Los grandes cambios históricos a veces se producen a partir de pequeños gestos. El 1 de diciembre de 1955, Rosa Parks, una costurera afroamericana de unos grandes almacenes de Montgomery, Alabama, subió al autobús al finalizar su jornada y ocupó un asiento en la fila undécima, cumpliendo la ley que reservaba las diez primeras para los blancos.

Durante el trayecto, se llenaron las diez primeras filas y el conductor indicó a los pasajeros negros que se desplazaran hacia la parte trasera. Parks se negó y el conductor, irritado, paró el autobús para llamar a la policía. Pocos minutos después, dos agentes detuvieron a Parks, la esposaron y la llevaron a comisaría.

Clifford Durr, un abogado blanco de ideas progresistas, conocía a Rosa y cuando se enteró de lo sucedido, pagó los cien dólares de fianza impuestos por el juez. Parks quedó en libertad, pero pendiente de juicio.

Aunque las leyes federales ya habían establecido que la segregación era ilegal, los gobernadores de Misisipi, Texas, Arkansas o Alabama y los alcaldes de sus ciudades, utilizaban las leyes, ordenanzas y costumbres locales para impedir que los niños negros pudieran estudiar en los mismos colegios que los blancos o jugar en los mismos parques.

Los líderes comunitarios de Montgomery se solidarizaron de inmediato con Rosa Parks y convocaron un boicot el día 5 de diciembre, la fecha fijada para el juicio. Dado que las tres cuartas partes de los pasajeros eran negros, la empresa tendría que recapacitar, si no quería sufrir graves pérdidas materiales.

El pastor Ralph D. Abernathy, firmemente comprometido con la lucha por los derechos civiles, pidió al joven reverendo Martin Luther King, pastor de la iglesia baptista de la calle Dexter, que le cediera un espacio para organizar el boicot.

Luther King dudó, pues acababa de ser padre y temía las represalias, pero al final accedió. Casi sin darse cuenta, había dado el primer paso para convertirse en una de las grandes personalidades de la segunda mitad del siglo XX.

Con veintiséis años, Martin Luther King Jr. procedía de una familia de clase media de Atlanta, capital del estado de Georgia, y solo llevaba seis meses en Montgomery. Bisnieto, nieto, hijo, sobrino y hermano de predicadores, su destino parecía escrito desde la cuna. Personalmente, le incomodaba que los religiosos hablaran constantemente del más allá y no se preocuparan demasiado de las injusticias del más acá.

Durante sus años de estudiante universitario en Morehouse College, un centro en el que solían matricularse los negros de clase media de Atlanta, leyó a Hegel y Marx, al teólogo Walter Rauschenbusch, un apologista del compromiso social, y al teólogo y filósofo Reinhold Niebuhr, según el cual el poder real no residía en el pueblo, sino en las elites económicas, que defendían sus privilegios mediante la manipulación y la fuerza. Aunque nunca fue marxista, hacia el final de su vida Luther King se aproximó al socialismo democrático, pues pensó que era el mejor camino hacia una sociedad igualitaria.

Rosa Parks fue condenada a pagar diez dólares de multa y esa misma tarde King pronunció su primer discurso político, donde se pronunció a favor de la protesta y la desobediencia civil no violenta.

El boicot contra los autobuses continuó y arreciaron las críticas contra el pastor baptista, al que acusaron de agitador y de olvidar su misión espiritual. King respondió que el mensaje de salvación del evangelio también incluía una dimensión social, pues Jesús predicó indistintamente el amor y la justicia.

King fue detenido y pasó unas horas en una celda. La privación de libertad le afectó, pero no renunció a su papel de líder y continuó promoviendo el boicot, que se prolongó año y medio. Finalmente, el Tribunal Supremo dictaminó en 1956 que la segregación en espacios públicos era ilegal y el 20 de diciembre King subió a un autobús, pagó un billete y se sentó al lado de un blanco antisegregacionista.

El boicot de Montgomery convirtió a Martin Luther King en el líder indiscutible de la lucha por los derechos civiles.

En los meses siguientes, se entrevistó con Nixon, Eisenhower, viajó a la India para conocer a Nehru y profundizar en la obra de Gandhi, y fue apuñalado en Nueva York mientras firmaba ejemplares de su primer libro por una mujer desequilibrada, que le infligió una herida profunda en el pecho con un abrecartas. Los médicos indicaron que si hubiera estornudado o hecho un movimiento brusco, la hoja habría perforado la aorta y muerto en segundos.

Ya recuperado, King fundó la Conferencia para el Liderazgo Cristiano del Sur y decidió que el siguiente paso era una campaña para conseguir que los negros del Sur pudieran inscribirse en el censo y votar.

