La noche del 20 al 21 de abril de 1945 es una de esas fechas que revelan los límites del perdón o, si se prefiere, la existencia de crímenes imperdonables. Durante esa noche, veinte niños judíos con edades comprendidas entre los cinco y los doce años fueron ahorcados en el sótano de la escuela de Bullenhuser Damm, en Hamburgo.



Los verdugos fueron dos suboficiales de las SS, Johann Frahm y Ewald Jauch, que cumplían órdenes de Max Pauly, comandante del campo de concentración de Neuengamme. Antes de la infame ejecución, el médico Alfred Trzebinski aturdió a los niños con morfina.



Los niños habían sido utilizados por el médico de las SS Kurt Heissmeyer para realizar experimentos. Heissmeyer sostenía que los bacilos de las tuberculosis podían actuar como vacuna una vez inyectados y que cada "raza humana" respondía de forma diferente a este método.



Los niños sometidos al experimento enfermaron apenas les inyectaron los bacilos y su estado se agravó cuando Heissmeyer les extirpó los ganglios linfáticos de las axilas. Diez procedían de Auschwitz y habían sido seleccionados por Josef Mengele, quien les aseguró que se los trasladaba para "reunirse con sus mamás".



Cuando la caída del frente occidental se volvió inminente, se consideró que la forma más eficaz de ocultar los horribles experimentos médicos era matar a los niños. La matanza se perpetró bajo la supervisión de Arnold Strippel, oficial de las SS. Johann Frahm fue el principal ejecutor material.



Colgó a los niños de ganchos, "como si fueran cuadros", y a los adultos de tuberías. Como algunos menores pesaban muy poco y no se asfixiaban, Frahm se abrazó a los cuerpos y utilizó su propio peso para romperles el cuello. Los SS Wilhelm Dreimann y Adolf Speck, que también participaron en los asesinatos, imitaron su forma de proceder.

El comandante Max Pauly y los SS que ejecutaron la matanza fueron ahorcados después de la guerra por orden de un tribunal británico, pero Heissmeyer y Strippel lograron escapar. La fuga de Strippel duró poco. Detenido y juzgado, pasó veinte años en prisión, pero en 1969 quedó en libertad y no murió hasta 1994.





Aunque fue juzgado de nuevo, no volvió a ingresar en la cárcel. Heissmeyer tuvo más suerte. Formó una familia y llegó a ser director de la clínica Westen de Magdeburgo, pero una investigación de la revista Stern sacó a la luz sus crímenes y fue arrestado en 1963. Durante los interrogatorios, afirmó que se mantenía fiel a la ideología nacionalsocialista y que no advertía diferencias entre un judío y un conejillo de Indias. Solo pasó cuatro años en prisión, pues en 1967 murió en su celda de un infarto.

La crueldad de la matanza de la escuela de Bullenhuser Damm y la falta de arrepentimiento de sus autores plantea un dilema moral: ¿hay crímenes imperdonables? El Tribunal de Núremberg creó el concepto de crímenes imprescriptibles para los crímenes de guerra y los crímenes de lesa humanidad y, años después, Naciones Unidas avaló esa nueva figura jurídica. Los crímenes de este tipo son tan graves que no pueden beneficiares de ninguna clase de prescripción y, en algunos casos, se castigan con prisión permanente revisable. El principio de justicia y reparación prevalece sobre el principio de rehabilitación.



En su ensayo El perdón (1967), Vladimir Jankélévitch describe la acción de perdonar como un "milagro ético". Es un gesto hiperbólico y asimétrico, un don puro y gratuito. No se basa en la proporcionalidad, sino en la determinación de romper la cadena lógica de la culpa y el castigo.



El perdón no es posible sin arrepentimiento. Si el que ha causado un sufrimiento injusto no lo lamenta, se clausura la oportunidad de ejercer la indulgencia. El perdón solo pueden concederlo las víctimas y no conlleva olvidar ni renunciar a la justicia. El perdón es un hecho moral, no un evento legal.

En 1971, Jankélévitch profundizó en la idea del perdón en Lo imperdonable. Judío y miembro de la Resistencia francesa, Jankélévitch afirma que un crimen como la Shoah es imperdonable, pues ni los jueces, ni los supervivientes, ni las generaciones posteriores, pueden hablar en nombre de los muertos.

La Shoah no fue un crimen común o una matanza asociada a una conflagración bélica, sino una "obra maestra del odio"

La Shoah no fue un crimen común o una matanza asociada a una conflagración bélica, sino una "obra maestra del odio" que pretendió alterar el concepto mismo de humanidad. Su objetivo era deshumanizar a determinados grupos para justificar su aniquilación.



