Abordar el reto de escribir una continuación de un clásico exige grandes dosis de audacia y no poca temeridad. La posibilidad de fracasar es elevadísima, pero David Torres ha sorteado ese riesgo con El mar en ruinas (Reino de Cordelia, 2026), una novela que fabula sobre lo que hizo Ulises tras regresar a Ítaca y matar a los pretendientes de Penélope.

Odiseo parece realizar su destino cuando culmina su venganza, pero la sensación de haber llegado al fin de su peripecia solo le produce insatisfacción y hastío. Sabe que todos le consideran un héroe, pero no ignora que los seres humanos no trazan el rumbo de su existencia: "Un héroe es solo un instrumento del destino, un golpe de dados, alguien que deja el hilo de su vida en manos de los dioses y se abandona insensatamente a un instante que a otros les parecerá loco o estúpido".

Narrada desde el punto de vista de Penélope, que se dirige a un supuesto vástago no nacido, la novela de David Torres pivota sobre un dilema peliagudo: ¿es la libertad un privilegio o constituye una pesada carga? ¿No es mejor nacer con un destino? Si los dioses o el hado elaboran un guion, ¿no es preferible seguirlo en vez de explorar nuestro interior para averiguar lo que realmente deseamos?

Aquiles sabe que su destino es morir joven y no se rebela contra ese final. De hecho, utiliza el destino como una carta de navegación que le indica el rumbo a seguir. Eso sí, disponer de una carta de navegación no implica librarse de las tempestades. De hecho, la muerte siempre se cruza en su camino, arrebatándole lo más querido.

Cuando Patroclo pierde la vida en el asedio de Troya, se despide de él con solemnidad, sumergiéndose en el agua de un río con el cadáver y besándole en la boca. La extraordinaria prosa de David Torres recrea la ceremonia con una enorme belleza: "una pareja de dioses desnudos, chorreantes de agua, uno vivo, otro muerto, ejecutando un milenario rito fúnebre entre las ondas de un arroyo troyano".

Cubierta de 'El mar en ruinas'. Reino de Cordelia

El mar en ruinas es un festín del idioma. David Torres posee un estilo lírico y profundo, que extrae del lenguaje deslumbrantes metáforas e inauditas arquitecturas. En una época en que la mayoría de los autores utilizan una prosa funcional, Torres actúa como un artesano que cultiva su oficio con laboriosidad y extrema exigencia. Esa forma de proceder imprime intensidad y veracidad al texto, convirtiendo su fantasía sobre Odiseo en una fascinante investigación sobre las pasiones más oscuras del ser humano.

La Ilíada está saturada de violencia. Y en la Odisea también hay grandes dosis de sangre, sudor y lágrimas. El odio no es un aspecto casual o menor en nuestra naturaleza, sino un impulso primario y universal. No necesita muchos pretextos para aflorar. Odiseo aún se sorprende al recordar su victoria sobre los troyanos, pues entre los aqueos no reinaban el amor y la amistad, sino el encono y el resentimiento.

Al evocar la rutina de la guerra, con su estridencia, crueldad e incertidumbre, Odiseo se pregunta cómo lograron acostumbrarse a ese horror. La respuesta es sencilla. Se adaptaron a esa horrible trasiego porque ellos eran ese horror. En el fondo, nadie deseaba que acabara la guerra: "Era como una fiesta interminable, una orgía de espadas, una noche de amor de nueve años entre dos dioses en celo, enloquecidos, ninguno quería que asomara el día".

Con el tiempo, Odiseo sentía que se había convertido en un bárbaro, un extraño, un extranjero. La guerra no le hizo mejor ni peor. Simplemente, le transformó en otro. La perspectiva de envejecer en Ítaca se volvió insoportable para un hombre despojado de su identidad. Cuando no sabes quién eres realmente, resulta imposible sentir que perteneces a un lugar o experimentar un vínculo profundo con otros seres humanos.

Odiseo vuelve, pero tiene el horizonte incrustado en la mirada. Necesita avanzar hacia él, no echar raíces. No es la leyenda que se ha creado alrededor de su nombre, sino un hombre que huye de sí mismo. De ahí que no tarde en abandonar Ítaca sin un propósito claro. En su ausencia, su hijo Telémaco usurpa su lugar en el trono y en el lecho.

En su huida hacia ninguna parte, Odiseo vuelve a ser Nadie. Acompañado por dos persas, Medes y Poliantes, se reencuentra con Circe y las sirenas. Su nueva aventura carece de épica y grandeza. Solo acontecen desgracias e indignidades. Aparentemente, Odiseo y Telémaco no se parecen demasiado, pues el padre es fuerte y el hijo, débil, pero —como advierte Penélope— ambos comparten la misma inmadurez.

