Un fantasma recorre el mundo y se llama fascismo. En Estados Unidos, los agentes del ICE detienen, confinan, deportan y, en ocasiones, matan a los inmigrantes ilegales o a los ciudadanos estadounidenses que piden respeto a los derechos humanos. Donald Trump insinúa que podría presentarse a un tercer mandato, pese a que lo prohíbe la Constitución desde 1951 y acusa a sus adversarios de conspirar para alterar el resultado de las elecciones.

Alternativa para Alemania encabeza la intención de voto en las encuestas, pese a que la Oficina para la Protección de la Constitución concluyó en un informe de 2025 que el partido es una organización extremista cuya pretensión es destruir la democracia y la Constitución.

En Francia, Marine Le Pen, que mantiene un discurso antieuropeo e islamófobo, podría ser la próxima presidenta, y en Italia, el general retirado Roberto Vannacci, líder de Futuro Nacional, ya supera a la Liga y a Forza Italia con un discurso que pide implantar instrucción militar en las escuelas, prohibir la presencia de personas LGTBI en la televisión entre las seis de la mañana y las once de la noche, rebajar la edad de imputación penal a los doce años y modificar las leyes contra la tortura para ampliar el margen de actuación de la policía en los interrogatorios.

Vannacci reivindica “una derecha identitaria, pura y vital, radicada en la tradición romana y cristiana, que pone en el centro la familia natural, la identidad, la seguridad, el mérito y la tradición” y que promueve “la formación de hombres fuertes, capaces de dominar las emociones y las pasiones, protegiendo a las mujeres y ofreciéndose a sí mismos para la construcción y la defensa de la sociedad”.

En cuanto a España, destacados líderes de Vox ya han participado en foros y cumbres de carácter identitario y supremacista. En 2026, la diputada Rocío De Meer intervino en el encuentro Remigration Summit celebrado en Portugal. En estos eventos se habla abiertamente de la defensa de la Europa blanca y cristiana y se exaltan conceptos como la remigración (la expulsión masiva de inmigrantes, incluidos los que disponen de documentación legal o ciudadanía europea), con el pretexto de que es la única forma de frenar una supuesta “sustitución demográfica” impulsada por la izquierda woke y la Agenda 2030.

Mann describió el fascismo como “barbarie organizada”, un movimiento primitivo, nihilista y destructivo

El riesgo de que el fascismo regrese no es una exageración retórica. El historiador Julián Casanova ha señalado que ya concurren todas las circunstancias necesarias para esa catástrofe: una izquierda débil y sin proyecto, una derecha liberal que asume las tesis de la ultraderecha para no perder electores, un clima de frustración social provocado por los bajos salarios, la espiral inflacionista y la imposibilidad de acceder a una vivienda, y una creciente deshumanización de los inmigrantes, convertidos en chivos expiatorios de todos los males.

Ahora el odio ya no se dirige a los judíos, que en Europa solo suman un millón trescientas mil personas frente a los nueve millones y medio que había en 1930, sino hacia los inmigrantes, especialmente los musulmanes, 26 millones en una Unión Europea con 450 millones de ciudadanos.

Releer a Thomas Mann se ha convertido en algo muy recomendable en este momento. El escritor y premio Nobel alemán advirtió que si el fascismo regresaba (y ya lo está haciendo), lo haría en nombre de esa libertad que tanto exaltan los líderes populistas de la ultraderecha.

Después de apoyar a Alemania durante la Primera Guerra Mundial, Thomas Mann cambió de perspectiva y se convirtió en uno de los más feroces críticos del nazismo. Mann describió el fascismo como “barbarie organizada”, un movimiento primitivo, nihilista y destructivo que sustituía la razón y la justicia por el culto místico a la violencia. En sus alocuciones radiofónicas en la BBC, Mann afirmó que el régimen nazi despojaba a los ciudadanos de su dignidad moral, transformándolos en cómplices de sus crímenes mediante su incitación a la obediencia ciega.

Eso sí, el escritor apuntaba que una dictadura basada en el odio, la mentira y la agresión no podía durar demasiado, pues el anhelo de libertad siempre es más fuerte que cualquier aparato represivo. Mann afeó la conducta de los intelectuales y artistas que no alzaban la voz para combatir el fascismo. No es ético refugiarse en un gabinete de lectura o un taller de pintura cuando se pisotean las libertades y mueren inocentes. A los artistas e intelectuales les corresponde ser los guardianes de la libertad y los valores democráticos.

Entre 1940 y 1945, Thomas Mann grabó desde su exilio en Estados Unidos un total de cincuenta y cinco alocuciones que la BBC británica retransmitió a Alemania mediante onda corta. Goebbels utilizaba la radio y la propaganda para manipular las conciencias y el escritor pensó que solo se podían neutralizar sus campañas de intoxicación con las mismas armas.

Thomas Mann fue una de las primeras voces que denunció el exterminio de los judíos. En 1941 comunicó al mundo la existencia de cámaras de gas y advirtió que se estaba cometiendo un genocidio a escala industrial. El autor de La muerte en Venecia no exculpaba al ciudadano común, pues la sociedad alemana había apoyado a Hitler con fervor o había aceptado pasivamente su liderazgo.

