¿Qué habría dicho hoy Hannah Arendt sobre el nacionalpopulismo, esa nueva versión del fascismo que se propaga por todo el planeta como un virus?

Conviene recordar que la politóloga alemana de origen judío diferenciaba fascismo y totalitarismo. El fascismo es un nacionalismo radical que exalta la homogeneidad cultural y racial. Aunque su objetivo es destruir la libertad, la democracia y la diversidad, su estrategia no siempre contempla la confrontación directa. Casi siempre aprovecha las libertades democráticas para alcanzar el poder.

Después, cuando ha consolidado su posición mediante la supresión de los partidos políticos, la libertad de expresión y los derechos fundamentales, su ansia de dominación se proyecta sobre todos los grupos, transformando a todos los ciudadanos en potenciales enemigos del Estado.

En esa fase, el fascismo deviene totalitarismo y, por consiguiente, pone en marcha las políticas de exterminio. Es lo que sucedió en la Alemania nazi y en la Unión Soviética en la época de Stalin. Hitler y Stalin liquidaron a muchos de sus antiguos colaboradores y extendieron el poder del Estado a los eventos biológicos primarios, como el nacimiento y la muerte.

El totalitarismo es biopolítica. Fomenta el nacimiento de individuos sanos para servir como trabajadores, amas de casa o soldados y aplica medidas eugenésicas para librar a la sociedad del lastre de las personas improductivas, como los enfermos, los ancianos o los inadaptados.

Hannah Arendt advirtió que el totalitarismo no desaparecería. En el mundo contemporáneo, la soledad ya no es algo inaudito, sino una epidemia, lo cual propicia que los ciudadanos estén dispuestos a renunciar a sus libertades para integrarse en movimientos mesiánicos, donde la sensación de insignificancia y aislamiento se atenúa o desaparece. Ser parte de algo es mejor que no ser nada.

Dado que ese fenómeno persiste y todo indica que no se extinguirá a corto o medio plazo, el regreso del totalitarismo parece asegurado. Lo que hoy sufrimos se parece de momento al fascismo, pero podría convertirse en totalitarismo. Donald Trump ya ha hablado de individuos con “buenos genes” y se ha puesto a sí mismo como ejemplo. Algunos de sus seguidores han llegado a cuestionar el derecho a la reproducción de las personas enfermas y han manifestado la necesidad de preservar un Estados Unidos blanco y cristiano, un objetivo irrealizable sin familias con una abundante prole.

Este discurso no es un rasgo exclusivo del movimiento MAGA. También aparece en mayor o menor medida en Vox, Reagrupación Nacional, Futuro Nazionale, AfD y Rusia Unida, el partido que señala a Putin como su líder espiritual.

Evidentemente, ese discurso conlleva la deshumanización de los inmigrantes, a los que se acusa de ser el caballo de Troya del Gran Reemplazo, una operación diseñada por las elites para islamizar Occidente; las personas LGTBI, con un modelo de convivencia que atenta contra la familia “natural”; los ciudadanos progresistas, que no se dejan seducir por la doctrina de la Sangre y el Suelo, y los animalistas y ecologistas, cuya preocupación por el planeta y el bienestar del resto de las especies pone en peligro la “legítima” explotación de la biosfera.

La brutalidad del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), la agencia de la policía federal estadounidense que Trump ha convertido en un híbrido de la Gestapo y las SS, ya nos permite repetir la reflexión de Martin Niemöller en una versión actualizada: “Primero vinieron por los inmigrantes, y guardé silencio porque no era inmigrante”.

En la Italia de Meloni, la Rusia de Putin y los Estados Unidos de Trump, ya se han adoptado medidas hostiles contra las personas LGTBI y no se cesa demonizar y caricaturizar a la izquierda. El odio al “wokismo” y la Agenda 2030 se parece extraordinariamente a la paranoia anticomunista del macartismo.

La animadversión también salpica a los ecologistas y animalistas, que exigen una relación más ética y racional con la naturaleza. No solo por cuestiones morales, sino para evitar calamidades como el cambio climático, que comprometen el porvenir de la vida en el planeta.