Los dos se han negado a "crecer, a envejecer, a vivir, si es que vivir significa aceptar tareas, compromisos, deudas". La especialidad de Odiseo no es conquistar ciudades, sino abandonar mujeres. El "vergonzoso bagaje de sus viajes" es una colección de "mujeres engañadas y monstruos tullidos", como Polifemo. Su apego a Circe, su idilio de siete años con Calipso o la protección de Atenea solo son variaciones de esa nostalgia del útero materno que caracteriza a los marinos.

Odiseo busca el amparo del estado prenatal. Quizás por eso se echa al mar, un medio que recuerda el líquido amniótico. Telémaco no se siente atraído por el mar. Prefiere combatir su inseguridad mediante la violencia y la traición. Su fragilidad le ha convertido en el hazmerreír de las mujeres. Ser temido es la mejor forma de borrar esa ofensa. Yacer con su madre es una manera de escupir sobre la sociedad que le desprecia. ¿Se puede decir que es peor que su padre?

Aunque rompe el tabú del incesto, su conducta no es menos deleznable que la de Odiseo. La conquista y destrucción de Troya no fue una gesta heroica, sino un episodio atroz. Los poetas transforman los crímenes en hechos estéticos, pero la belleza no puede borrar la sangre derramada y el humo de las ciudades incendiadas. La estirpe de Odiseo está maldita. Nunca podrá deslindarse de su acervo de infamias.

David Torres desmitifica una epopeya legendaria, pero sin destruir su hiriente lirismo. Al igual que en la Ilíada y la Odisea, la narración está trufada de crueldad y miseria. Telémaco es una especie de Calígula con un final tan indigno como el de Heliogábalo. Una especie de Edipo, pero sin la posibilidad de redención. Su caída no es catártica, sino sobrecogedora y terrible.

Odiseo no sufre una caída tan estrepitosa, pero su figura se diluye en la multitud. En cierto sentido, se convierte en Nadie. Su vagabundeo deja de ser algo temporal para adquirir un rango existencial.

Ítaca sucumbe a los bárbaros. Ya no es el hogar anhelado, sino un reino arrasado que destruye la expectativa de hallar el paraíso en la tierra. Penélope se queda definitivamente sola. El hijo nonato pertenece al dominio de lo onírico. No es la respuesta a una larga y estéril espera, sino la confirmación de que los otros nunca serán un refugio o un consuelo, sino la zarpa que nos hiere día tras día.

Pocos autores poseen el talento necesario para retomar un clásico y llevarlo a buen puerto, urdiendo una historia que no naufrague en una triste emulación. El mar en ruinas es una novela, pero se lee como un largo poema que reinventa los mitos griegos.

En el taller creativo de David Torres, Odiseo ya no es hombre astuto que suspira por sus raíces, sino un personaje de Nouvelle Vague. Irresponsable, inmoral y desarraigado, carece de metas claras y se deja llevar por el momento. Penélope no es la fiel esposa, sino una mujer infeliz e insatisfecha que sufre la desafección de los hombres de su familia. Telémaco, lejos de su papel de hijo frustrado por la ausencia del padre, conspira contra sus progenitores, movido por una ambición insaciable y una sexualidad perversa.

Torres no ha escrito una novela histórica, un género que suele aportar poco a la literatura por su carácter previsible y poco imaginativo, sino una poderosa fábula sobre la impotencia del ser humano para hallar la felicidad. "La sociedad no es una enfermedad, sino un desastre —escribe Cioran—. Es un milagro estúpido que consigamos vivir en ella". El mar en ruinas corrobora esta reflexión.

Sin embargo, no todo es un desastre. El mar, con su belleza ancestral, siempre nos ofrece la oportunidad de partir. Hay que marcharse, navegar hacia lo indeterminado, no detenerse nunca. Odiseo sabe que es la única forma de escapar a la locura. Peregrinar sin descanso parece un gesto inútil, pero siempre es mejor alternativa que echar raíces y descubrir que la tierra no es una madre, sino un abismo. Tras la guerra de Troya y el viaje de regreso a Ítaca, Odiseo abraza la condición de apátrida, pues ha comprendido que no hay un hogar al que volver.

Mientras leía El mar en ruinas, acudía a mi mente una frase de Samuel Beckett: "Ser un artista es fracasar como ningún otro se atrevería a fracasar". David Torres no ha fracasado con su novela, pero nos recuerda que ser hombre, albergar conciencia, saber que tenemos los días contados, nos condena a fracasar como ningún otro ser vivo se atrevería a fracasar.