Los cachorros apareció en 1967, cuando Mario Vargas Llosa ya había publicado La ciudad y los perros (1963) y La casa verde (1966), dos obras que lo consagraron como una de las voces más intensas y creativas del boom de la literatura latinoamericana. Dos años más tarde, apareció Conversación en la Catedral, una de las grandes novelas del siglo XX y un magnífico alegato contra las dictaduras que oprimen y corrompen a la sociedad.

Ambientada en la dictadura del general Odría, revela que la pérdida de libertades y la degradación de las instituciones siempre acarrean una catástrofe moral, pues los ciudadanos se ven obligados a convivir con la manipulación, la mentira y el miedo, lo cual implica un terrible dilema: adaptarse e inevitablemente contaminarse con la putrefacción reinante o -como Zavalita- hundirse en el escepticismo y el nihilismo, asumiendo una dolorosa impotencia.

Los cachorros surge en la época más fructífera del escritor peruano y representa un feroz ataque a la burguesía que vive de espaldas al sufrimiento de la mayoría. Lejos del liberalismo que adoptó a principios de los 70 y que con el tiempo evolucionó hacia posiciones ultraconservadoras, Vargas Llosa aún mantenía en esas fechas un espíritu sumamente beligerante contra las injusticias de los países capitalistas, con sus intolerables contrastes sociales y su legión de excluidos, pobres y explotados.

Los cachorros narra la peripecia de Cuéllar, un niño matriculado en el colegio Champagnat, situado en el lujoso barrio limeño de Miraflores. Cuéllar es un "cachorro" de esa burguesía que solo se preocupa de banalidades y vive ajena a las penurias cotidianas del resto. Bajito y enclenque hasta la adolescencia, tendrá que ganarse la aceptación de sus compañeros soplándoles en los exámenes o compartiendo parte de su paga.

Estudiante aplicado y formal, logrará ser aceptado en el equipo de fútbol gracias a su tenacidad, que le ayudará a mejorar su físico y adquirir la técnica necesaria. Cuéllar supera el primer rito de paso que le convierte en un chico más de la pandilla y no en un simple satélite al que se tolera por su carácter amistoso y generosidad.

El estilo rompe las costuras tradicionales del relato, mezclando lo individual y lo colectivo, el yo y el nosotros

El estilo de Vargas Llosa rompe las costuras tradicionales del relato, mezclando lo individual y lo colectivo, el yo y el nosotros. No hay un narrador omnisciente que respeta las convenciones, sino un coro que salta de lo introspectivo y subjetivo a lo impersonal y general. Las frases prescinden de guiones y acotaciones. El texto es una cascada sin nexos aclaratorios. Los verbos no siempre concuerdan y las onomatopeyas salpican el texto.

Esta forma de proceder convierte el relato en un mosaico muy fresco, palpitante y verosímil. La sensación de seguir algo ficticio se desvanece enseguida. Todo parece vivo, real, creíble. Aunque Vargas Llosa planificó con mucho cuidado la estructura y el modo de narrar, se impone una abrumadora sensación de verdad y espontaneidad.

El retrato social es sumamente preciso y no escamotea ninguna miseria. Al igual que en el resto de la sociedad, el colegio Champagnat se rige por los valores de un machismo desinhibido. La camaradería masculina es la virtud máxima en un mundo que rebaja a la mujer a simple complemento, decorado o paisaje de fondo.

Cuéllar se encuentra a las puertas de la adolescencia, pero en el último tramo de la niñez acontece una inesperada catástrofe. Los hermanos maristas, responsables del colegio, poseen un dogo negro que sueltan por la noche y que de día permanece en una jaula. Los alumnos le molestan para que gruña y enseñe los dientes. Cada vez más frustrado, el perro aprovecha un descuido para huir de su jaula y atacar a Cuéllar en las duchas. La mala suerte provoca que sus poderosas mandíbulas se cierren sobre los genitales del niño. Su rápido traslado a un hospital no evita una fatal emasculación.

Judas constituye una advertencia para esa burguesía que se considera intocable. El dinero no es un dique perfecto, sino una barrera que puede desmoronarse

El dogo se llama Judas. No es un nombre casual. Aunque los niños de Miraflores parecen protegidos por la campana de cristal creada por sus privilegios, el exterior, caracterizado por la precariedad y la injusticia, actúa como una fuerza ciega y colosal con la capacidad de abrir grietas en el lugar más imprevisible. Ni la iglesia, ni la dictadura, ni la prosperidad material, pueden neutralizar la incertidumbre de la vida ni la violencia alentada por la miseria y los abusos. Judas constituye una advertencia para esa burguesía que se considera intocable. El dinero no es un dique perfecto, sino una barrera que puede desmoronarse con una simple dentellada.