Si la ultraderecha continúa avanzando y gana las elecciones en Francia, Alemania y conserva el poder en Estados Unidos, ¿se utilizará al ICE, la Guardia Nacional y fuerzas similares para tratar a los adversarios ideológicos con la misma violencia que se está utilizando con los inmigrantes? Quizás cuando se pueda responder esa pregunta, ya no quede nadie para hablar en nombre de los represaliados.

Hasta hace poco, el nacionalpopulismo intentaba cuidar su imagen, distanciándose de la vieja estética de las botas y los correajes, pero hace unas semanas Donald Trump ha colgado en el perfil de Truth Social, la red que él mismo creó después de sus problemas con Twitter y Facebook por su apoyo al asalto del Capitolio en 2021, una imagen creada con inteligencia artificial que muestra el posible uniforme de una hipotética fuerza espacial estadounidense: uniforme con tonos grises y negros, chaqueta de cuello alto, botas altas de cuero, gorra militar de plato.

Su amigo Elon Musk, un sudafricano con gestos que insinúan nostalgia del apartheid, como asegurar que sus compatriotas blancos están sufriendo un genocidio, tampoco disimula su simpatía por el fascismo. En varias ocasiones ha realizado el saludo romano y luego se ha burlado de sus detractores, afirmando que solo era un gesto de afirmación sin connotación ideológica.

El polémico saludo de Elon Musk durante la investidura de Trump y que muchos han comparado con el saludo nazi. Reuters

Algunos aún esperamos que la socialdemocracia y el viejo liberalismo (que no debe confundirse con el neoliberalismo ni con el anarcocapitalismo) puedan frenar a la ultraderecha y restablecer la normalidad democrática, pero ambas sufren una grave crisis de identidad y credibilidad.

Hannah Arendt estaba más cerca del liberalismo clásico que de la socialdemocracia. Arendt ha adquirido en las últimas décadas un prestigio extraordinario, pero eso no significa que acertara siempre en sus juicios.

Su tesis sobre la banalidad del mal es insostenible. Eichmann no era un gris funcionario que había perdido la capacidad de pensar por culpa del régimen nazi. Poco antes de ser detenido por el Mossad y trasladado a Jerusalén para ser juzgado por sus crímenes, alardeó en una entrevista del orgullo que le producía haber contribuido a exterminar a seis millones de adversarios del Reich. El mal no es un vástago de la banalidad, sino del fanatismo ideológico o religioso.

Hannah Arendt también se equivocó al justificar la resistencia de las familias blancas del Sur de Estados Unidos a que sus hijos acudieran a la escuela con niños negros, alegando que la libertad incluye el derecho natural de agruparse con quienes se desee por afinidad, estatus o convicciones. Aunque Arendt se oponía a la segregación, consideraba que la escuela —al igual que un club social o un hotel— no era un espacio público, sino privado y, en esa esfera, debía prevalecer la libertad de elegir con quién se quería uno relacionar.

Hoy en día, ningún gobierno o tribunal de una sociedad democrática aceptaría ese argumento, pues justifica la discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquiera otra condición o circunstancia personal o social.

Las críticas de Hannah Arendt a la socialdemocracia no rozan la ilegalidad, pero sí ponen en peligro la paz social. En La condición humana, la politóloga alemana afirma que la economía pertenece a la esfera de la necesidad y no debe invadir el ágora, pues cuando el debate político prioriza resolver las desigualdades económicas y garantizar el bienestar biológico y material de los ciudadanos (salud, vivienda, empleo), el ciudadano se degrada progresivamente, perdiendo su condición de agente deliberativo. En su lugar, se convierte en un simple beneficiario de los servicios proporcionados por el Estado, lo cual destruye su autonomía e iniciativa.

