunda en la acumulación de personajes tan pintorescos como irrelevantes, todos cortados por el mismo patrón y directamente intercambiables (matones estúpidos o advenedizos todavía más estúpidos).

Además, las soluciones que se proporcionan a los conflictos no pueden estar menos trabajadas: aquí la condesa de Parma resulta ser una experta en la cría de halcones –Eddie lo deduce porque en el escudo nobiliario de la familia de su futura esposa hay dos halcones (!)- lo que permitirá recuperar el ave perdida (no crean que la cosa acaba aquí, el final del capítulo es todavía más enrevesado).

Esa manera de plantear y resolver las historias también se traslada al modelo cosmético de puesta en escena que el director de Snatch (Guy Ritchie, 2000) emplea en todas sus producciones (en esta temporada dirige tres capítulos y comparte créditos de realización con Eran Creevy y Nick Rowland). Y más aún en una serie pija como un sueño de Almodóvar, en el que las postales del lago Maggiore, los coches de alta gama, las mansiones laberínticas y un vestuario fastuoso embelesarían hasta a la misma documentalista de la revista ¡Hola!.

Este cruce entre el hampa y la aristocracia potencia la ya de por sí desarrollada tendencia al efectismo de Ritchie. Tomas aéreas, ralentís, tiros de cámara imposibles y un sinnúmero de encuadres que no guardan relación alguna con las situaciones dramáticas que se nos plantean. Puro esteticismo.

Uno puede dejarse llevar, es cierto, y descubrirse sonriendo por el enésimo montaje alterno o por esa voice over que juguetea con los futuros posibles (atracos imaginarios, avance de sucesos posteriores). O intoxicarse con los efluvios que desprende la química entre Theo James y Kaya Scodelario, o entre Theo James y Benedetta Porcaroli, o entre Kaya Scodelario y Tyler Conti. La tensión sexual no resuelta entre los dos primeros es lo que, en parte, sigue manteniendo activo el pulso de la serie.

Una imagen de 'The Gentleman' Netflix

Con todo, lo peor de The Gentlemen es su carácter denotativo. Todo se explica por triplicado. Los rótulos molones que bosquejan sobre la pantalla lo que los personajes exponen. La traducción en imágenes de determinadas afirmaciones -eres una víbora, plano de una serpiente (!)-. La conversión de conversaciones que deberían ser sutiles en tratados consagrados a la obviedad -toda la charla a lo Craso (Lawrence Olivier) y Antonio (Tony Curtis) en Espartaco (Stanley Kubrick,1960) sobre las ostras del capítulo segundo-. O la necesidad de detallarnos los planes una y otra vez, muchas veces en el mismo episodio (¿cuántas veces se nos cuenta, en el capítulo tres, lo que supone la propuesta de ley para derogar la prohibición de la marihuana y lo que se quiere lograr con ello?).

No falta el humor de trazo grueso, las situaciones entre extravagantes y absurdas (la muerte de Tancredi), los numerosos homenajes a El padrino –que para algo hemos metido a los italianos-, las citas bíblicas, los guiños al mundo del arte y cierta nostalgia a propósito de la perdida gloria imperial (recuperar las dimensiones originales de la finca de los Halstead; la leyenda de la piedra de Londres, etc.). The Gentlemen es a la series lo que Burberry a la ropa. Si les van los cuadros, ya saben.

Quizá por todo eso, el capítulo que mejor funciona sea el séptimo. En primer lugar, porque apenas dura 40 minutos. En segunda instancia, porque esa reducción de metraje con respecto al resto, tiene que ver con una contención dramática que el espectador agradece: una home invasion en la que la familia de Eddie, liderada por el guardés Geoff (Vinnie Jones), deberá protegerse de unos asaltantes que pretenden secuestrar al menor de los Halstead.

Salvo un breve epílogo, no hay más. Acción, peripecia y pocos diálogos. Y es que uno prefiere ver al ínclito Vinnie Jones rememorar sus tiempos como stopper del Wimbledon a que le taladren la cabeza con frases que parecen pronunciadas por un señor trasplantado a nuestros días desde una novela del siglo XIX: “lo malo es que, en mi caso, el proceso que me ha desposeído de mis privilegios me ha dejado en una precaria situación que necesita de una rápida resolución”.

Es muy probable que, con la pasta que debe haber costado The Gentlemen, Guy Ritchie pueda beber Petrus para desayunar. La pregunta es si uno no se cansa de beber siempre lo mismo. Quizá no nos aburramos del Petrus, de lo que sí nos hemos aburrido es de sus series (o eso parecen indicar los datos).

The Gentlemen

Creador: Guy Ritchie

Intérpretes: Theo James, Kaya Scodelario, Ray Winstone, Benedetta Porcaroli, Sergio Castellitto, Hugh Bonneville, Jane Horrocks, Vinnie Jones

Productora: Miramax, Moonage Pictures, Toff Guy Films

País: Reino Unido

Año: 2026

Plataforma: Netflix

Fecha de estreno: 3 de septiembre