No constituyó una represalia, sino un ataque gratuito contra determinadas personas por el simple hecho de existir. Se trata de un crimen "metafísico", "infinito", que exige una reparación infinita, algo que el ser humano no puede realizar.



Además, los arquitectos y ejecutores de la Shoah jamás se arrepintieron. Poco antes de ser secuestrado por el Mossad en Argentina, Eichmann concedió una entrevista y aseguró que sus huesos se estremecerían de alegría en la tumba al recordar su responsabilidad en el asesinato de seis millones de enemigos del Reich.



Ante esta actitud, el perdón solo sería claudicación moral y un agravio a la memoria de las víctimas. Absolver moralmente a sus verdugos, significaría condenarlas a una segunda muerte. No sería un acto de generosidad, sino una prolongación del crimen original.

El teólogo católico Johann Baptist Metz secunda los argumentos de Jankélévitch. Nadie –ni la Iglesia, ni el Estado, ni los teólogos– posee la legitimidad moral de otorgar el perdón en nombre de las víctimas de la Shoah. Metz critica duramente lo que llama una "teología de la reconciliación barata", que ignora el clamor imperecedero de los inocentes para restablecer la paz social y espiritual.



Esa clase de reconciliación solo es amnesia histórica y atenta contra la verdad y la moralidad. Metz rechaza la apocatástasis, la doctrina según la cual al final de los tiempos todas las criaturas, incluidos los pecadores, los condenados y el propio demonio, se reconciliarán con Dios y alcanzarán la salvación eterna.



La redención de criminales nazis que jamás se arrepintieron constituiría una perversidad. Solo serviría para disolver o neutralizar el sufrimiento real de los judíos masacrados. Dios es misericordia, sí, pero también justicia y, para que un verdugo y la sociedad que le respaldó puedan aspirar a la redención, han de pasar primero por un doloroso proceso de memoria, asunción de la culpa, reparación y escucha atenta de las víctimas.

Situar la redención del verdugo por encima del derecho a la justicia de la víctima es una aberración teológica

El perdón no puede ser un borrón y cuenta nueva. Solo puede acontecer como una transformación radical nacida de la confrontación directa con el horror perpetrado. Situar la redención del verdugo por encima del derecho a la justicia de la víctima es una aberración teológica. Después de Auschwitz, la prioridad moral absoluta es honrar a los que sufrieron y no salvar a los que causaron su desdicha.

El teólogo protestante Jürgen Moltmann desarrolla una perspectiva diferente. Si bien se opuso a la pena capital, Moltmann apoyó los juicios de Núremberg y exigió a la sociedad alemana que asumiera su responsabilidad colectiva en los crímenes del nazismo.



Sin embargo, sí cree en la posibilidad de la redención de los verdugos. Dios acompañó a las víctimas en Auschwitz y sufrió con ellas, pero su juicio no está orientado a la retribución o la venganza, sino a la sanación. La resurrección rescatará a las víctimas del olvido, la injusticia y el dolor, pero también abrirá sus puertas a los matarifes. No de forma inmediata, sino tras purificar y transformar sus almas, que con la ayuda de Dios admitirán la magnitud del mal causado y experimentarán un arrepentimiento sincero.

Las especulaciones teológicas solo son hipótesis inverificables. No sabemos si las víctimas serán consoladas y sanadas, y los opresores confrontados con la verdad de sus crímenes para ser transformados por el juicio purificador de Dios.



Sin embargo, la idea del perdón parece incompatible con el sufrimiento de los niños ahorcados en el sótano de la escuela de Bullenhuser Damm. Pienso que Hannah Arendt no se equivoca al describir el nazismo como mal radical.



No en el sentido kantiano, según el cual el ser humano tiende a ser egoísta y anteponer el placer al deber, sino en un sentido nuevo que conspira contra el concepto mismo de humanidad. La Shoah nació de la pretensión de excluir de la familia humana a diversos grupos. Su meta era alumbrar una nueva noción de humanidad, que descartaba lo más valioso de nuestra naturaleza: la libertad, la espontaneidad, la ternura y la diversidad.



Dado que el nazismo se negaba a compartir la Tierra con el pueblo judío y con los pueblos de gran número de naciones, no sería lógico compartir la Tierra con los creadores de una ideología exterminadora.



Hannah Arendt aprobó la ejecución de Eichmann. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y la pena capital hoy nos resulta inaceptable, pero el concepto de lo imperdonable conserva su vigencia.



Nadie puede hablar en nombre de los niños ahorcados. Solo ellos podrían perdonar a sus verdugos. Yo, personalmente, ni puedo ni deseo hacer nada semejante. Como escribió Jankélévitch, "el perdón murió en los campos de la muerte" y no puede aplicarse a los que "privaron para siempre a otros de toda palabra". Verdaderamente, hay crímenes imperdonables.