Hijo y nieto de rabinos, Isaac Bashevis Singer recibió una educación judía tradicional. Durante sus años de formación, estudió textos bíblicos en hebreo y arameo y se familiarizó con el Talmud. Nacido en el Reino de Polonia cuando aún pertenecía al Imperio ruso, emigró a Estados Unidos en 1935, alarmado por el auge del nazismo. Enseguida adquirió fama y reconocimiento por sus cuentos y novelas.

Escribir en yidis no le impidió obtener el Premio Nobel de Literatura en 1978. Su éxito como narrador relegó a un segundo plano su talento como agudo ensayista, pese a publicar infinidad de artículos en revistas de cultura y pensamiento. Ahora, la editorial Acantilado ha reunido varios de estos textos en un volumen titulado Viejas verdades, nuevos clichés. Singer siempre fue un hombre con un agudo sentido moral y una persistente inquietud espiritual. Con un pensamiento independiente, jamás se sometió a ninguna ortodoxia y siempre prestó su voz a los más vulnerables.

Pacifista radical y firme demócrata, nunca se cansó de denunciar las distintas formas de totalitarismo. Su escepticismo sobre la utopía comunista se convirtió en feroz oposición después de que su madre y hermano fueran deportados a Kazajistán tras la ocupación rusa de Polonia. Ninguno sobrevivió al frío, el hambre y los malos tratos. “El comunismo -escribió con amargura- es el mayor fraude de nuestro siglo. Prometió el cielo en la tierra y construyó un infierno muy real”.

El escritor Isaac Bashevis Singer. I.P.P.A.

Singer jamás ocultó la indignación que le producía el apoyo de los intelectuales a la Unión Soviética: “Siempre me asombró ver cómo mentes brillantes de Occidente se volvían voluntariamente ciegas ante los crímenes de los dictadores soviéticos, justificando la esclavitud en nombre del progreso”. Las críticas al totalitarismo soviético no implicaron la exaltación del capitalismo, un sistema al que acusó de propiciar la desigualdad y el materialismo. “Nos hemos convertido en una sociedad de consumidores -lamentó-, donde las cosas se valoran por su precio y no por su santidad. Hemos cambiado el misterio de la vida por el valor de cambio”.

La lucidez y honestidad de Singer le prohibieron apoyar los abusos cometidos por Israel con el pueblo palestino: “¿Cómo podemos los judíos pedir que una minoría prevalezca sobre una mayoría? No habrá paz real en la Tierra mientras un pequeño grupo de pasajeros viaje cómodo y los demás pasen la noche en una estación fría”. Singer siempre desconfió del sionismo, al que acusó de propagar la enfermedad del nacionalismo entre la comunidad judía: “El judaísmo sobrevivió durante dos mil años porque no tenía tanques, ni ejércitos, ni prisiones. En el momento en que un pueblo se convierte en un Estado, se ve obligado a aplicar al juego de la fuerza, y en ese juego la moral siempre pierde”.

Singer admitió que la supervivencia física podía justificar que los judíos empuñaran un fusil, pero esa imagen le parecía una contradicción trágica que podría destruir la dimensión espiritual de un pueblo tradicionalmente pacífico. Frente al hebreo moderno, al que describió como un “lenguaje de Estado” vinculado al ejército, la policía y los tribunales, Singer defendió el yidis, “una lengua sabia y humilde, la lengua de los eternos estudiantes de la vida”. El hebreo moderno carece de su sentido del humor y su honda compasión.

El escritor Isaac Bashevis Singer. Bernard Gotfryd.

Durante los últimos treinta y cinco años de su vida, Singer fue un vegetariano estricto. En su relato El matarife, reflejó el malestar que produce en el protagonista la tarea de sacrificar animales para alimentarse. Singer afirma que comer carne infringe todos los preceptos expresados en la religión y la ética: “¿Cómo podemos hablar del derecho y la justicia si derramamos la sangre de pobres criaturas?”. Singer aclaró que no se hizo vegano por cuestiones de salud, sino por el bienestar de los animales. Al igual que Coetzee, comparó los mataderos industriales con los campos de exterminio: “para los animales, esto es un eterno Treblinka”.

En el prólogo de Food for Spirit: Vegetarianism and the World Religions (1987), de Steven Rosen, escribió: “Cuando un humano mata a un animal para la alimentación, está descuidando su propia hambre de justicia. El hombre reza por la misericordia, pero no está dispuesto a extenderla a otros. ¿Por qué entonces el hombre debe esperar la misericordia de Dios? Es injusto esperar algo que usted no está dispuesto a dar. Es incoherente. Nunca podré aceptar la incoherencia o la injusticia”.

En un breve ensayo titulado Mi concepto de la religión, recogido en Viejas verdades, nuevos clichés, Singer explica su particular concepción de Dios y la experiencia religiosa. El Dios de Spinoza y el Espíritu de Hegel le parecen inaceptables como interlocutores. Solo son abstracciones a las que no es posible interpelar y a las que resultaría absurdo rezar o rogar. Singer piensa que Dios no es una especulación intelectual o un ídolo, sino una inteligencia que gobierna el mundo y vela por nuestro bienestar.