De nuevo, planteó como estrategia la desobediencia civil no violenta, convencido de que un objetivo ético no se podía materializar con medios inmorales. King fue detenido en un restaurante de Atlanta que prohibía la entrada a los negros y, tras un juicio rápido, condenado a cuatro meses de cárcel, pero gracias a la mediación de los Kennedy, que ya competían con Nixon para llegar a la Casa Blanca, fue liberado enseguida.

El 16 de abril de 1963, King fue detenido de nuevo en Birmingham, Alabama, por participar en un boicot a comercios de blancos que impedían el paso a los negros y no los contrataban como empleados. Birmingham era una de las ciudades donde las escuelas aún seguían segregadas y la comunidad afroamericana sufría intolerables humillaciones.

Durante su estancia en prisión, King escribió una elocuente carta que incluye una de sus reflexiones más célebres: "En esta generación tendremos que lamentar no solo las palabras y las acciones odiosas de las malas personas sino el terrible silencio de las buenas personas". Al igual que en Montgomery, el boicot triunfó y se firmó un acuerdo para que la segregación dejara de aplicarse en cafeterías y restaurantes y para que se contratara a empleados negros.

El sueño de los derechos civiles

El 28 de agosto de 1963 marcó un hito histórico con la Marcha sobre Washington, que reunió a 250.000 personas y que culminó con el célebre "Tengo un sueño", una inspiradora alocución de Martin Luther King. El discurso hoy se enseña de forma obligatoria en todas las escuelas de Estados Unidos.

La América profunda respondió al desafío con un brutal atentado con bomba contra la Iglesia Bautista de la Calle 16 de Birmingham. Cuatro miembros del Ku Klux Klan colocaron diecinueve cartuchos de dinamita conectados a un temporizador debajo de las escaleras ubicadas en el lado este de la iglesia. Cuatro niñas con edades comprendidas entre los catorce y los diecisiete años murieron en el acto.

La explosión fue tan intensa que el cuerpo de una de las niñas fue decapitado y mutilado. Otras veintidós personas sufrieron graves heridas. El primer juicio contra los cuatro autores de la masacre no se celebró hasta 1977 y el último, en 2002, una fecha vergonzosamente tardía. Uno de los terroristas murió sin ser juzgado. La escalada de violencia prosiguió, con objetivos cada vez más ambiciosos.

El 22 de noviembre de ese año, el presidente John F. Kennedy fue asesinado en Dallas. Aunque la investigación de la Comisión Warren concluyó que Lee Harvey Oswald actuó en solitario, muchos se mostraron escépticos, como Bertrand Russell, que escribió un pequeño ensayo acusando a las autoridades de falta de imparcialidad, manipulación y ocultamiento de informes médicos, y exclusión deliberada de testigos presenciales.

El 14 de octubre de 1964 el Comité Noruego del Nobel anunció que había concedido el Premio Nobel de la Paz a Martin Luther King, lo cual abrió una pequeña ventana a la esperanza. King recogió el galardón en Oslo y, con treinta y cinco años, se convirtió en el hombre más joven de la historia en recibir ese reconocimiento.

El Comité destacó que había librado una lucha justa y necesaria sin utilizar la violencia, enviando un mensaje de paz, esperanza y fraternidad a todas las naciones. King donó los 54.000 dólares del premio a la lucha por los derechos civiles, y enseguida asumió un nuevo objetivo. Los negros de Selma, Alabama, no conseguían ser inscritos como votantes. Hasta ese momento, solo un 2% aparecía en el censo por culpa de maliciosas trabas burocráticas.

La marcha de Selma

Se eligió el puente de Selma como escenario de una marcha multitudinaria para reclamar el fin de esa discriminación injusta. Durante las protestas, la policía mató a un joven diácono y, pocas horas después, una turba de racistas propinó una paliza mortal al ministro unitario blanco, James Reeb.

A pesar de los incidentes, 25.000 manifestantes llegaron el 21 de marzo de 1965 al Capitolio de Montgomery tras recorrer a pie ochenta y siete kilómetros. King pronunció un discurso en las escaleras del parlamento, asegurando que América no podía posponer más los derechos constitucionales de los negros.

Esa misma noche, cuatro miembros del Ku Klux Klan asesinaron a Viola Liuzzo, un ama de casa blanca de treinta y nueve años y madre de cinco hijos que había viajado desde Detroit, Michigan, para apoyar la histórica marcha. La conmoción provocada por los sucesos de Selma resultó determinante para que el 6 de agosto el presidente Lyndon B. Johnson firmara la Ley de Derechos Electorales.

