El valor de las religiones no se mide por su carga mitológica, casi siempre determinada por la peculiaridad cultural y geográfica de su lugar de origen, sino por sus enseñanzas morales. La historiadora de las religiones Karen Armstrong, premio Príncipe de Asturias 2019, apunta que el nombre asignado a la trascendencia cambia, pero con independencia de la fórmula que utilicemos (Dios, Brahman, Nirvana, Tao), siempre aparece el mismo mandato: "Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti".
Es la forma positiva de la Regla de Oro, según la cual debemos abstenernos de hacer a los otros lo que no desearíamos que nos hicieran a nosotros. La compasión no es un acto pasivo. No conlleva únicamente inhibir cualquier forma de violencia o abuso. Su ejercicio implica compartir el dolor con otra persona, ponerse en su lugar, experimentar su sufrimiento como si fuera propio, adoptar su punto de vista.
Confucio fue el primer sabio que postuló esa conducta. Cuando sus discípulos le pidieron una norma que sirviera de guía a sus actos, les conminó a que se comportaran con los otros con "consideración", es decir, que mostraran el mismo respeto que pedirían para sí mismos. La ausencia de compasión deshumaniza y, aunque no lo advirtamos, destruye nuestra libertad, pues nos somete al imperio de las pasiones más dañinas, como la ambición de poder, el odio o la codicia. El sabio educa a su espíritu para ser amable, ecuánime y compasivo. El egoísmo, el resentimiento y la avaricia nos recluyen en un círculo muy estrecho. Todo gira alrededor de nuestro ego.
El mundo deja de ser un campo de posibilidades para transformarse en el escenario de un yo hiperbólico, incapaz de reparar en la existencia ajena y de reconocer derechos a lo diverso y divergente. En cambio, la compasión nos expande y nos ayuda a conectar con la totalidad. Nos hace comprender que la forma más elevada de sabiduría consiste en vivir para los demás. El santo no es el que vive retirado y ensimismado, sino el que se sumerge en el mundo para curar sus heridas.
Las enseñanzas de Buda promueven la misma filosofía. La paz interior solo se alcanza suspendiendo los deseos que nos dominan y trabajando a favor de la felicidad ajena. El Dalai Lama asegura que no importa demasiado que una persona sea creyente. Lo esencial es que sea buena y compasiva. El bien está en el corazón humano, pero también la inclinación al mal. Para impulsar nuestro lado más luminoso hay que atacar al ego, no transigir con sus exigencias primarias, cultivar el ascetismo. Cuanto menos poseamos, más libres seremos.
Para Buda, no es suficiente alcanzar la iluminación. Después de lograr la perfección espiritual, hay que volver a la vida cotidiana y practicar la compasión. Buda no se limitó a deleitarse con la paz trascendente. Se arrojó a los caminos para ser un bodhisattva, alguien que tras despertar y conocer el nirvana, regresa las turbulencias del día a día para aplacar el sufrimiento ajeno: "Seremos un refugio para el mundo, el lugar de descanso del mundo, el alivio final del mundo, las islas del mundo, las luces del mundo, los guías de la salvación del mundo".
Buda y Confucio describen la familia como una escuela de compasión, el espacio donde se aprende a convivir respetando y amando a los otros. Ese aprendizaje adquiere su significado último más allá del ámbito familiar. La experiencia de cuidar a los hijos, los padres, la pareja o los hermanos nos educa para abrir nuestro corazón a los demás y ampliar nuestros afectos sin ningún límite. La empatía comienza con los más cercanos y se extiende progresivamente a los vecinos, los compatriotas y los extranjeros.
Somos responsables del mundo entero y, como advierte Buda, las obligaciones incluyen a todos los seres vivos, no solo a la humanidad. Frente al amor gradual preconizado por Confucio, que concede prioridad a los más cercanos, el filósofo chino Mozi abogaba por un amor universal. Desde el principio, "los otros deben ser considerados como uno mismo". El amor es un imperativo incondicional, no una escala progresiva. "Mira al otro como te miras a ti mismo", asevera Mozi.
El judaísmo también señala que la compasión no es una virtud más, sino el mandato esencial de la experiencia religiosa. Cuando un pagano desafió al rabino Hillel, contemporáneo de Jesús de Nazaret, y le prometió convertirse al judaísmo si era capaz de recitar toda la Torá mientras se mantenía sobre una sola pierna, la respuesta demostró que lo importante no era saber de memoria la Ley: "Lo que es odioso para ti mismo, no lo hagas a tus semejantes. Esa es toda la Torá, y el resto no es sino comentario. Ve a estudiar".
