Vidas rebeldes fue la última película de Marilyn Monroe. Dirigida por John Huston y estrenada en 1961, los ingresos en taquilla no lograron cubrir los elevados costes de producción y las críticas fueron tibias o abiertamente hostiles. Un año más tarde, Marilyn aceptó protagonizar Something's Got to Give con Dean Martin y bajo la dirección de George Cukor, pero la Fox la despidió por sus reiterados retrasos y su conducta caótica e inestable.
Dean Martin se negó a continuar, alegando que había aceptado el papel para trabajar con Marilyn y que en ningún caso admitiría otra actriz. La Fox rectificó y revocó el despido de Marilyn, introduciendo mejoras en el contrato original. Sin embargo, la actriz falleció el 4 de agosto de 1962 y la película quedó definitivamente inacabada. Solo se conservan 34 minutos que incluyen una escena de Marilyn nadando desnuda en una piscina.
Hoy, Vidas rebeldes es una película de culto. Quizás no es perfecta, pero contiene todos los elementos de los grandes dramas cinematográficos: unos personajes complejos y creíbles, una trama ambiciosa que aborda con inteligencia temas como la soledad, el desarraigo, el fracaso, el amor y la muerte, unas interpretaciones sobresalientes y unos paisajes de extraordinaria fuerza poética. Tal vez la estructura narrativa podría haber sido más sólida, pero su atmósfera intensa y fatalista actúa como una poderosa telaraña que atrapa al espectador desde las primeras escenas.
Con una magnífica fotografía en blanco y negro de Russell Metty, Vidas rebeldes se sitúa a medio camino entre el wéstern crepuscular y el cine existencialista: héroes envejecidos y cansados, paisajes salvajes amenazados por el desarrollo industrial, nostalgia por el pasado, sensación de decadencia, tristeza por la libertad perdida, primeros planos psicológicos, diálogos y reflexiones de gran calado, un ritmo moroso y un persistente anhelo de hallar un significado a un mundo aparentemente sin sentido.
Basada en un cuento de Arthur Miller publicado en la revista Esquire, Vidas rebeldes se titula en realidad The Misfits, que significa Los inadaptados. John Huston sentía fascinación por los cowboys que habían perdido su estilo de vida por culpa de la privatización de la tierra, la expansión del ferrocarril y el agotamiento de los grandes pastos naturales. En una ocasión, se cruzó con un grupo en Reno y pensó que ya no había espacio para los espíritus errantes, reacios a establecerse en un lugar fijo y vivir de un salario.
John Huston sentía fascinación por los cowboys que habían perdido su estilo de vida por culpa de la privatización de la tierra
Los cowboys eran la épica de una época sin grandeza, el último vestigio de una leyenda romántica, un patético gesto de resistencia contra el prosaísmo de la sociedad industrial. Un reparto compuesto por Marilyn Monroe, Clark Gable, Montgomery Clift, Elie Wallach y Thelma Ritter constituía la mejor elección para encarnar ese espíritu. Los actores apenas necesitaron esforzarse para encarnar a un puñado de marginados que aún conserva la frágil esperanza de superar su infortunio.
Sin embargo, desde los títulos de crédito todo indica que sus expectativas serán frustradas por una época enemistada con la aventura y el inconformismo. Los nombres de los actores aparecen rodeados de piezas de un puzle imposible. Diseñada por George Nelson, esta composición parece un conjunto de fragmentos de hielo desgajados de una superficie rota por un cataclismo. Su destino es vagar a la deriva, como Gay, Roslyn y Perce, tres vidas sin rumbo y desdeñadas por una sociedad amante de la eficacia, el lujo y el consumo.
Gay es un cowboy sesentón que ha perdido el contacto con sus hijos y que sobrevive cazando caballos salvajes para venderlos a fabricantes de comida para perros. Aunque le duele no saber nada de su familia, se considera afortunado, pues no madruga, no desempeña ningún oficio, goza de la compañía de un fiel perro de caza y, al contemplar el desierto y las montañas de Nevada, siente que está en su hogar, una morada sin límites.