Más allá de lo racial

En los años siguientes, Luther King trascendió el marco de la lucha contra la segregación racial. Se opuso abiertamente a la guerra de Vietnam, criticó el imperialismo de Estados Unidos y subrayó su convicción de que la pobreza atentaba contra la democracia y la libertad.

Su lucha contra la guerra y la desigualdad agudizó el odio de los sectores conservadores, que lo acusaron de comunista. El FBI, que había pinchado sus teléfonos y espiaba sus movimientos, comenzó a inventar bulos para presentar a King como un depravado sexual. Se envió la información a la prensa para desacreditarlo, pero los periódicos declinaron publicar las calumnias, alegando que no se prestaban a esa clase de maniobras.

El 3 de abril de 1968 King se desplazó a Memphis para apoyar una huelga de basureros. El 95 % eran negros, cobraban salarios miserables y trabajaban en condiciones peligrosas. Esa tarde, pronunció un discurso profético y sombrío que parecía anticipar su muerte: "Tenemos por delante algunos días difíciles. Pero eso no me preocupa ahora. Solo quiero hacer la voluntad de Dios. Y él me ha permitido subir a la cima de la montaña. Y he mirado desde allí. Y he visto la tierra prometida. Quizás no llegue allí con vosotros. Pero quiero que sepáis esta noche que nosotros, como un pueblo, llegaremos a la tierra prometida. Y estoy contento, esta noche. No estoy preocupado por nada. No temo a ningún hombre. Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor".

Al día siguiente, poco antes de acudir a una cena, Martin Luther King salió al balcón del motel donde se alojaba y un francotirador le disparó, causándole heridas mortales. Una hora después falleció en el hospital St. Joseph’s. James Earl Ray, un delincuente habitual, confesó el crimen, pero tres días después se retractó.

La familia de King siempre ha sostenido que se trató de un crimen de Estado y no el acto individual de un racista. Supuestamente, el gobierno temía el creciente liderazgo del pastor baptista contra la Guerra de Vietnam y la proyectada marcha de protesta de los pobres hacia Washington.

El hecho de que se retirara la protección policial poco antes del asesinato y la confesión en 1993 de Loyd Jowers, dueño de un restaurante cercano al motel, que afirmó en televisión que le habían pagado para dejar que se apostara un francotirador en unos arbustos situados detrás de su negocio, determinaron que en 1999 un jurado dictaminara unánimemente que King murió a causa de una conspiración gubernamental.

Los discursos y artículos de Martin Luther King son obras maestras de la literatura política. No son simple propaganda, sino reflexiones de gran hondura que trascienden su marco histórico. "Tengo un sueño" ya es un clásico de la lucha por la libertad, la democracia y los derechos humanos.

Sus frases, contundentes y afiladas, conservan su vigencia en un mundo que gira hacia posiciones antidemocráticas. King afirmó que los negros, cien años después de su liberación por Lincoln, seguían viviendo en "una solitaria isla de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material". Desde entonces, no han cambiado demasiado las cosas, salvo en los aspectos legales.

En 2026, 40 millones de estadounidenses viven en la pobreza y cerca del 80 % carece de cobertura sanitaria. La tasa de pobreza de los afroamericanos es más del doble en comparación con la de los blancos no hispanos.

El "otoño de libertad e igualdad" que soñó King aún no ha llegado. El pastor baptista manifestó albergar el sueño de sus cuatro hijos pequeños vivirían un día en una nación donde no serían juzgados por el color de su piel, sino por su carácter y los hijos de los antiguos esclavos compartirían "la mesa de la fraternidad" con los hijos de sus antiguos propietarios.

Ese sueño no se ha materializado. El 75% de los negros e hispanos aseguran haber sufrido prejuicios racistas. No es un problema individual, sino institucional. La policía aún sigue aplicando una violencia desmedida contra los negros, como sucedió con George Floyd y los agentes del ICE, la infame agencia federal creada por George W. Bush y engordada por Trump, seleccionan a sus víctimas por el color de su piel.

King siempre abogó por la no violencia. El fin nunca justifica los medios. Al revés, los medios suelen ser el aval moral de un fin. El odio se combate con dignidad, firmeza y con "la fuerza del alma".

Ahora que Estados Unidos se ha convertido en una anocracia (un sistema de gobierno híbrido que mezcla rasgos de la democracia y de la autocracia), los demócratas deberían olvidar sus diferencias y trabajar juntos para restablecer una convivencia ética. "No podemos caminar solos -afirmó King-. Y a medida que caminamos, debemos comprometernos a marchar siempre hacia adelante. No podemos darnos la vuelta".

El mundo necesita hoy figuras como Martin Luther King, Nelson Mandela, Olof Palme o Enrico Berlinguer. Mientras aparecen, nos queda el consuelo de evocar su ejemplo y explotarlo como inspiración.