Armstrong recuerda que el gran rabí Akiva, ejecutado por los romanos en 135 d. C., solía repetir que el principio fundamental de la Torá es: "amarás a tu prójimo como a ti mismo". Aunque la Ley mosaica destaca la importancia de la comunidad judía, el Levítico ordena amar al prójimo (16:18) y exige amar y proteger al extranjero (19:34). El odio nunca es una alternativa razonable y siempre se desvía de la voluntad de Dios. "¿Quién es poderoso? -preguntan los rabinos-. Quien transforma a un enemigo en amigo".
Humillar y maltratar al otro no es tan solo un vicio. Es una profanación sacrílega de la imagen de Dios. El Talmud enseña que "quien salva una vida, salva al mundo entero". La Sura 5:32 del Corán sostiene algo similar: "Quien salva una vida es como si hubiera salvado a toda la humanidad". La compasión es el signo inequívoco de la verdadera fe. No se puede amar a Dios sin amar a los hombres y no se puede herir a los hombres, sin herir al mismo tiempo a Dios.
Jesús de Nazaret convierte la compasión en el eje de sus enseñanzas y formula un mensaje radical de no violencia. Frente al lema del "ojo por ojo", invita a ofrecer la otra mejilla. Ya no es suficiente amar al prójimo. Además, hay que amar a los enemigos. Pablo de Tarso se hace eco de este mensaje. Aunque sus epístolas son anteriores a los evangelios, su profunda comprensión de lo que representa Jesús se pone de manifiesto al afirmar que el amor vale más incluso que la fe.
Mahoma también aboga por la clemencia. Un famoso hadiz proclama: "Nadie puede ser creyente, a menos que desee para su vecino lo que desea para sí mismo". El verdadero creyente es humilde, pacífico y generoso. Cuida de los pobres, los desfavorecidos, los huérfanos y las viudas. Socorre a los hambrientos y defiende la paz. Armstrong aclara que el islam no es una religión pacifista, pues Mahoma tuvo que luchar contra la oligarquía tribal y mercantil de La Meca para salvar del exterminio a su comunidad de seguidores, pero destaca que siempre prefirió el diálogo a la guerra, la negociación al conflicto.
Las religiones han ocasionado guerras, pero todas albergan enseñanzas que pueden contribuir a humanizar la convivencia
El Corán establece unas reglas muy claras sobre la forma de luchar: "Combatid por la causa de Dios a quienes os combatan, pero no iniciéis las hostilidades, porque Dios no ama a los agresores" y "si ellos se inclinan hacia la paz, inclínate tú también hacia ella y confía en Dios". El Corán, que se escribió en solo veintitrés años en un contexto de violencia tribal, habla de batallas, pero son mucho más abundantes los pasajes dedicados a exaltar la ternura, el perdón, la amabilidad, la cortesía, la amistad y la tolerancia.
Las religiones han ocasionado guerras y han actuado como uno de los principales frenos de la modernización de las sociedades, pero sería absurdo arrojarlas al desván de la historia, pues todas albergan enseñanzas que pueden contribuir a humanizar la convivencia. Si prescindimos de ortodoxias y jerarquías, podemos extraer de los textos originales un núcleo común que invita a la compasión y el desprendimiento. Todas las religiones han sido utilizadas por el poder político para justificar sus normas y abusos.
Podemos decir algo similar de ideologías como el liberalismo y el socialismo. La imperfección humana puede malograr las mejores ideas, contaminándolas con prejuicios y ambiciones ilegítimas. Sin embargo, el liberalismo sembró la semilla de la tolerancia y el socialismo movilizó el sentimiento de solidaridad. Y las religiones han insistido desde sus orígenes en la necesidad de la compasión. Descartar de raíz las tradiciones sagradas sería tan imprudente como tirar por el desagüe al niño al limpiar el agua sucia de la bañera.
En una época donde se ha vuelto a normalizar el odio al diferente y se habla de prioridad nacional, solo un necio negaría el valor que poseen ciertas enseñanzas religiosas, como la famosa sentencia paulina que revoca cualquier distinción o discriminación: "No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús" (Gal 3:28). O la proclamación de igualdad formulada por Mahoma en su Sermón de Despedida en el Monte Arafat: "No hay superioridad de un árabe sobre un no-árabe, ni de un no-árabe sobre un árabe, ni del blanco sobre el negro, ni del negro sobre el blanco, excepto por la piedad y las buenas acciones".
No se ocurre mejor forma de cerrar esta nota que citar la reflexión de Karen Armstrong al final de su ensayo Doce pasos hacia una vida compasiva: "La persona verdaderamente compasiva toca en nosotros una cuerda que resuena con nuestros anhelos más profundos. La gente acude en masa a esas personas, porque parecen ofrecer un refugio de paz en un mundo airado y violento. Este es el ideal al que aspiramos, y no está más allá de nuestra capacidad. Pero, aunque solo alcancemos una parte de esa iluminación, si dejamos el mundo ligeramente mejor tras haber vivido en él, nuestra vida habrá merecido la pena".