Sin duda es un perdedor a ojos de la sociedad, pero su determinación de ser libre a cualquier precio representa un acto de heroísmo. No está dispuesto a cambiar. Su rebeldía no es simple tozudez, sino una protesta existencial que refleja coherencia y autenticidad.
Gay sabe que vive el epílogo de su vida, pero no tiene miedo a la muerte. Clark Gable, ya en el final de su carrera, se enfrentó a una peripecia similar, pues murió dos días después de finalizar el rodaje. Solo tenía 59 años, pero era un fumador empedernido y consumía alcohol de forma habitual. Hipertenso y con problemas cardíacos, recurrió a las anfetaminas para bajar diez kilos del peso y ser creíble como cowboy.
Clark Gable insistió en interpretar él mismo las escenas de riesgo, que incluyeron ser arrastrado por el suelo por un camión
La película se grabó en el desierto de Nevada a temperaturas que rozaban los 45 grados y Gable insistió en interpretar él mismo las escenas de riesgo, que incluyeron ser arrastrado por el suelo por un camión y someter con sus propias manos a un caballo salvaje. Ya no era el hombre joven que interpretó a Rhett Butler, sino un hombre maduro, pero no estaba dispuesto a dejarse intimidar por la edad.
Su coraje no era fingido. El 12 de agosto de 1942 se había alistado en las Fuerzas Aéreas del Ejército de Estados Unidos. Se formó en la escuela de oficiales y, por méritos de guerra, ascendió mayor. Sirvió como artillero en bombarderos pesados B-17 Flying Fortress y participó en cinco misiones de combate en Europa (incluida una incursión en Alemania).
Aunque su labor principal era filmar y dirigir un documental de propaganda aérea titulado Combat America, el fuego antiaéreo dañó su avión durante una misión, matando al piloto y casi hirió de gravedad al propio Gable. Condecorado con la Cruz de Vuelo Distinguido y la Medalla del Aire, Hitler, gran admirador del actor, ofreció una recompensa de 5.000 dólares a quien lograra capturarlo con vida para usarlo con fines propagandísticos.
Aunque era mucho más joven que Gable, Marilyn afrontó el rodaje de Vidas rebeldes con graves problemas de salud que afectaron seriamente a su trabajo. Arthur Miller, su marido y guionista, reescribía constantemente la historia, reflejando sus vulnerabilidades como actriz y ser humano. Marilyn consideraba que esa forma de exponer su intimidad constituía una traición y discutía constantemente con él. De hecho, la pareja anunció su divorcio apenas acabó el rodaje.
Para soportar la tensión, Marilyn abusaba de los somníferos, los barbitúricos y el alcohol. Aturdida por esta nefasta combinación de sustancias, solía llegar al set con el rostro demacrado y ojeras. John Huston utilizaba lentes especiales para mejorar su apariencia. Ese recurso no pudo evitar que Marilyn sufriera un colapso por agotamiento y fuera ingresada de urgencia durante dos semanas en un hospital de Los Ángeles. Cuando se recuperó, volvió al rodaje, pero seguía retrasándose por culpa del insomnio y la inseguridad y, entre escena y escena, a veces se retiraba a un lugar solitario para llorar desconsoladamente.
Montgomery Clift sufría tanto como Marilyn. Tras el devastador accidente de coche en 1956 que desfiguró su rostro, dependía de los analgésicos para controlar el dolor físico y utilizaba el alcohol para combatir el malestar emocional. John Huston se enfrentó a los productores para conseguir que lo contrataran, pues ninguno se fiaba del actor. El rodaje confirmó que esa desconfianza estaba justificada. Monty temblaba constantemente y su memoria, salpicada de lagunas, le impedía memorizar los diálogos. El director de fotografía comentaría más tarde que su trabajo había consistido en reflejar la ruina y decadencia de un hombre.
Marilyn Monroe se retrasaba en los rodajes y, entre escena y escena, a veces se retiraba a un lugar solitario para llorar desconsoladamente
Monty y Marilyn comprendieron enseguida que eran dos almas gemelas y la relación profesional se convirtió en una profunda amistad y estrecha complicidad. Clift jamás recriminó a Marilyn sus retrasos y su compenetración enriqueció el guion con escenas nuevas y hondamente conmovedoras, como la del callejón, con Perce con la cabeza vendada apoyada en las rodillas de Roslyn.