Mann insistía que Hitler no representaba a Alemania, sino a una visión distorsionada y enferma del país. La verdadera Alemania era la que había cultivado la filosofía, la literatura, el arte, la música y el humanismo. A diferencia de los líderes nazis, Mann hablaba con serenidad y siempre comenzaba con la misma expresión: “¡Oíd, alemanes!”. Su exclamación era un aldabonazo en la conciencia de la nación.

Muchos piensan que es necesario recuperar la grandeza de un pasado que solo existe en las fantasías de los nostálgicos de un mundo jerárquico y desigual

En sus últimas alocuciones, pedía que el fin de la guerra se convirtiera en una oportunidad para la regeneración moral de la sociedad y la construcción de una nueva época con la verdad y la libertad como sólidos cimientos. Para Alemania, perder la guerra no sería una catástrofe, sino una victoria, pues significaría liberarse definitivamente de la esclavitud y la degradación moral.

Desgraciadamente, en la era de TikTok, el iPhone y los influencers, leer se ha convertido en una rareza y tal vez esa es una de las causas de que Alternativa para Alemania haya ganado las elecciones locales en la Alta Sajonia. A diferencia de Meloni y Marine Le Pen, que han moderado su discurso, el partido de Alice Weidel alardea de su radicalismo. Su programa para el Land incluye deportaciones masivas, enseñanza segregada (extranjeros y discapacitados en aulas diferentes), exaltación patriótica en las escuelas y actos públicos, acercamiento a la Rusia de Putin, supresión de cualquier subvención a movimientos feministas y LGTBI, y una revisión de la historia en los manuales de texto que relativice los crímenes del nazismo.

Algunos piensan que la previsible derrota de Trump en las elecciones de noviembre, donde podría perder el control de las dos cámaras, pondrá fin a una época aciaga, pero el escritor Douglas Stuart considera que ni siquiera una victoria demócrata en las elecciones presidenciales logrará desarbolar el clima de odio sembrado por los republicanos. “Más que Trump, me dan miedo sus votantes”, admite Stuart.

La peste de la que hablaba Albert Camus en su famosa alegoría ya ha infectado a toda la sociedad. No solo en Estados Unidos, sino también en América Latina y Europa. Si, además, reparamos en el acoso que está sufriendo el Tribunal Penal Internacional (13 de sus jueces y fiscales no pueden entrar en Estados Unidos y se han cancelado sus tarjetas de crédito) y el ataque con drones rusos que ha sufrido el aeropuerto de Leipzig, un ensayo de lo que podría ser una escalada bélica entre la UE y la autocracia de Putin, el panorama no puede resultar más alarmante.

Como advirtió Thomas Mann en 1947 en su novela Doktor Faustus, el fascismo no es una simple ideología política, sino una enfermedad del espíritu y la cultura. Al igual que el brillante compositor Adrián Leverkühn, la sociedad está dispuesta a pactar con el diablo. Muchos piensan que es necesario renunciar a la moral, los derechos humanos y la compasión para recuperar la grandeza de un pasado que solo existe en las fantasías de los nostálgicos de un mundo jerárquico y desigual. Trump, Putin, Alice Weidel, Elon Musk, Milei, Abascal, Netanyahu y el general Roberto Vannacci consideran que la solidaridad es un gesto de debilidad o traición y sus seguidores suscriben esa perspectiva inmoral e inhumana.

En este momento tan lúgubre, hay que volver a Thomas Mann, uno de los grandes novelistas del siglo XX y un humanista que se enfrentó a su propio país para erradicar el fascismo. Al igual que Hermann Hesse, Mann desconfiaba del patriotismo, pues en su nombre se habían destruido millones de vidas inocentes. El escritor se consideraba un hombre como cualquier otro y pensaba que su misión como intelectual era ayudar a sus compatriotas a “reaprender a vivir” conforme a los valores de la democracia. Para ello, abogaba por someter a las naciones a organismos internacionales con la capacidad de juzgar los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad. Solo así se podrían restaurar en Europa y el resto de los continentes los principios de libertad y solidaridad.

Trump y algunos de sus compinches, a los que podemos calificar como “hatajo de apocalípticos piojosos” apropiándonos de una expresión de Thomas Mann, presumen de no haber leído un libro completo, pero el mundo saldría ganando si leyeran las alocuciones radiofónicas del autor de La montaña mágica.

Necesitamos a intelectuales como Thomas Mann, Hannah Arendt, Albert Camus, Hermann Hesse, María Zambrano o Bertrand Russell. Escritores valientes y comprometidos que pongan su talento al servicio de la verdad y la dignidad del ser humano. En sus Cartas a un amigo alemán, Albert Camus escribió: “Pronto amanecerá el día en que les venceremos. Sé que el cielo, que fue indiferente a sus atroces victorias, seguirá siéndolo a su justa derrota. Tampoco hoy espero nada de él. Pero habremos contribuido al menos a salvar al ser humano de la soledad a la que querían ustedes reducirlo. Por haber despreciado esa fidelidad al hombre, serán ustedes quienes mueran solitarios a millares. Ahora puedo decirle adiós”.

Ojalá también nosotros podamos decir adiós a ese nuevo fascismo que recorre el mundo y que conspira para destruir todo lo bello, bueno y fraterno que hay en el ser humano.