“A menudo rezo a ese Dios -admite-, aunque no tengo muy claro cuáles son sus exigencias, propósitos e intenciones”. Singer aventura que Dios es “un ser dinámico, creativo, poseedor de una fantasía sin límites y una sabiduría infinita”. Sus actividades principales son amar y crear. El universo es su obra maestra. Su carácter ordenado y preciso le aleja de las extravagancias del arte moderno. Dios no es un vanguardista, sino un genio clásico. Es poderoso, pero “no tan omnipotente como para no tener que luchar”. Su existencia es una lucha permanente por mejorar. No se encierra en torres de marfil, sino que se vuelca en el cuidado de sus creaciones.

Singer rechaza la idea de que el cosmos surge del azar y la necesidad. Le parece una teoría tan absurda como postular que una novela puede armarse por sí sola a partir del estallido de un tintero. La muerte es una de las mayores objeciones a la providencia divina, pero sin ella, la historia se paralizaría. La muerte es la principal fuente de renovación de la vida. La historia del universo es una obra teatral demasiado larga para sostenerse con un puñado de personajes. Es necesario que cada ser humano, después de interpretar su papel, se retire a su camerino para ceder su sitio en escena, lo cual no significa que su peripecia se desvanezca como un sueño: “En el teatro de Dios, en la biblioteca de Dios, en el museo de Dios nunca se pierde nada. […] Todo lo que ha vivido perdura para siempre”. La resurrección no constituye una imposibilidad para el creador de las reglas de la vida.

La otra gran objeción contra la idea de un Dios que ama es el sufrimiento. ¿Por qué hay dolor? Porque la vida, al igual que el arte, no puede desplegarse sin contrastes. Dios no contempla el sufrimiento desde lejos. Sufre con nosotros. Nada está predeterminado. Dios es libre y el ser humano disfruta del mismo privilegio. No nacemos con un destino. Gracias a nuestra libertad, podemos trazar nuestro camino. A veces surgirán obstáculos. Otras, el azar o la fatalidad no obligarán a desviarnos, pero siempre podemos volver a la senda que dejamos a nuestro pesar. Si todo estuviera predeterminado, Dios y el hombre carecerían de dignidad y, por tanto, de una dimensión personal.

Con independencia de que constituyan una revelación divina, Singer opina que “los Diez Mandamientos son lo más parecido que tenemos a la verdad, la justicia e incluso la belleza”. No son mandatos arbitrarios o irracionales. “Su principio es que nuestra felicidad no puede basarse en la desgracia de los demás. Soy incapaz de imaginar una religión fundada en el principio opuesto”. Singer aclara que aplica ese principio a todos los seres vivos: “No quiero saciar mi apetito con el sufrimiento de un buey o de un pollo. Mientras a estas criaturas no se le concedan sus derechos, cualquier fe seguirá siendo injusta”. Singer opina que Dios no es un absoluto estático: “El mío es un Dios que avanza. A punto he estado de decir que busca a Dios: sí, Dios busca dentro de sus potenciales ilimitados”. Dios compensa nuestro sufrimiento con el paraíso y la resurrección, símbolos de su bondad y belleza. La muerte no existe. Solo es un tránsito, una ascensión eterna.

Singer subraya que su fe es estrictamente personal, fruto de sus fantasías y sus sueños. Se basa en la tolerancia y consiste en buscar a Dios, “más que en servir a uno hallado”. Los seres humanos son la imagen de Dios por su capacidad de inventar y crear. La creación es infinita y eterna, y nosotros, somos parte de ella. Singer no pretende convencer a nadie. Solo expone su forma de entender lo sobrenatural. Su perspectiva, reacia a los dogmas, nos ayuda a pensar en Dios, sin los corsés impuestos por las tradiciones religiosas.

El escepticismo imperante quizás impedirá apreciar el valor de las reflexiones de Singer, pero desde una perspectiva más amplia y menos dogmática (el materialismo es un dogma, no una teoría científica), resulta imposible negar que su visión de Dios abre nuevos caminos a la mística y la escatología. Dios no es algo remoto, sino una experiencia cotidiana. Es suficiente contemplar cómo se desliza una gota por una hoja o cómo un pájaro cuida a sus polluelos para entender que el mundo alberga grandes dosis de bondad y belleza, dos rasgos que vienen dados y que no pueden explicarse como simples elaboraciones intelectuales.

La muerte no es una inmersión en la oscuridad, sino un hito más en nuestro viaje de regreso a la plenitud originaria, a ese gran enigma que llamamos Dios. Wittgenstein escribió en sus Diarios que “creer en un Dios significa comprender el sentido de la vida”. Singer no presumía de haber encontrado a Dios, pero nunca dejó de buscarlo, pues sabía que sin él, solo quedaba un universo sumido en el caos y el absurdo. Una cárcel cósmica donde el ser humano solo es una criatura insignificante y efímera.