Al margen de Monty, Marilyn contó con el apoyo y la amistad de Thelma Ritter, a la que había conocido en Eva al desnudo. Ritter aportó estabilidad y cordura en un rodaje saturado de neurosis. Paciente y comprensiva, sabía tranquilizar a Marilyn y le infundía seguridad, ayudándole a superar sus temores. En cambio, Eli Wallach perdía la paciencia con los retrasos de la actriz, pues necesitaba terminar en el plazo previsto para participar en una obra de teatro en Nueva York. Wallach murió a los 98 años. Fue el único que conoció la vejez.
Thelma Ritter murió de un infarto en 1969 con 66 años. Montgomery Clift solo llegó a los 45 años. Su cuerpo colapsó en 1966 por culpa de los excesos y varias patologías. Marilyn vivió aún menos. El 5 de agosto de 1962, con solo 36 años, dio el último suspiro. Aún se discute si fue un accidente, un suicidio o un asesinato.
En Vidas rebeldes, Marilyn es una mujer herida, vulnerable, hipersensible y generosa. Divorciada de un marido incapaz de comprender sus necesidades afectivas, se identifica con los caballos salvajes que cazan Gay y Perce. No soporta la violencia y la crueldad. Piensa que las personas que se dejan llevar por esos impulsos están muertas por dentro. Gay y Perce aceptarán que no se equivoca. No solo liberan los caballos. Transformado por el amor de Roslyn, Gay admite que el mundo ha cambiado y que ya solo le queda buscar un lugar tranquilo donde pasar sus últimos días.
En cuanto a Perce, recupera la fe en el ser humano. Viuda, su madre ha dejado el rancho familiar en manos de su actual marido, un hombre que trata a su hijastro como un empleado. La desesperación suicida de Perce se aplaca con el cariño de Roslyn, que restaña sus heridas y aleja de su cabeza la idea de jugarse la vida en cada rodeo. Solo Guido, antiguo piloto de combate durante la Segunda Guerra Mundial, se resiste a la belleza interior de Roslyn. Únicamente aprecia su belleza física. Para él, solo es una mujer hermosa, un "bombón", no un alma rebosante de ternura. Ególatra y egoísta, Guido no será capaz de abrirse a los demás y seguirá amargado, pensando que el mundo es una porquería.
Vidas rebeldes es una oda a la melancolía. Roslyn es una figura luminosa, pero desprende tristeza y soporta el asedio de la soledad, pese a atraer a los hombres con su belleza. Su desastrosa experiencia sentimental le hace pensar que el amor fracasa siempre. Maridos y mujeres son zombis que ignoran su condición de muertos vivientes. Gay no ha reparado en eso, pero nunca desvía su mirada de la muerte. Morir es tan natural –o tan absurdo– como vivir. Sabe que su tiempo ha pasado. El viejo Oeste ha muerto. Sus sueños han sido estrangulados por el progreso, pero aún queda un rincón para él en el desierto de Nevada, acompañado por Roslyn, la mujer amada.
A pesar del tono crepuscular, Vidas rebeldes contiene escenas de comedia, como las de Roslyn intentando batir un récord con una pala de madera unida a una pelota con un hilo. Huston a veces incurre en el mal gusto, enfocando el trasero de Marilyn, pero esos tropiezos conviven con momentos de gran lirismo, como la manada de caballos salvajes galopando por el desierto, los amaneceres con las montañas al fondo o el baile de Roslyn descalza alrededor de un árbol. Todo el espíritu de la película se condensa en la imagen de Marilyn abrazada a un árbol.
Se ha dicho que Vidas rebeldes es una película maldita que preludia el final trágico de sus protagonistas, pero su final es sumamente esperanzador. Roslyn y Gay dejan la oscuridad atrás, guiados por una estrella que señala el camino a casa. La felicidad a veces solo es un parpadeo, pero ese instante es suficiente para disipar las sombras y pensar que el mañana puede ser un hogar y no una fuente de incertidumbre.