Es el mismo argumento que empleó el neoliberalismo y hoy el anarcocapitalismo para suprimir las ayudas sociales. El papel del Estado no es proteger, sino crear oportunidades y si el individuo no sabe aprovecharlas, debe asumir las consecuencias. Este planteamiento falaz omite que solo la intervención estatal puede evitar que las oportunidades sean determinadas exclusivamente por la procedencia social y que existe la obligación moral de no arrojar a la intemperie al que fracasa.

Pese a todo, Hannah Arendt no era una precursora de la filosofía neoliberal. De hecho, abogaba por consejos populares como los surgidos espontáneamente durante la Revolución Húngara de 1956 o en los inicios de la Revolución Americana, pues opinaba que ese sistema permitía a cualquier ciudadano participar de forma directa en los asuntos de su comunidad, sin la coerción de las elites ni los partidos.

Sin embargo, la crítica de Arendt a la socialdemocracia puede utilizarse para desmontar el Estado del bienestar, una maniobra que se puso en marcha en los ochenta con el consenso de socialdemócratas y liberales y que ha creado las condiciones para el auge del nacionalpopulismo.

La reconversión industrial dejó a millones de personas sin trabajo e hipotecó el futuro de varias generaciones. La precariedad y la desesperanza echaron raíces en regiones que habían gozado hasta entonces de estabilidad y prosperidad.

Esas regiones apoyan hoy en día al nacionalpopulismo, pues creen que la “remigración” es la solución a sus problemas. “Remigración” es un eufemismo de “limpieza étnica” que esconde la vieja táctica de crear chivos expiatorios para desviar la atención de los verdaderos responsables de las catástrofes políticas y sociales.

Hannah Arendt habría condenado el actual neopopulismo, pero su crítica al Estado del bienestar abre una brecha que sirve de puerta de entrada a los enemigos de la democracia.

El historiador estadounidense Timothy Snyder ofrece argumentos mucho más sólidos contra el neopopulismo, un fenómeno emergente desde que se comenzó a romper el pacto social gracias al cual se reconstruyó Europa después de la Segunda Guerra Mundial.

La libertad, señala Snyder, no es simplemente un concepto negativo. No consiste solo en eliminar los obstáculos para el desarrollo económico, sino en adquirir compromisos morales y crear posibilidades. “La libertad no es solo ausencia del mal. La libertad es la presencia del bien. Es el valor supremo, la condición en la que elegimos y combinamos las cosas buenas y las traemos al mundo y así dejamos nuestra huella única y personal. Es una idea en positivo”.

Para algunos líderes nacionalpopulistas, la libertad consiste en suprimir cualquier límite o restricción, incluidos los que protegen los derechos de las minorías o los más vulnerables.

En Estados Unidos, un diabético sin un seguro médico privado puede llegar a pagar mil dólares mensuales por su tratamiento. En cambio, puede comprar una pistola por cien dólares. Eso no es libertad. No hay dignidad ni soberanía individual sin solidaridad. La libertad es un concepto vacío si las instituciones no garantizan derechos básicos, como la sanidad, la educación, salarios dignos y viviendas asequibles.

El Estado del bienestar es el mejor escudo de la democracia. La desigualdad extrema destruye el tejido social y hace que los ciudadanos sean más vulnerables a los discursos populistas y autoritarios.

Snyder invita a los ciudadanos a no dejarse manipular y a no colaborar con las normas inmorales de los gobiernos populistas. La desobediencia es un gesto legítimo y mirar hacia otro lado nunca es ético.

Snyder invita a luchar contra los símbolos de odio, como la esvástica. Si nos cruzamos con ellos, hay que actuar: “Quítalos tú mismo y da un ejemplo para que otros lo hagan”.

No hay que esconderse en la multitud. No hay que tener miedo a destacar: “Alguien tiene que hacerlo”. Para defender la libertad, a veces hay que adoptar conductas incómodas: “Recuerda a Rosa Parks. En el momento en que das un ejemplo, se rompe el hechizo del statu quo, y otros seguirán”.

La libertad y la democracia exigen sacrificios. “Sé tan valiente como puedas —escribe Snyder—. Si ninguno de nosotros está preparado para morir por la libertad, entonces todos moriremos bajo la tiranía”.