Concebida y ejecutada como una película de explotación a la que le sobrevino un éxito inesperado, Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980) se dedicaba a samplear ad nauseam los clásicos del slasher.

Para empezar, saqueaba recursos de las dos películas fundacionales del subgénero: de El fotógrafo del pánico (Michael Powell, 1960) utilizaba los planos subjetivos para ocultarle al espectador la verdadera identidad del asesino; de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) invertía la carga del relato, si en la obra maestra de Hitchcock, Norman Bates (Anthony Perkins) asesinaba huéspedes en su motel bajo el influjo de su madre muerta, aquí era Pamela Voorhees (Betsy Palmer) la que actuaba al dictado de las órdenes de su hijo Jason, ahogado en el lago del campamento de verano de Crystal Lake.

Recordemos, también, que el compositor Harry Manfredini se marcaba un mashup con la música que ideó Bernard Herrmann para el clásico hitchcockiano y con la que se inventó John Williams para Tiburón (Steven Spielberg, 1975). Casi nada.

Diez películas después, el guionista Brad Caleb Kane retoma un proyecto que arrancó con Bryan Fuller (y Kevin Williamson) al frente y trata de revivir el espíritu de una saga más oxidada que el machete de Jason después de un mes en las profundidades del lago.

Esta precuela seriada arranca mostrándonos la vida más o menos tranquila que Pam Voorhees (Linda Cardellini, lo mejor del show) y su hijo Jason tienen en el pueblo de Crystal Lake.

El acontecimiento que daba carta de naturaleza a esta inacabable epopeya asesina —esto es, el ahogamiento del niño en el lago mientras dos de los monitores del campamento de verano que debían estar a cargo de la chavalada andaban estudiándose las anatomías en un cobertizo— se nos cuenta en el arranque y, a partir de ahí, veremos cómo Pam se las compone para superar la pérdida de su retoño (spoiler: mal).

Este planteamiento que, como sucede en otras series recientes como Al este del Edén (Zoe Kazan, 2026), explica lo que en los originales cinematográficos permanecía oculto, añade dos variantes. La primera es que el espectador no tiene que preguntarse quién es el asesino.

Esto no es un whodunit; Viernes 13 lo era: recuerden que Pamela Voorhees no aparecía hasta la hora y cuarto de película. Aquí lo que importan son las motivaciones, definir a esa mujer que en el largometraje no era más que una serial killer embutida en un suéter de lana azul (en Crystal Lake se ve que, en las noches de verano, refresca).

Para ello, Kane introduce la segunda novedad, que lleva el nombre de Grace (Gwendolyn Sundstrom), la única amiga que el deforme pero funcional Jason tenía y que, tras su desaparición, se convertirá en una suerte de sustituta para Pam.

Linda Cardellini como Pam Voorhees en 'Crystal Lake' .

Para alargar hasta los ocho episodios esta historia de origen, el equipo de guionistas comandado por Kane se entrega a una doble investigación vinculada al pasado de Pam y Jason. Por un lado, el jefe de la policía local, el sheriff Levon Brooks (William Catlett), indagará sobre la aparición de dos cadáveres que, al parecer, han sido devorados por un oso que merodea por las inmediaciones del bosque.

Por otra parte, Briana Brooks (Devin Kessler), hermana del sheriff y periodista, tratará de averiguar quién está detrás de un conglomerado empresarial con conexiones militares conectado con los dos cuerpos hallados en los alrededores del lago.

Si Jason Voorhees, que como ya nos explicaba Kevin Williamson en Scream (Wes Craven, 1996) no empezaba a descabezar campistas hasta la segunda parte de Viernes 13 (Steve Miner, 1981), era un remedo nada disimulado del Michael Myers de La noche de Halloween (John Carpenter, 1978) —junto con Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984), los dos grandes slashers del periodo—, no es muy clarividente señalar que uno de sus principales atractivos radica, precisamente, en ser la más pura destilación del Mal: seres que no necesitan coartadas ni justificaciones para ir sembrando las calles de cadáveres y que pueden sobrevivir a 27 campañas electorales consecutivas.

Una de las peores cosas que puede sucederles a esta galería de villanos que molan pasa por intentar explicarlos, en lugar de entender que son la personificación de todos nuestros temores (y de toda nuestra vileza). Lo hizo Rob Zombie con Myers y lo hace ahora Brad Caleb Kane con Jason, al que la serie sitúa como el eslabón perdido entre Godzilla y Hulk con tal de explicar su fuerza, su resistencia y su acelerado crecimiento físico.

Por lo demás, Crystal Lake no solo fagocita los recursos visuales de su antecedente cinematográfico, también fotocopia gran parte de su desarrollo argumental y, lo que es todavía más sorprendente, incluye una selección de actores que parecen réplicas exactas de aquel puñado de pueblerinos desconocidos que se paseaban por la película de Cunningham.

Piensen en Ralph (Nick Cordileone), el loco del pueblo, y el parecido físico entre Cordileone y Walt Gorney, por más que aquí haya un mayor desarrollo del personaje, con un estrés postraumático del tamaño de un carro de combate tras pasar por Corea y Vietnam y convertido en blanco fácil por parte de la policía y de sus conciudadanos (vive solo en el bosque en una cabaña y su pasatiempo favorito es desollar animales).

