Javier Gomá ha formulado un imperativo que no implica obligación jurídica, pero que sí debería ser preceptivo para todo el que aspire a vivir conforme a un ideal capaz de justificar su existencia. No es suficiente vivir. Hay que aportar algo al mundo, dejarlo un poco mejor de lo que estaba antes de que irrumpiéramos en él. Solo de este modo nuestra muerte se revelará como una pérdida objetiva y no como un deceso más.



No es necesario realizar grandes hazañas o lograr extraordinarios hallazgos, pues casi todos estamos abocados a vivir de forma más o menos anónima, sin alterar el curso de la Historia. Sin embargo, sí está en nuestra mano influir en las pequeñas historias que se mezclan con nuestro propio devenir, tal como se aprecia en ¡Qué bello es vivir!, la maravillosa fábula de Frank Capra.

George Bailey, el personaje interpretado por James Stewart, solo es el director de una pequeña entidad bancaria que prioriza el servicio a la comunidad sobre el beneficio empresarial. Su meta es ayudar a sus vecinos a convertirse en propietarios de viviendas dignas. La negligencia de su tío Billy, un conmovedor Thomas Mitchell, provoca que su humilde banco se exponga a la quiebra y el escándalo.

Billy ha extraviado una gran cantidad de dinero cuando se disponía a ingresarlo en el banco de Potter, el cacique local, y todo el mundo creerá que ese despiste solo es una maniobra para ocultar un desfalco.



Desesperado, George piensa en suicidarse, pero un ángel le muestra cómo habría sido el mundo si él no hubiera existido: su hermano Harry habría muerto ahogado, su antiguo jefe habría sido acusado de envenenar a un niño, su tío Billy habría finalizado sus días en un manicomio, Violet, una de sus amigas de infancia, habría caído en manos de los proxenetas, su mujer se habría quedado soltera y, sobre todo, su ciudad se habría transformado en un nido de corrupción, pobreza y violencia.

El imperativo de Javier Gomá es tan preciso e iluminador como los imperativos kantianos, pero, además, posee una hermosa carga emocional: “Vive de tal manera —con tal ejemplaridad, con tal dignidad—que tu muerte sea escandalosamente injusta”.



Dicho de otro modo: deja una imagen de tu vida que ponga de manifiesto la fecundidad de tu existir y que evidencie el empobrecimiento del mundo al perder tu presencia. Las vidas ejemplares poseen un plus de existencia, pues su recuerdo perdura e influye en la posteridad. A diferencia de las Ideas platónicas, abstractas y lejanas, son universales concretos e invitan a la emulación.

Algunas vidas ejemplares son particularmente inspiradoras por su influencia en la esfera pública, como las de Nelson Mandela, Irena Sendler, Rosa Parks, Martin Luther King, Ruth First, Dietrich Bonhoeffer, Óscar Romero, Sophie Scholl o Edith Stein. En cambio, las vidas ejemplares anónimas pasan desapercibidas para la mayoría, pero dejan una profunda huella en su entorno. Un buen maestro, un buen padre o un buen médico contribuyen al progreso moral de la humanidad. Su trabajo nunca es en vano e incitan a la emulación.

La ejemplaridad no es solo un ideal o un precepto. Salva al mundo a diario, pues introduce la esperanza en los escenarios más sombríos. La filósofa alemana de origen judío Edith Stein, que había sido enfermera voluntaria durante la Primera Guerra Mundial, llevó esperanza a las familias seleccionadas para ser deportadas a Auschwitz desde el campo de tránsito de Westerbork, ubicado en la provincia de Drenthe, al noreste de los Países Bajos.



Con su hábito de carmelita, lavó, peinó, jugó y consoló a los niños más pequeños, actuando como un faro de humanidad en un lugar donde la mayoría de los adultos habían sucumbido al miedo, la desesperación y la locura. Durante los dos días que duró el viaje en un vagón de ganado, conservó la calma e intentó aliviar la angustia de sus compañeros de infortunio, hacinados como reses camino del matadero. Antes de subir al vagón, se dirigió a su hermana Rosa, carmelita seglar, y le dijo: “Ven, vamos por nuestro pueblo”.