Cuéllar parecía predestinado a una existencia próspera y plácida, pero el ataque de Judas le convierte en un castrado. Poco a poco, se consolida el apodo de Pichulita y no servirá de nada que Judas muera sacrificado y su lugar en la jaula sea ocupado por cuatro conejitos blancos, símbolos de la inocencia. Cuéllar rechaza con rabia el apodo, pero con el tiempo su nombre caerá en el olvido y tendrá que resignarse a ser interpelado de esa forma. Las intervenciones quirúrgicas se revelan inútiles y sus padres intentan aplacar su frustración con regalos y una insensata tolerancia.

Mimado y malcriado, Pichulita crecerá, desarrollará sus músculos y superará la altura de sus amigos, pero la conciencia de su incapacidad le hará descuidar los estudios y comportarse como un joven asocial y temerario. Flirtear con Teresita Arrarte solo agrava su malestar, pues no se atreve a dar el paso definitivo. Saber que no podrá materializar una relación sexual, llevar una vida marital normal y engendrar hijos, actuará como un freno que propiciará el fracaso del romance. Teresita se irá con otro y Pichulita comenzará a frecuentar los locales de ambiente gay. Aficionado a los coches deportivos y amante de la velocidad, un accidente pondrá fin a su desdichada vida.

Los cachorros recrea un mundo similar al del Poeta, uno de los personajes de La ciudad y los perros. Los niños y jóvenes de Miraflores desconocen los problemas materiales, pero sufren las servidumbres del machismo, la presión del grupo y la necesidad de cuidar las apariencias. Las mujeres se dividen en dos grupos: las novias idealizadas y futuras esposas, y las chicas de usar y tirar procedentes de las clases sociales inferiores.

Las prostitutas son un grupo aparte. Deshumanizadas y despersonalizadas, su papel se limita a proporcionar placer y ocio. No es posible ser un hombre sin frecuentar los burdeles, participar en desafíos deportivos, beber grandes cantidades de alcohol o liarse a puñetazos de vez en cuando. Los "cachorros" solo necesitan un entorno particularmente violento, como el colegio militar Leoncio Prado, para convertirse en "perros", es decir, en seres primarios que se guían por el instinto y no por la razón.

Aparentemente, Pichulita es el gran perdedor del relato, pero sus amigos no correrán una suerte mucho mejor. Todos envejecerán con la sensación de no haber aprovechado sus vidas. Su decadencia física solo será el reflejo de su pobreza interior. En un mundo dominado por la hipocresía y los estereotipos machistas, el margen de libertad es muy pequeño. Casi nadie logra averiguar quién es realmente o qué desea hacer. Simplemente, se deja llevar y atraviesa las etapas que su clase social le impone, sin desviarse del camino trazado.

Pichulita no madura. Se queda estancado en la juventud, pero la madurez de sus amigos no es madurez, sino resignación y mediocridad. Cumplen las expectativas sociales, pero carecen de un proyecto personal o un propósito definido.

En 1963, Vargas Llosa criticaba el imperialismo estadounidense y se identificaba con un socialismo abierto, creativo, alegre y profundamente ligado a la cultura. Indignado con la desigualdad y la miseria, reivindicaba la figura del intelectual comprometido y su modelo era Sartre. Años más tarde, elogiaría a Margaret Thatcher y su política neoliberal, que implicó privatizaciones, drásticos recortes sociales y una agresiva desregulación. Su giro político coincidió con una pérdida de inspiración que se reflejó en una literatura más convencional y previsible.

Los cachorros es un ejemplo del mejor Vargas Llosa. Por sus grandes dosis de introspección psicológica, su descarnado análisis social y su prosa caudalosa. Su gran talento solo volvería a brillar con La guerra del fin del mundo, pero esta gran novela reducía una famosa rebelión popular en los inhóspitos sertones del nordeste de Brasil a una explosión de locura colectiva, omitiendo que la causa última era la pobreza y no el fanatismo religioso.

Sesenta y tres años después de la publicación de Los cachorros, podemos afirmar que el relato no ha perdido su vitalidad ni su capacidad de seducción. El mundo ha cambiado, sí, pero siguen existiendo "cachorros" y "perros", una burguesía egoísta y autocomplaciente, y una masa de desheredados sin nombre, que apoya sus rostros fatigados en los restaurantes y escaparates de lujo, con una mezcla de ira y fatalismo. Ese fino cristal algún día podría romperse, destrozando el espejismo de seguridad de los que nunca han conocido lo que significa vivir a la intemperie.