En lo formal, asistimos de nuevo al uso del plano subjetivo para engañar al espectador —véase el doble asesinato del quinto episodio, que remite al primero de la película—, al trabajo con el zoom para generar la sensación de que alguien lo observa oculto en las profundidades del bosque, o a los guiños al splatter en cada asesinato (aquí, lógicamente, mejorando las prestaciones del original y sin, por fortuna, recurrir a la cámara lenta), por no hablar de la textura visual que imita a la película del 80...

En cuanto al desarrollo de la trama, y sin ánimo de desvelar ningún secreto, asistimos al progresivo despertar de las pulsiones sangrientas de Pam, que arrancan con un acto de defensa propia, prosiguen con un ajuste de cuentas contra una madre abusiva y culminan con una orgía homicida contra el grupo de hippies que se ha instalado a las orillas del lago (¡qué poco explota la serie ese choque entre las juventudes católicas que le cantan a Cristo alrededor del fuego y los defensores del amor libre que utilizan la hoguera para encenderse un porro!).

Una escena de la serie 'Crystal Lake' .

La pérdida de Jason deriva en el denodado afán de Pam por proteger a la desamparada Grace, lo que terminará por convertirla en la prima bien vestida de Ed Gein.

En definitiva, la madre de Jason trata infructuosamente de recomponer su vida, hasta el punto de iniciar un fogoso romance con el sheriff Brooks, pero sus intentos se ven constantemente abortados por pequeños incidentes que la conducen a eliminar cualquier contratiempo que se le presente de manera expeditiva, ya sean los enviados de una oscura institución militar, ya sea una monitora que le confiesa que desatendió a su hijo mientras este nadaba en el lago.

Por lo demás, los fans de la película original la reconocerán en no pocos pasajes: la irrupción de una serpiente, la chica recién llegada al pueblo que se pierde por el bosque, la reproducción casi idéntica de algunas muertes...

Al final, Crystal Lake se goza más cuando se acuerda de sus orígenes exploitation que cuando se empeña en explicarse utilizando la Guerra Fría como pretexto en un capítulo que parece un remedo en tonos pastel de The Stepford Wives (Bryan Forbes, 1975) y que ya se ha convertido en recurrente en todas estas series de origen: un flashback (dentro de lo que ya es una precuela) que se introduce para contarnos qué pasó "realmente".

"Where to start" dice Pam al final del sexto episodio y esa parece ser una de las grandes preguntas de una corriente dentro de la ficción contemporánea empeñada en sacarle el polvo a los clásicos y a las cult movies: cuando esas aproximaciones no ofrecen una nueva perspectiva (y ahí está la nueva Carrie de Mike Flanagan como contraejemplo) se limitan a bucear en la nostalgia tirando de un hilo que puede remontarse hasta que a uno le venga en gana sin, en realidad, aportar novedad alguna.

Crystal Lake tenía dos modelos en los que mirarse para redefinir un universo ya de por sí hipercodificado. Si lo que interesaba era explorar la vena política despertando el fantasma de la Guerra Fría, algo pertinente habida cuenta de cómo están las cosas hoy, la referencia insoslayable era La cosa del pantano de Alan Moore. Pero claro, a esa batalla uno debe ir con todo.

Si lo que se buscaba era reformular los códigos del género desde el presente, reflexionando a propósito de los clichés, los motivos visuales, las revisiones… Adolescencia, sexo y muerte en el Campamento Miasma (Jean Schoenbrun, 2026) es la respuesta. Se estrena el 20 de noviembre y es la película que mejor entiende las derivas no solo de una saga como Viernes 13, a la que rinde explícito homenaje, sino del cine de terror contemporáneo, en parte auspiciado por A24, compañía que produce Crystal Lake.

Para ir cerrando, diremos que funciona muy bien, por ejemplo, toda la segunda mitad del tercer episodio en el que la utilización de un objeto (un cigarrillo) sirve como detonante argumental para construir una intriga a través de la inferencia, pero también como elemento inductor del incendio final al son del I’m I said de Neil Diamond.

Sin embargo, la serie descarrila cuando intenta refrenar el impulso del terror tirando de la palanca de seguridad de un humor que siempre entra a destiempo —el tiroteo final en la oficina del sheriff es ridículo— y que está asociado a personajes concretos, como el ayudante del sheriff, el hijo de un señor ultraconservador que podría ver cada día Duelo final (Eric Karson, 1980) con tal de conciliar el sueño, o la pandilla de rednecks que se limita a beber cerveza en el diner cuando no deciden montar una batida para cazar al oso que anda suelto armados de escopetas y con más alcohol en sangre que un irlandés el día de San Patricio.

Por cierto, para los lectores que anden inquietos por la salud de Jason: no se preocupen, el zagal está bien, crece fuerte y sano. A ver si para la segunda temporada, donde seguro lo veremos más, su madre le regala una máscara bonita, que ahora ha cogido prestado un saco y no sabemos si es un tuerto del Ku Klux Klan o el hermano bizco del protagonista de Los cronocrímenes. El año que viene, salvo que A24 diga lo contrario, nos vemos en Crystal Lake.