Al descender del tren en la rampa de Auschwitz-Birkenau, Edith, de 50 años, y Rosa, de 58, fueron seleccionadas para morir directamente en la cámara de gas con los niños, los enfermos y los ancianos. Los historiadores y biógrafos destacan su serenidad ante la muerte inminente. Afrontó el martirio, musitando oraciones y confortando al resto de las víctimas. Murió gaseada el 9 de agosto de 1942 en una de las cabañas de Birkenau conocidas como “Casitas Blancas” (Bunker 2).



Edith se había convertido al catolicismo tras leer a Santa Teresa de Jesús y, no sin pasar por un período de formación, había sido ordenada carmelita descalza, pero su conversión no evitó que la Gestapo la detuviera en el convento de Echt (Holanda) como represalia por una carta de protesta de los obispos católicos holandeses contra la deportación de judíos.

Edith Stein en 1920. Wikipedia

Canonizada como Santa Teresa Benedicta de la Cruz el 11 de octubre de 1998 en la Plaza de San Pedro y nombrada Copatrona de Europa, Juan Pablo II citó durante la ceremonia algunas de sus reflexiones más hermosas. Para la carmelita descalza, “nuestro amor al prójimo es la medida de nuestro amor a Dios. Para los cristianos, y no solo para ellos, nadie es extranjero”.

La verdad siempre está ligada a la ternura y la solidaridad: “No aceptéis como verdad nada que carezca de amor. Y no aceptéis como amor nada que carezca de verdad. El uno sin la otra se convierte en una mentira destructora”. El teólogo suizo Hans Küng acusó al Vaticano de usar la figura de la carmelita para “limpiar la culpa histórica” del silencio de la Iglesia ante los crímenes del nazismo.



De hecho, Stein escribió a Pío XI en 1933 para pedirle que condenara públicamente la persecución de los judíos, pero el pontífice no respondió a su carta. Las críticas de Pío XII llegaron demasiado tarde, cuando el régimen de Hitler ya se encaminaba hacia su ocaso. Kung señaló que Stein no fue asesinada por ser carmelita descalza, sino por su condición de judía. Hoy podríamos decir que Stein representaba esa síntesis de fe y razón de la tradición judeocristiana, que el nazismo pretendió borrar de la faz de la Tierra.

Alumna y ayudante de Edmund de Husserl, Edith Stein introdujo el concepto de empatía en la perspectiva fenomenológica, asegurando que era la llave para acceder al interior de los demás y forjar lazos que posibilitaran la constitución de una comunidad. “No somos mónadas sin ventanas —escribió Stein—. Estamos hechos para prestar atención a los demás”. Stein no hablaba por hablar. Sus reflexiones no eras abstracciones, sino máximas morales que regulaban su relación con sus semejantes.



Así lo corrobora el testimonio de una superviviente de la Shoah, que coincidió con ella en Westerbork: “Había una monja que me llamó especialmente la atención y a la que jamás he podido olvidar, a pesar de los muchos episodios repugnantes de los que fui testigo allí. Aquella mujer tenía una sonrisa que no era una simple máscara, sino que iluminaba y daba calor. Era la imagen de una mujer algo mayor, pero con aspecto juvenil. Era de una pieza, auténtica y verdadera. En una conversación dijo ella: “El mundo está lleno de contradicciones; en último término nada quedará de estas contradicciones. Solo el gran amor permanecerá. ¿Cómo podría ser de otra manera?”.

Edith Stein vivió de tal forma, con tal ejemplaridad, con tal dignidad, que su muerte fue escandalosamente injusta. Su desaparición significó una grave pérdida de inteligencia, compasión, generosidad y valentía. Sin embargo, su vida es un universal concreto, un ejemplo vivo de la estructura fundamental de la realidad humana.



La ejemplaridad es el ser del ente, lo verdaderamente real y duradero. No solo invita a la imitación. Además, abre la ventana de la trascendencia, pues su repercusión rebasa el tiempo de la vida biológica. Algunos interpretarán la ejemplaridad como un ideal regulativo, pero —como apunta Gomá— yo creo que vidas como las de Edith Stein evidencian que la inmortalidad personal es necesaria, pues el corazón y la justicia humana exigen que una vida fructífera y hermosa no sea aniquilada para siempre.